Rosalie vaciló en la entrada con la indecisión escrita en aquellos rasgos arrebatadores.
—Por supuesto —repliqué. Mi voz fue una octava más alta de la cuenta a causa de la sorpresa—. Entra.
Me incorporé y me deslicé a un extremo del sofá para hacerle sitio. Sentí un retortijón en el estómago cuando el único miembro de la familia Cullen al que no le gustaba se acercó en silencio para sentarse en el espacio libre que le había dejado. Intenté imaginar la razón por la que quería verme, pero no tenía la menor idea.
—¿Te importa que hablemos un par de minutos? —me premunió—. No te habré despertado ni nada por el estilo, ¿verdad? Su mirada fue de la cama, despojada del cobertor y la almohada, a mi sofá.
—No, estaba despierta. Claro que podemos hablar —me pregunté si sería capaz de advertir la nota de alarma de mi voz con la misma claridad que yo.
Rió con despreocupación. Sus carcajadas repicaron como un coro de campanas.
—Edward no suele dejarte sola —dijo—, y he pensado que haria bien en aprovechar la ocasión.
¿Qué querría contarme para que no pudiera decirlo delante de su hermano? Enrosqué y desenrosqué las manos en el extremo del cobertor.
—Por favor, no pienses que interfiero por crueldad —imploró ella con voz gentil. Cruzó los brazos sobre su regazo y clavó la vista en el suelo mientras hablaba—. Estoy segura de haber herido bastante tus sentimientos en el pasado, y no quiero hacerlo de nuevo.
—No te preocupes, Rosalie. Soy fuerte. ¿Qué pasa?
Ella rió una vez más; parecía extrañamente avergonzada.
—Pretendo explicarte las razones por las que, en mi opinión, deberías conservar tu condición humana, y por qué yo intentaria seguir siéndolo si estuviera en tu lugar.
—Ah.
Sonrió ante mi sorpresa; luego, suspiró.
—¿Te contó Edward qué fue lo que me condujo a esto? —pregunto al tiempo que señalaba su glorioso cuerpo inmortal con un gesto.
Hice un lento asentimiento. De pronto, me sentí triste.
—Me dijo que se pareció a lo que estuvo a punto de sucederme aquella vez en Port Angeles, sólo que no había nadie para salvarte —me estremecí al recordarlo.
—¿De veras es eso lo que te contó? —inquirió.
—Sí —contesté perpleja y confusa—. ¿Hay más?
Alzó la mirada y me sonrió con una expresión dura y amarga, y apabullante a pesar de todo.
—Sí, sí lo hay —respondió.
Aguardé mientras contemplaba el exterior a través de la ventana. Parecía intentar calmarse.
—¿Te gustaría oír mi historia, Bella? No tiene un final feliz, pero ¿cuál de nuestras existencias lo tiene? Estaríamos debajo de una lápida si hubiéramos tenido un desenlace afortunado.
Asentí, aunque me aterró el tono amenazante de su voz.
—Yo vivía en un mundo diferente al tuyo, Bella. Mi sociedad era más sencilla. En 1933, yo tenía dieciocho años, era guapa y mi vida, perfecta.
Contemplo las nubles plateadas a través de la ventana con expresión ausente.
—Mi familia era de clase media. Mi padre tenía un empleo estable en un banco. Ahora comprendo que estaba muy pagado de si mismo, ya que consideraba su prosperidad como resultado de su talento y el trabajo duro en vez de admitir el papel desempeñado por la fortuna. Yo lo tenía todo garantizado en aquel entonces y en mi casa parecía como si la Gran Depresión no fuera más que un rumor molesto. Veía a los menesterosos, por supuesto, a los que no eran tan afortunados, pero me dejaron crecer con la sensación de que ellos mismos se habían buscado sus problemas.
»La tarea de mi madre consistía en atender las labores del hogar, a mí misma y a mis dos hermanos pequeños por ese mismo orden. Resultaba evidente que yo era tanto su prioridad como la favorita. En aquel entonces no lo comprendía del todo, pero siempre tuve la vaga noción de que mis padres no estaban satisfechos con lo que tenían, incluso aunque poseyeran mucho más que los demás. Deseaban más y tenían aspiraciones sociales... Supongo que podía considerárseles unos arribistas. Estimaban mi belleza como un regalo en el que veían un potencial mucho mayor que yo.
»Ellos no estaban satisfechos, pero yo sí. Me encantaba ser Rosalie Hale y me complacía que los hombres me miraran a donde quiera que fuera desde que cumplí los doce años. Me encantaba que mis amigas suspiraran de envidia cada vez que tocaban mi cabello. Que mi madre se enorgulleciera de mí y a mi padre le gustaba comprarme vestidos nuevos me hacía feliz.
»Sabía qué quería de la vida y no parecía existir obstáculo alguno que me impidiera obtenerlo. Deseaba ser amada, adorada, celebrar una boda por todo lo alto, con la iglesia llena de flores y caminar por el pasillo central del brazo de mi padre. Estaba segura de ser la criatura más hermosa del mundo. Necesitaba despertar admiración tanto o más que respirar, Bella. Era tonta y frivola, pero estaba satisfecha —sonrió, divertida por su propia afirmación—. La influencia de mis padres había sido tal que también anhelaba las cosas materiales de la vida.
»Quería una gran casa llena de muebles elegantes cuya limpieza estuviera a cargo de otros y una cocina moderna donde guisaran los demás. Como te he dicho, era una chica frivola, joven y superficial. Y no veía razón alguna por la que no debiera conseguir esas cosas.
»De todo cuanto quería, tenía pocas cosas de verdadera valía pero había una en particular que sí lo era: mi mejor amiga, una chica llamada Vera, que se casó a los diecisiete años con un hombre que mis padres jamás habrían considerado digno de mí: un carpintero. Al año siguiente tuvo un hijo, un hermoso bebé con hoyuelos y pelo ensortijado. Fue la primera vez en toda mi vida que sentí verdaderos celos de alguien.
Me lanzó una mirada insondable.
—Era una época diferente. Yo tenía los mismos años que tú ahora, pero ya me hallaba lista para todo eso. Me moría de ganas por tener un hijo propio. Quería mi propio hogar y un marido que me besara al volver del trabajo, igual que Vera, sólo que yo tenía en mente otro tipo de casa muy distinta.
Me resultaba difícil imaginar el mundo que Rosalie había conocido. Su relato me parecía más propio de un cuento de hadas que de una historia real. Me sorprendí al percatarme de que ese mundo estaba muy cerca del de Edward cuando éste era humano, que era la sociedad en que había crecido. Mientras Rosalie permanecía sentada en silencio, me pregunté si mi siglo le parecía a Edward tan desconcertante como a mí el de Rosalie.
Mi acompañante suspiró y continuó hablando, pero esta vez lo hizo con una voz diferente, sin rastro alguno de nostalgia.
En Rochester había una familia regia, apellidada, no sin cierta ironia, King. Royce King era el propietario del banco en el que trabajaba mi padre y de casi todos los demás negocios realmente rentables del pueblo. Así fue como me vio por vez primera su hiijo, Royce King II —frunció los labios al pronunciar el nombre, como si lo soltara entre dientes—. Iba a hacerse cargo del banco, por lo que comenzó a supervisar los diferentes puestos de trabajo. Dos días después, a mi madre se le olvidó de modo muy oportuno darle a mi padre el almuerzo. Recuerdo mi confusión cuando insistió en que llevara mi vestido blanco de organzay me alisó el cabello sólo para ir al banco.
Rosalie se rió sin alegría.
—Como todo el mundo me miraba, no me había fijado especialmente en él, pero esa noche me envió la primera rosa. Me mandó un ramo de rosas todas las noches de nuestro noviazgo hasta el punto de que mi cuarto terminó abarrotado de ramilletes y yo olía a rosas cuando salía de casa.
»Royce era apuesto, tenía el cabello más rubio que el mío y ojos de color azul claro. Decía que los míos eran como las violetas, y luego empezó ese show de las rosas y todo lo demás.
»Mis padres aprobaron esa relación con gusto, y me quedo corta todo lo que ellos habían soñado y Royce parecía ser todo lo que yo había soñado. El príncipe de los cuentos de hadas habia venido para convertirme en una princesa. Era cuanto quería, y no menos de lo que esperaba. Nos comprometimos antes de que transcurrieran dos meses de habernos conocido.
»No pasábamos mucho tiempo a solas el uno con el otro. Royce me explicó que tenía muchas responsabilidades en el trabajo y cuando estábamos juntos le complacía ser visto conmigo del brazo, lo cual también me gustaba a mí. Hubo vestidos preciosos y muchas fiestas y bailes, ya que todas las puertas estaban abiertas y todas las alfombras rojas se desenrollaban para recibirte cuando eras un King.
»No fue un noviazgo largo, pues se adelantaron los planes para la más fastuosa de las bodas, que iba a ser todo cuanto yo había querido siempre, lo cual me hacía enormemente dichosa. Ya no me sentía celosa cuando llamaba a Vera. Me imaginaba a mis hijos, unos niños de pelo rubio, jugando por los enormes prados de la finca de los King y la compadecía.
Rosalie enmudeció de pronto y apretó los dientes, lo cual me sacó de la historia y me indicó que la parte espantosa estaba cerca. No había final feliz, tal y como ella me había anunciado. Me pregunté si ésa era la razón por la que había mucha más amargura en ella que en los demás miembros de su familia, porque ella había tenido al alcance de la mano todo cuanto quería cuando se truncó su vida humana.
—Esa noche yo estaba en el hogar de Vera —susurró Rosalie. Su rostro parecía liso como el mármol, e igual de duro—. El pequeño Henry era realmente adorable, todo sonrisas y hoyuelos... Empezaba a andar por su propia cuenta. Al marcharme, Vera que llevaba al niño en brazos, y su esposo me acompañaron hasta la puerta. El rodeó su cintura con el brazo y la besó en la mejilla cuando pensó que yo no estaba mirando. Eso me molestó. No se parecía al modo en que Royce me besaba, él no se mostraba tan dulce. Descarté ese pensamiento. Royce era mi príncipe y algún día yo sería la reina.
Resultaba arduo percibirlo a la luz de la luna, pero el rostro de Rosalie, blanco como el hueso, me pareció aún más pálido.
—Las farolas ya estaban encendidas, pues las calles estaban a oscuras. No me había dado cuenta de lo tarde que era —prosiguió un un susurro apenas audible—. También hacía mucho, mucho frío a pesar de ser finales de abril. Faltaba una semana para la ceremonia y me preocupaba el tiempo mientras volvía apresuradamente a casa... Me acuerdo con toda claridad. Recuerdo cada uno de los detalles de esa noche. Me aferré a ellos... al principio, para no pensar en nada más. Y ahora también, para tener algo a lo que agarrarme cuando tantos recuerdos agradables han desaparecido por completo... —suspiró y retomó el hilo en susurros—. Si, me preocupaba la meteorología porque no quería celebrar la ceremonia bajo techo.
»Los oí cuando me hallaba a pocas calles de mi casa. Se trataba de un grupo de hombres situados debajo de una farola rota que soltaban fuertes risotadas. Estaban ebrios. Me asaltó el deseo de llamar a mi padre para que me acompañara a casa, pero me pareció una tontería al encontrarme tan cerca. Entonces, él gritó mi nombre.
»—¡Rose! —dijo.
»Los demás echaron a reír como idiotas.
»No me había dado cuenta de que los borrachos iban tan bien vestidos. Eran Royce y varios de sus amigos, hijos de otros adinerados.
»—¡Aquí está mi Rose! —gritó mi prometido al tiempo que se carcajeaba con los demás, y parecía igual de necio—. Llegas tarde. Estamos helados, nos has tenido esperándote demasiado tiempo.
«Nunca antes le había visto borracho. Había bebido de vez en cuando en los brindis de las fiestas. Me había comentado que no le gustaba el champán. No había comprendido que prefería las bebidas mucho más fuertes.
«Tenía un nuevo amigo, el amigo de un amigo, un tipo llegado desde Atlanta.
»—¿Qué te dije, John? —se pavoneó al tiempo que me aferraba por el brazo y me acercaba a ellos—. ¿No es más adorable que todas tus beldades de Georgia?
»El tal John era un hombre moreno de cabellos negros. Me estudió con la mirada como si yo fuera un caballo que fuera a comprar.
»—Resulta difícil decirlo —contestó arrastrando las palabras—. Está totalmente tapada.
»Se rieron, y Royce con ellos.
»De pronto, Royce me tomó de los hombros y rasgó la chaqueta, que era un regalo suyo, haciendo saltar los botones de latón. Se desparramaron todos sobre la acera.
»—¡Muéstrale tu aspecto, Rose!
»Se desternilló otra vez y me quitó el sombrero de la cabeza. Los alfileres estaban sujetos a mi cabello desde las raíces, por lo que grité de dolor, un sonido que pareció del agrado de todos.
Rosalie me miró de pronto, sorprendida, como si se hubiera olvidado de mi presencia. Yo estaba segura de que las dos teníamos el rostro igual de pálido, a menos que yo me hubiera puesto verde de puro mareo.
—No voy a obligarte a escuchar el resto —continuó bajito—. Quedé tirada en la calle y se marcharon dando tumbos entre carcajadas. Me dieron por muerta. Bromeaban con Royce, diciéndole que iba a tener que encontrar otra novia. Él se rió y contestó que antes debía aprender a ser paciente.
«Aguardé la muerte en la calle. Era tanto el dolor que me sorprendió que me importunara el frío de la noche. Comenzó a nevar y me pregunté por qué no me moría. Aguardaba este hecho con impaciencia, para así acabar con el dolor, pero tardaba demasiado...
»Carlisle me encontró en ese momento. Olfateó la sangre y acudió a investigar. Recuerdo vagamente haberme enfadado con él cuando noté cómo trabajaba con mi cuerpo en su intento de salvarme la vida. Nunca me habían gustado el doctor Cullen, ni su esposa, ni el hermano de ésta, pues por tal se hacía pasar Edward en aquella época. Me disgustaba que los tres fueran más apuestos que yo, sobre todo los hombres, pero ellos no hacían vida social, por lo que sólo los había visto en un par de ocasiones.
»Pensé que iba a morir cuando me alzó del suelo y me llevó en volandas. Íbamos tan deprisa que me dio la impresión de que volábamos. Me horrorizó que el suplicio no terminara...
»Entonces, me hallé en una habitación luminosa y caldeada. Me dejé llevar y agradecí que el dolor empezara a calmarse, pero de inmediato algo punzante me cortó en la garganta, las muñecas y los tobillos. Aullé de sorpresa, creyendo que el doctor me traía a la vida para hacerme sufrir más. Luego, una quemazón recorrió mi cuerpo y ya no me preocupé de nada más. Imploré a Carlisle que me matara e hice lo mismo cuando Esme y Edward regresaron a la casa. Carlisle se sentó a mi lado, me tomó la mano y me dijo que lo sentía mientras prometía que aquello iba a terminar. Me lo contó todo; a veces, le escuchaba. Me dijo qué era él y en qué me iba a convertir yo. No le creí. Se disculpó cada vez que yo chillaba.
»A Edward no le hizo ninguna gracia. Recuerdo haberles escuchado discutir sobre mí. A veces, dejaba de gritar, ya que no me hacia ningún bien.
»—¿En qué estabas pensando, Carlisle? —espetó Edward—. Rosalie Hale?
Rosalie imitó a la perfección el tono irritado de Edward.
—No me gustó la forma en que pronunció mi nombre, como si hubiera algo malo en mí.
»—No podía dejarla morir —replicó Carlisle en voz baja—. Era demasiado... horrible, un desperdicio enorme...
»—Lo sé —respondió.
»Pensé que le quitaba importancia. Eso me enfadó. Por aquel entonces, yo no sabía que él era capaz de ver lo que Carlisle estaba contemplado.
»—Era una pérdida enorme. No podía dejarla allí —repitió Carlisle en voz baja.
»—Por supuesto que no —aceptó Esme.
»—Todos los días muere gente —le recordó Edward con acritud—, y ¿no crees que es demasiado fácil reconocerla? La familia King va a organizar una gran búsqueda para que nadie sospeche de ese desalmado —refunfuñó.
»Me complació que estuvieran al tanto de la culpabilidad de Royce.
»No me percaté de que casi había terminado, de que cobraba nuevas fuerzas y de que por eso era capaz de concentrarme en su conversación. El dolor empezaba a desaparecer de mis dedos.
»—¿Qué vamos a hacer con ella? —inquirió Edward con repulsión, o al menos ésa fue mi impresión.
»Carlisle suspiró.
»—Eso depende de ella, por supuesto. Quizá prefiera seguir su propio camino.
»Yo había entendido de sus explicaciones lo suficiente para saber que mi vida había terminado y que no la iba a recuperar. No soportaba la perspectiva de quedarme sola.
»El dolor pasó al fin y ellos volvieron a explicarme qué era. En esta ocasión les creí. Experimenté la sed y noté la dureza de mi piel. Vi mis brillantes ojos rojos.
«Frivola como era, me sentí mejor al mirarme en el espejo por primera vez. A pesar de las pupilas, yo era la cosa más hermosa que había visto en la vida —Rosalie se rió de sí misma por un instante—. Tuvo que pasar algún tiempo antes de que comenzara a inculpar de mis males a la belleza, una maldición, y desear haber sido... bueno, fea no, pero sí normal, como Vera. En tal caso, me podría haber casado con alguien que me amara de verdad y haber criado hijos hermosos, pues eso era lo que, en realidad, quería desde el principio. Sigo pensando que no es pedir demasiado.
Permaneció meditativa durante un momento. Creí que se habia vuelto a olvidar de mi presencia, pero entonces me sonrió con expresión súbitamente triunfal.
—¿Sabes? Mi expediente está casi tan limpio como el de Carlisle —me dijo—. Es mejor que el de Esme y mil veces superior al de Edward. Nunca he probado la sangre humana —anunció con orgullo.
Comprendió la perplejidad de mi expresión cuando le pregunte por qué su expediente estaba «casi tan» limpio.
—Maté a cinco hombres —admitió, complacida de sí misma— si es que merecen tal nombre, pero tuve buen cuidado de no derramar su sangre, sabedora de que no sería capaz de resistirlo. No quería nada de ellos dentro mí, ya ves.
«Reservé a Royce para el final. Esperaba que se hubiera enterado de las muertes de sus amigos y comprendiera lo que se le avecinaba. Confiaba en que el miedo empeorara su muerte. Me parece que dio resultado. Cuando le capturé, se escondía dentro de una habitación sin ventanas, detrás de una puerta tan gruesa como una cámara acorazada, custodiada en el exterior por un par de hombres armados. ¡Uy...! Fueron siete homicidios... —se corrigió a sí misma—. Me había olvidado de los guardias. Sólo necesité un segundo para deshacerme de ellos.
»Fue demasiado teatral y lo cierto es que también un poco infantil. Yo lucía un vestido de novia robado para la ocasión. Chilló al verme. Esa noche gritó mucho. Dejarle para el final resultó una medida acertada, ya que me facilitó un mayor autocontrol y pude hacer que su muerte fuera más lenta.
Dejó de hablar de repente y clavó sus ojos en mí.
—Lo siento —se disculpó con una nota de disgusto en la voz—. Te he asustado, ¿verdad?
—Estoy bien —le mentí.
—Me he dejado llevar.
—No te preocupes.
—Me sorprende que Edward no te contara nada a este respecto.
—Le disgusta hablar de las historias de otras personas. Le parece estar traicionando su confianza, ya que él se entera de más cosas de las que pretende cuando «escucha» a los demás.
Ella sonrió y sacudió la cabeza.
—Probablemente voy a tener que darle más crédito. Es bastante decente, ¿verdad?
—Eso me parece.
—Te lo puedo asegurar —luego, suspiró—. Tampoco he sido muy justa contigo, Bella. ¿Te lo ha contado o también ha sido reservado?
—Me dijo que tu actitud se debía a que yo era humana. Me explicó que te resultaba más difícil que al resto aceptar que alguien de fuera estuviera al tanto de vuestro secreto.
La musical risa de Rosalie me interrumpió.
—Ahora me siento en verdad culpable. Se ha mostrado mucho, mucho más cortés de lo que me merezco —parecía más cariñosa cuando se reía, como si hubiera bajado una guardia que hubiera mantenido en mi presencia hasta ese instante—. ¡Qué trolero es este chico!
Se carcajeó una vez más.
—¿Me ha mentido? —inquirí, súbitamente recelosa.
—Bueno, eso quizá resulte exagerado. No te lo ha contado todo. Lo que te dijo es cierto, más cierto ahora de lo que lo fue antes. Sin embargo, en su momento... —enmudeció y rió entre dientes, algo nerviosa—. Es violento. Ya ves, al principio, yo estaba celosa porque él te quería a ti y no a mí.
Un estremecimiento de pánico recorrió mi cuerpo al oír sus palabras. Ahí sentada, bañada por una luz plateada, era más hermosa que cualquier otra cosa que yo pudiera imaginar. Yo no podía competir con Rosalie.
—Pero tú amas a Emmett... —farfullé.
Ella cabeceó adelante y atrás, divertida por la ocurrencia.
—No amo a Edward de ese modo, Bella, no lo he hecho nunca. Le he querido como a un hermano, pero me ha irritado desde el primer momento en que le oí hablar, aunque has de entenderlo... Yo estaba acostumbrada a que la gente me quisiera y él no se interesaba por mí ni una pizquita. Al principio, me frustró e incluso me ofendió, pero no tardó mucho en dejar de molestarme al ver que Edward nunca amaba a nadie. No mostró la menor preferencia ni siquiera la primera vez que nos encontramos con todas esas mujeres del clan de Tanya en Denali. Y entonces te conoció a ti.
Me miró con turbación. Yo sólo le prestaba atención a medias. Pensaba en Edward, en Tanya y en «todas esas mujeres» y fruncí los labios hasta que formaron un trazo grueso.
—No es que no seas guapa, Bella —añadió, malinterpretando mi expresión—, pero te encontró más hermosa que a mí... Soy más vanidosa de lo que pensaba.
—Pero tú has dicho «al principio». Ahora ya no te molesta, ¿no? quiero decir, las dos sabemos que tú eres la más agraciada del planeta.
Me reí al tener que decirlo. ¡Era tan obvio...! Resultaba extraño que Rosalie necesitase esas palabras de confirmación. Ella también se unió a mis risas.
—Gracias, Bella, y no, la verdad es que ya no me molesta. Edward siempre ha sido un poquito raro —volvió a reírse.
—Pero aún sigo sin gustarte —susurré.
Su sonrisa se desvaneció.
—Lo lamento.
Permanecimos allí sentadas, en silencio, y ella parecía poco predispuesta a continuar hablando.
—¿Vas a decirme la razón? ¿He hecho algo...?
¿Estaba enfadada por poner en peligro una y otra vez a su familia, a Emmett? Primero James; ahora, Victoria...
—No, no has hecho nada —murmuró—. Aún no.
La miré, perpleja.
—¿No lo entiendes, Bella? —de pronto, su voz se volvió más apasionada que antes, incluso que cuando relataba su desdichada historia—. Tú ya lo tienes todo. Te aguarda una vida por delante..., todo lo que yo quería, y vas a desperdiciarla. ¿No te das cuenta de que yo daría cualquier cosa por estar en tu lugar? Tú has efectuado la elección que yo no pude hacer, ¡y has elegido mal!
Me estremecí y retrocedí ante la ferocidad de su expresión. Apreté los labios con fuerza cuando me percaté de que me había quedado boquiabierta.
Ella me contempló fijamente durante un buen rato y el fulgor de sus ojos disminuyó. De pronto, se avergonzó.
—¡Y yo que estaba segura de poder hacer esto con calma! —sacudió la cabeza. El torrente de emociones parecía haberla dejado confusa—. Supongo que sólo es porque ahora resulta más duro que antes, cuando era una pura cuestión de vanidad.
Contempló la luna en silencio. Al cabo de unos instantes me atreví a romper su ensimismamiento.
—¿Te caería mejor si eligiera continuar siendo humana?
Ella se volvió hacia mí con los labios curvados en un amago de sonrisa.
—Quizá.
—En todo caso, tu historia sí tiene algo de final feliz —le recorrdé—. Tienes a Emmett.
—Le tengo a medias —sonrió—. Sabes que salvé a Emmett de un oso que le había atacado y herido, y le arrastré hasta el hogar de Carlisle, pero ¿te imaginas por qué impedí que el oso le devorara? —negué con la cabeza—. Sus rizos negros y los hoyuelos, visibles incluso a pesar de la mueca de dolor, conferian a sus facciones una extraña inocencia fuera de lugar en un varón adulto... Me recordaba a Henry, el pequeño de Vera. No quería que muriera, a pesar de lo mucho que odiaba esta vida. Fuí lo bastante egoísta para pedirle a Carlisle que le convirtiera para mí.
»Tuve más suerte de la que me merecía. Emmett es todo lo que habría pedido si me hubiera conocido lo bastante bien como para saber de mis carencias. Él es exactamente la clase de persona adecuada para alguien como yo y, por extraño que pueda parecer, también él me necesitaba. Esa parte funciona mejor de lo que cabía esperar, pero sólo vamos a estar nosotros dos, no va a haber nadie más. Jamás me voy a sentar en el porche, con él a mi lado, y ya con canas, rodeada de mis nietos.
Ahora su sonrisa fue amable.
—Quizá te parezca un poco estrambótico, ¿a que sí? En cierto sentido, tú eres mucho más madura que yo a los dieciocho, pero por otra parte, hay muchas cosas que no te has detenido a considerar con detenimiento. Eres demasiado joven para saber qué vas a desear dentro de diez o quince años, y lo bastante inexperta como para darlo todo sin pensártelo. No te precipites con aquello que es irreversible, Bella.
Me palmeó la cabeza, pero el gesto no era de condescendencia. Suspiré.
—Tú sólo piénsatelo un poco. No se puede deshacer una vez que esté hecho. Esme va tirando porque nos usa a nosotros como sucedáneo de los hijos que no tiene y Alice no recuerda nada de su existencia humana, por lo que no la echa de menos. Sin embargo, tú sí vas a recordarla. Es mucho a lo que renuncias.
Pero obtengo más a cambio, pensé, aunque me callé.
—Gracias, Rosalie. Me alegra conocerte más para comprenderte mejor.
—Te pido disculpas por haberme portado como un monstruo —esbozó una ancha sonrisa—. Intentaré comportarme mejor de ahora en adelante.
Le devolví la sonrisa.
Aún no éramos amigas, pero estaba segura de que no me iba a odiar tanto.
—Ahora voy a dejarte para que duermas —lanzó una mirada a la cama y torció la boca—. Sé que estás descontenta porque te mantenga encerrada de esta manera, pero no le hagas pasar un mal rato cuando regrese. Te ama más de lo que piensas. Le aterra alejarse de ti —se levantó sin hacer ruido y se dirigió hacia la puerta sigilosa como un espectro—. Buenas noches, Bella —susurró mientras la cerraba al salir.
—Buenas noches, Rosalie —murmuré un segundo tarde.
Después de eso, me costó mucho conciliar el sueño...
... y tuve una pesadilla cuando me dormí. Recorría muy despacio las frías y oscuras baldosas de una calle desconocida bajo una suave cortina de nieve. Dejaba un leve rastro sanguinolento detrás de mí mientras un misterioso ángel de largas vestiduras blancas vigilaba mi avance con gesto resentido.
Aliee me llevó al colegio a la mañana siguiente mientras yo, malhumorada, miraba fijamente por el parabrisas. Estaba falta de sueño y eso sólo aumentaba la irritación que me provocaba mi encierro.
—Esta noche saldremos a Olympia o algo así —me prometio—. Será divertido, ¿te parece...?
—¿Por qué no me encierras en el sótano y te dejas de paños calientes? —le sugerí.
Alice torció el gesto.
—Va a pedirme que le devuelva el Porsche por no hacer un buen trabajo. Se suponía que debías pasártelo bien.
—No es culpa tuya —murmuré; en mi fuero interno, no podía creer que me sintiera culpable—. Te veré en el almuerzo.
Anduve penosamente hasta clase de Lengua. Tenía garantizado que el día iba a ser insoportable sin la compañía de Edward. Permanecí enfurruñada durante la primera clase, bien consciente de que mi actitud no ayudaba en nada.
Cuando sonó la campana, me levanté sin mucho entusiasmo. Mike me esperaba a la salida, el tiempo que mantenía abierta la puerta.
—¿Se va Edward de excursión este fin de semana? —me preguntó con afabilidad mientras caminábamos bajo un fino chirimiri.
—Sí.
—¿Te apetece hacer algo esta noche?
¿Cómo era posible que aún albergara esperanzas?
—Imposible, tengo una fiesta de pijamas —refunfuñé. Me dedicó una mirada extraña mientras ponderaba mi estado de ánimo.
—¿Quiénes vais a...?
Detrás de nosotros, un motor bramó con fuerza en algún punto del aparcamiento. Todos cuantos estaban en la acera se volvieron para observar con incredulidad cómo una estruendosa moto negra llegaba hasta el límite de la zona asfaltada sin aminorar el runrún del motor.
Jacob me urgió con los brazos.
—¡Corre, Bella! —gritó por encima del rugido del motor.
Me quedé allí clavada durante un instante antes de comprender.
Miré a Mike de inmediato y supe que sólo tenía unos segundos.
¿Hasta dónde sería capaz de ir Alice para refrenarme en público?
—Di que me he sentido mal repentinamente y me he ido a casa, ¿de acuerdo? —le dije a Mike, con la voz llena de repentino entusiasmo.
—Vale —murmuró él.
Le pellizqué la mejilla y le dije a voz en grito mientras me alejaba a la carrera:
—Gracias, Mike. ¡Te debo una!
Jacob aceleró la moto sin dejar de sonreír. Salté a la parte posterior del asiento, rodeé su cintura con los brazos y me aferré con fuerza.
Atisbé de refilón a Alice, petrificada en la entrada de la cafetería, con los ojos chispeando de furia y los labios fruncidos, dejando entrever los dientes.
Le dirigí una mirada de súplica.
A continuación salimos disparados sobre el asfalto tan deprísa que tuve la impresión de que me dejaba atrás el estómago.
—¡Agárrate fuerte! —gritó Jacob.
Escondí el rostro en su espalda mientras él dirigía la moto hacia la carretera. Sabía que aminoraría la velocidad en cuanto llegásemos a la orilla del territorio quileute. Lo único que debía hacer hasta ese momento era no soltarme. Rogué en silencio para que Alice no nos siguiera y que a Charlie no se le ocurriera pasar a verme...
Fue muy evidente el momento en que llegamos a zona segura. La motocicleta redujo la velocidad y Jacob se enderezó y aulló entre risas. Abrí los ojos.
—Lo logramos —gritó—. Como fuga de la cárcel no está mal, ¿A qué no?
—Bien pensado, Jake.
—Me acordé de tus palabras. Esa sanguijuela psíquica era incapaz de predecir lo que yo iba a hacer. Me alegra que no pensara esto o de lo contrario no te hubiera dejado venir al instituto.
—No se me pasó por la cabeza.
Lanzó una carcajada triunfal.
—;Qué quieres hacer hoy?
Respondí con otra risa.
¡Cualquier cosa!
¡Qué estupendo era ser libre!
20 de enero de 2010
Capítulo 6: Suiza
Mientras conducía de vuelta a casa, no prestaba mucha atención a la superficie mojada de la carretera, que resplandecía al sol. Reflexionaba acerca del torrente de información que Jacob había compartido conmigo en un intento de sacar algo en claro y lograr que todo tuviera sentido. Me sentía más ligera a pesar del agobio. No es que ver sonreír de nuevo a Jacob y haber discutido sobre todos los secretos hubiera arreglado algo, pero facilitaba las cosas. Había hecho bien en ir. Jacob me necesitaba y, obviamente, no había peligro, pensé mientras entrecerraba los párpados para no quedarme cegada.
El coche apareció de la nada. Un instante antes, en el espejo retrovisor no había más que una calzada reluciente y después, de repente, tenía pegado un Volvo plateado centelleante bajo el sol.
—Ay, mierda —me quejé.
Consideré la posibilidad de acercarme al arcén y parar, pero era demasiado cobarde para hacerle frente en ese mismo momento. Había contado con disponer de algún tiempo de preparación y tener cerca a Charlie como carabina. Eso, al menos, le obligaría a no alzar la voz.
El Volvo continuó a escasos centímetros detrás de mí. Mantuve la vista fija en la carretera.
Conduje hasta la casa de Angela completamente aterrada; no permití que mis ojos se encontraran con los suyos, que parecían haber abierto un boquete al rojo vivo en mi retrovisor.
Me siguió hasta que pisé el freno en frente de la casa de los Weber. Él no se detuvo y yo no alcé la mirada cuando pasó a mi lado para evitar ver la expresión de su rostro, y en cuanto desapareció, salvé lo más deprisa posible el corto trecho que mediaba hasta la puerta de Angela.
Ben la abrió antes de que yo dejara de llamar con los nudillos.
Daba la impresión de que estaba justo detrás.
—¡Hola, Bella! —exclamó, sorprendido.
—Hola, Ben. Eh... ¿Está Angela?
Me pregunté si mi amiga se había olvidado de nuestros planes y me achanté ante la perspectiva de volver temprano a casa.
—Claro —repuso Ben justo antes de que ella apareciera en lo alto de las escaleras y me llamara:
—¡Bella!
Ben echó un vistazo a mi alrededor cuando oímos el sonido de un coche en la carretera, pero este ruido no me asustó al no parecerse en nada al suave ronroneo del Volvo. El vehículo fue dando trompicones hasta detenerse en medio de un fuerte petardeo del tubo de escape. Ésa debía de ser la visita que Ben estaba esperando.
—Ya viene Austin —anunció Ben cuando Angela llegó a su lado.
El sonido de un bocinazo resonó en la calle.
—Te veo luego —le prometió Ben—. Ya te echo de menos.
Él pasó el brazo alrededor del cuello de Angela y la atrajo hacia abajo para ponerla a su altura y poderla besar con entusiasmo. Un segundo después, Austin hizo sonar el claxon otra vez.
—¡Adiós, Ang, te quiero! —gritó Ben mientras pasaba corriendo junto a mí.
Angela se balanceó con el rostro levemente enrojecido, pero luego se recuperó y le despidió con la mano hasta que los perdimos de vista. Entonces se volvió hacia mí y me sonrió con arrepentimiento.
—Te agradezco con toda mi alma este favor, Bella —dijo—. No sólo evitas que mis manos sufran heridas irreparables, sino que además me ahorras dos horas de una película de artes marciales sin argumento y mal doblada.
—Me encanta ser de ayuda.
Tuve menos miedo y fui capaz de respirar con más regularidad. Allí todo era muy corriente y, por extraño que parezca, los sencillos problemas humanos de Angela resultaban tranquilizadores. Era magnífico saber que la vida es normal en algún lado.
—¿Dónde está tu familia?
—Mis padres han llevado a los gemelos a un cumpleaños en Port Angeles. Aún no me creo que vayas a ayudarme en esto. Ben ha simulado una tendinitis.
Hizo una mueca.
—No me importa en absoluto —le aseguré hasta que entré en su cuarto y vi las pilas de sobres que nos esperaban—. Uf —exclamé, asombrada.
Angela se dio la vuelta para mirarme con la disculpa grabada en los ojos. Ahora entendía por qué lo había estado posponiendo y por qué Ben se había escabullido.
—Pensé que exagerabas —admití.
—¡Qué más quisiera! ¿Estás segura de querer hacerlo?
—Ponme a trabajar. Dispongo de todo el día.
Angela dividió en dos un montón y colocó la agenda de direcciones sobre el escritorio, en medio de nosotras dos. Nos concentramos en el trabajo durante un buen rato durante el que sólo se oyó el sordo rasguñar de nuestras plumas sobre el papel.
—¿Qué hace Edward esta noche? —me preguntó al cabo de unos minutos.
La punta de mi pluma se hundió en el reverso del sobre.
—Pasa el fin de semana en casa de Emmett. Se supone que van a salir de excursión.
—Lo dices como si no estuvieras segura.
Me encogí de hombros.
Eres afortunada. Edward tiene hermanos para todo eso de las acampadas y las caminatas. No sé qué haría si Ben no tuviera a Austin para todas esas cosas de chicos.
—Sí. Las actividades al aire libre no son lo mío, la verdad, y no hay forma de que yo pueda seguirle el ritmo.
Angela se rió.
—Yo también prefiero quedarme en casa.
Ella se concentró en el montón de sobres durante un minuto y yo escribí otras cuatro direcciones. Con Angela nunca sentia el apremio de tener que llenar una pausa con chachara insulsa. Al igual que Charlie, ella se sentía a gusto con el silencio, pero al igual que mi padre, en ocasiones también era demasiado observadora.
—¿Algo va mal? —inquirió, ahora en voz baja—. Pareces... ansiosa.
Sonreí avergonzada.
—¿Es tan evidente?
—En realidad, no.
Lo más probable es que estuviera mintiendo para hacerme sentir mejor.
—No tienes por qué hablar de ello a menos que te apetezca —me aseguró—. Te escucharé si crees que eso te puede ayudar.
Estuve a punto de decir: «Gracias, gracias, pero no». Después de todo, había muchos secretos que debía ocultar. Lo cierto es que yo no podía hablar de mis problemas con ningún ser humano.
Iba contra las reglas.
Y aun así, sentía el deseo repentino e irrefrenable de hacer precisamente eso. Quería hablar con una amiga normal, humana. Me apetecía quejarme un poco, como cualquier otra adolescente. Anhelaba que mis problemas fueran más sencillos. Sería estupendo contar con alguien ajeno a todo aquel embrollo de vampiros y hombres lobo para poner las cosas en su justa perspectiva. Alguien imparcial.
—Me ocuparé de mis asuntos —me prometió Angela; sonrió y volvió la mirada hacia las señas que estaba escribiendo en ese momento.
—No —repuse—, tienes razón, estoy preocupada. Se trata de... Edward.
—¿Qué ocurre?
¡Qué fácil resultaba hablar con ella! Cuando formulaba una pregunta como ésa, yo estaba segura de que no le movía la curiosidad o la búsqueda de un cotilleo, como hubiera ocurrido en el caso de Jessica. A ella le interesaba la razón de mi inquietud.
—Se ha enfadado conmigo.
—Resulta difícil de imaginar —me contestó—. ¿Por qué se ha enojado?
Suspiré.
—¿Te acuerdas de Jacob Black?
—Ah —se limitó a decir.
—Exacto.
—Está celoso.
—No, celoso no... —debería haber mantenido la boca cerrada. No había modo alguno de explicarle aquello correctamente, pero, de todos modos, quería seguir hablando. No me había percatado de lo mucho que deseaba mantener una conversación humana—. Supongo que Edward cree que Jacob es... una mala influencia para mí. Algo... peligroso. Ya sabes cuántos problemas ha tenido en estos últimos meses... Aunque todo esto es ridiculo…
Me sorprendió ver que Angela negaba con la cabeza.
—¿Qué? —quise saber.
—Bella, he visto cómo te mira Jacob Black. Apostaría a que el problema de fondo son los celos.
—No es ésa la relación que tengo con Jacob.
—Por tu parte, quizá, pero por la suya...
Fruncí el ceño.
—Él conoce mis sentimientos. Se lo he contado todo.
—Edward sólo es un ser humano, Bella, y va a reaccionar como cualquier otro chico.
Hice una mueca. No debía responder a eso. Angela me palmeó la mano.
—Lo superará.
—Eso espero. Jake está pasando momentos difíciles y me necesita.
—Tú y él sois muy amigos, ¿verdad?
—Como si fuéramos familia —admití.
—Y a Edward no le gusta él... Debe de ser duro. Me pregunto cómo manejaría Ben esa situación —se dijo en voz alta.
Esbocé una media sonrisa.
—Probablemente, como cualquier otro chico.
Ella sonrió franca.
—Probablemente.
Entonces, ella cambió de tema. Angela no era una entrometida y pareció percatarse de que yo no iba ni podía añadir nada más.
—Ayer me asignaron un colegio mayor. Es el más alejado del campus, por supuesto.
—¿Sabe Ben ya cuál le ha tocado?
—En el más cercano. Toda la suerte es para él. ¿Qué hay de ti? ¿Has decidido adonde vas a ir?
Aparté la vista mientras me concentraba en los torpes trazos de mi letra. La idea de que Ben y Angela estuvieran en la Universidad de Washington me despistó durante unos instantes. Se marcharían a Seattle en cuestión de pocos meses. ¿Sería seguro? ¿Amenazaría Edward con instalarse en otra parte? ¿Habría para entonces un nuevo lugar, otra ciudad que se estremeciera ante unos titulares de prensa propios de una película de terror?
¿Serían culpa mía algunas de esas noticias?
Intenté desterrar de mi mente esa preocupación y respondí a su pregunta un poco tarde.
—Creo que a la Universidad de Alaska, en Juneau.
—¿Alaska? ¿De veras? —percibí la nota de sorpresa en su voz—. Quiero decir... ¡Es estupendo!, sólo que imaginaba que ibas a elegir otro destino más... cálido.
Reí un poco sin apartar los ojos del sobre.
—Sí. Lo cierto es que la estancia en Forks ha cambiado mi perspectiva de la vida.
—¿Y Edward?
La mención de su nombre provocó un cosquilleo en mi estómago, pero alcé la vista y le sonreí.
—Alaska tampoco es demasiado frío para Edward.
Ella me devolvió la sonrisa.
—Por supuesto que no —luego, suspiró—. Está muy lejos. No vas a poder venir a menudo. Te echaré de menos. ¿Me escribirás algún correo?
Me abrumó una ola de contenida tristeza. Quizás era un error intimar de más con Angela ahora, pero, ¿no sería aún más triste perderse estas últimas oportunidades? Me libré de tan lúgubres pensamientos y pude responderle con malicia:
—Si es que puedo volver a escribir después de esto...
Señalé con la cabeza el montón de sobres que ya había prepado.
Nos reímos las dos, y a partir de ese momento fue más fácil cotorrear despreocupadamente sobre clases y asignaturas. Todo lo que debía hacer era no pensar en ello. De todos modos, había cosas más urgentes de las que preocuparse aquel día.
Le ayudé también a poner los sellos, pues me asustaba tener que irme.
—¿Cómo va esa mano? —inquirió.
Flexioné los dedos.
—Creo que se recuperará... algún día.
Alguien cerró de golpe la puerta de la entrada en el piso inferior. Ambas levantamos la vista del trabajo.
—¿Ang? —llamó Ben.
Traté de sonreír, pero me temblaron los labios.
—Supongo que eso da el pie a mi salida del escenario.
—No tienes por qué irte, aunque probablemente me va a describir la película con todo lujo de detalles.
—Da igual, Charlie va a preguntarse por mi paradero.
—Gracias por ayudarme.
—Lo cierto es que me lo he pasado bien. Deberíamos hacer algo parecido de vez en cuando. Es muy agradable tener un tiempo sólo para chicas.
—Sin lugar a dudas.
Sonó un leve golpeteo en la puerta del dormitorio.
—Entra, Ben —invitó Angela.
Me incorporé y me estiré.
—Hola, Bella. ¡Has sobrevivido! —me saludó Ben de pasada mientras acudía a ocupar mi lugar junto a Angela. Observó nuestra tarea—. Buen trabajo. Es una pena que no quede nada que hacer, yo habría... —dejó en suspenso la frase y el hilo de sus pensamientos para retomarlo con entusiasmo—. ¡No puedo creer que te hayas perdido esta película! Era estupenda. La secuencia final de la pelea tenía una coreografía alucinante. El tipo ese, bueno, tendrías que ir a verla para saber a qué me refiero...
Angela me miró, exasperada.
—Te veo en el instituto —me despedí, y solté una risita nerviosa.
Ella suspiró y dijo:
—Nos vemos allí.
Estaba nerviosa mientras recorría la distancia que me separaba hasta mi vehículo, pero la calle se hallaba vacía. Pasé todo el trayecto mirando con inquietud por todos los espejos sin que se viera rastro alguno del coche plateado.
Su vehículo tampoco estaba en frente de la casa, aunque eso no significaba demasiado.
—¿Bella? —me llamó Charlie en cuanto abrí la puerta de la entrada.
—Hola, papá.
Le encontré en el cuarto de estar, sentado delante de la televisión.
—Bueno, ¿qué tal ha ido el día?
—Bien —le respondí. Se lo podía contar todo, ya que enseguida iba a enterarse a través de Billy. Además, iba a hacerle feliz—. No me necesitaban en el trabajo, por lo que me he acercado a La Push.
Su rostro no reflejó sorpresa alguna. Billy y él habían estado hablando.
—¿Cómo está Jacob? —preguntó Charlie, fingiendo indiferencia.
—Perfectamente —contesté, con aire despreocupado.
—¿Has ido a casa de los Weber?
—Sí. Hemos terminado de escribir todas las direcciones en los sobres.
—Eso está bien —respondió Charlie con una ancha sonrisa. Estaba sorprendentemente concentrado, máxime si se consideraba que había un partido en juego—. Me alegro de que hoy hayas pasado unas horas con tus amigos.
—También yo.
Me fui sin prisa a la cocina en busca de un trabajo con el que sentirme ocupada. Por desgracia, Charlie ya había limpiado los platos del almuerzo. Me demoré allí durante unos minutos, contempando el brillante recuadro de luz que los rayos del sol dibujaban en el suelo, pero sabía que no podía aplazarlo de forma indefinida.
—Me subo a estudiar —anuncié con desánimo mientras me dirigia a las escaleras.
—Te veo luego —se despidió Charlie a mis espaldas.
Si sobrevivo, pensé para mis adentros.
Cerré la puerta de mi dormitorio con cuidado antes de volver mi rostro hacia el interior del dormitorio.
Él estaba allí, por supuesto, junto a la ventana, reclinado sobre la pared más alejada de mí, guarecido en las sombras. Su rostro era severo y mantenía una postura tensa. Me contempló sin despegar los labios.
Me acobardé a la espera de una diatriba verbal que no se produjo. El se limitó a seguir mirándome, es posible que demasiado enfadado para articular palabra.
—Hola —saludó al fin.
Su rostro parecía cincelado en piedra. Conté mentalmente hasta cien, pero no se produjo cambio alguno.
—Esto... Bueno, sigo viva —comencé. Brotó un bramido de su pecho, pero su expresión no se alteró—. No he sufrido ningún daño —insistí con encogimiento de hombros.
Se movió. Cerró los ojos y apretó el puente de la nariz entre los dedos de la mano derecha.
—Bella —murmuró—, ¿te haces la menor idea de lo cerca que he estado de cruzar hoy la línea y romper el tratado para ir a por ti? ¿Sabes lo que eso significa?
Proferí un grito ahogado y él abrió los párpados, dejando al descubierto unos ojos duros y fríos como la noche.
—¡No puedes hacerlo! —repliqué en voz demasiado alta. Me esforcé en controlar el volumen de mi voz a fin de que no me oyera Charlie, pero ardía en deseos de gritar cada palabra—. Lo usarían como pretexto para una lucha, estarían encantados, Edward. ¡Jamás debes romper las reglas!
—Quizá no sean los únicos que disfrutarían con el enfrentamiento.
—No empieces —le atajé bruscamente—. Alcanzasteis un acuerdo para respetarlo.
—Si él te hubiera hecho daño...
—¡Vale ya! —le corté—. No hay de qué preocuparse. Jacob no es peligroso.
—Bella... —puso los ojos en blanco—. Tú no eres precisamente la persona más adecuada para juzgar lo que es o no pernicioso.
—Sé que no he de preocuparme por Jake, ni tú tampoco.
Apretó la mandíbula con un rechinar de dientes al tiempo que los puños crispados colgaban a cada lado. Permanecía recostado contra la pared. Odié el espacio que nos separaba, por lo que...
... respiré hondo y crucé la habitación. No reaccionó cuando le rodeé con los brazos. Su piel resultaba especialmente helada en comparación con el calor de los estertores del sol vespertino que se colaba a chorros por la ventana. El también parecía glacial, gélido a su manera.
—Siento haberte preocupado —dije entre dientes.
Suspiró y se relajó un poco mientras rodeaba mi cintura con los brazos.
—«Preocupado» es quedarse corto —murmuró—. Ha sido un día muy largo.
—Se suponía que no ibas a enterarte —le recordé—. Pensé que la caza te iba a llevar más tiempo.
Alcé la vista para contemplar sus pupilas, a la defensiva, y entonces vi que estaban demasiado oscuras, algo de lo que no me había percatado con la tensión del momento. Los círculos alrededor de los ojos eran de color morado oscuro.
Fruncí el ceño con gesto de desaprobación.
—Regresé cuando Alice te vio desaparecer —me explicó.
—No deberías haberlo hecho —arrugué aún más el ceño—. Ahora vas a tener que irte otra vez.
—Puedo esperar.
—Eso es ridículo, es decir, sé que ella no puede verme con Jacob, pero tú deberías haber sabido...
—Pero no lo sé —me interrumpió—, y no puedes esperar de mí que te deje...
—Oh, sí, claro que puedo —le detuve—. Eso es exactamente lo que espero...
—No volverá a suceder.
—¡Eso es verdad! La próxima vez no vas a reaccionar de forma exagerada...
—...porque no va a haber próxima vez...
—Comprendo tus ausencias, aunque no sean de mi agrado.
—No es lo mismo. Yo no arriesgo mi vida.
—Tampoco yo.
—Los hombres lobo suponen un riesgo.
—Discrepo.
—No estoy negociando, Bella.
—Yo tampoco.
Volvió a cerrar las manos. Sentí sus puños en la espalda.
—¿De verdad que todo esto es por mi seguridad? —las palabras se me escaparon sin pensar.
—¿A qué te refieres? —inquirió.
—Tú no estás... —ahora, la teoría de Angela parecía más estúpida. Me resultaba difícil concluir la frase—. Quiero decir, me conoces lo bastante bien para no tener celos, ¿a que sí?
Enarqué una ceja.
—¿Debería tenerlos?
—No te lo tomes a broma.
—Eso es fácil. No hay nada remotamente gracioso en todo este lío.
Fruncí el ceño con recelo.
—¿O hay algo más? No sé, alguna de esas tonterías del tipo «los vampiros y los licántropos son siempre enemigos». Si esto es fruto de la testosterona...
Sus ojos flamearon.
—Esto es sólo por ti. No me preocupa más que tu seguridad.
No dudé al ver las ascuas de sus ojos.
—De acuerdo —suspiré—. Lo creo, pero quiero que sepas algo. Me quedaré fuera cuando se produzcan situaciones ridiculas en lo referido a vuestra enemistad. Soy un país neutral. Soy Suiza. Me niego a verme afectada por disputas territoriales entre criaturas míticas. Jacob es familia mía. Tú eres... Bueno, no exactamente el amor de mi vida, porque espero poder quererte por mucho más tiempo que eso... El amor de mi existencia. Me da igual quién es un vampiro y quién un hombre lobo. Si Angela se convirtiera en una bruja, ella también formaría parte del grupo...
Me miró con ojos entrecerrados.
—Suiza —repetí de nuevo con énfasis.
Me hizo una mueca, pero luego suspiró.
—Bella... —comenzó, pero se detuvo y torció la nariz con desagrado.
—¿Qué pasa ahora?
—Bueno, no te ofendas, pero hueles como un perro... —me dijo.
Luego, esbozó una de esas sonrisas torcidas tan propias de él, por lo que supe que la pelea se había terminado. Por el momento.
Edward tuvo que recuperar la expedición de caza que se había saltado, por lo que se ausentó el viernes por la noche con Jasper, Emmett y Carlisle a una reserva en el norte de California que tenía problemas con un puma.
No habíamos llegado a ningún acuerdo en el asunto de los hombres lobo, pero no sentí ningún remordimiento por telefonear a Jake durante el breve intervalo en el que Edward llevaba el Volvo a casa, antes de regresar a mi cuarto por la ventana, para decirle que iba a pasarme por allí de nuevo el sábado. No pensaba marcharme a hurtadillas. Edward conocía mi forma de pensar y haría que Jacob me recogiera si él volvía a estropearme el coche. Forks era neutral, como Suiza y como yo.
Por eso, no sospeché cuando Alice, en vez Edward, me esperaba en el Volvo a la salida del trabajo. La puerta del copiloto estaba abierta y una música desconocida para mí sacudía el marco cada vez que sonaban los contrabajos.
—Hola, Alice —grité para hacerme oír mientras entraba—. ¿Dónde está tu hermano?
Ella coreaba la canción una octava más alta que la melodía con la que se entretejía hasta lograr una intrincada armonía. Me hizo un asentimiento, ignorando mi pregunta mientras se concentraba en la música.
Cerré la puerta de un portazo y me puse las manos sobre los oídos. Ella me sonrió y redujo el volumen hasta limitarlo al nivel de la música ambiente. Echó los seguros y metió gas al coche al mismo tiempo.
—¿Qué es lo que pasa? —pregunté; empezaba a sentirme inquieta—. ¿Dónde está Edward?
Se encogió de hombros.
—Se marcharon a primera hora.
—Vaya.
Intenté controlar el absurdo sentimiento de decepción. Si ha salido temprano, antes volverá, me obligué a recordar.
—Todos los chicos se han ido, así que ¡tendremos una fiesta de pijamas! —anunció con voz cantarína.
—¿Una fiesta de pijamas? —repetí.
La sospecha finalmente cobró forma.
—¿No te hace ilusión? —gorjeó.
Mis ojos se encontraron con los suyos, muy animados, durante un largo instante.
—Me estás raptando, ¿verdad?
Ella se echó a reír y asintió.
—Hasta el sábado. Esme lo arregló con Charlie. Vas a quedarte conmigo dos noches. Mañana yo te llevaré y te recogeré del colegio.
Me volví hacia la ventanilla con un rechinar de dientes.
—Lo siento —se disculpó Alice sin el menor asomo de arrepentimiento—. Me pagó.
—¿Con qué?
—El Porsche. Es exactamente igual al que robé en Italia —suspiró satisfecha—. No puedo conducirlo por Forks, pero ¿qué te parece si comprobamos cuánto tiempo tarda en llegar a Los Ángeles. Apuesto a que podemos estar de vuelta a medianoche.
Suspiré hondo.
—Me parece que paso.
Suspiré al tiempo que reprimía un estremecimiento.
Aunque siempre más deprisa de la cuenta, fuimos reduciendo paulatinamente la velocidad. Alice dio la vuelta al garaje. Eché un vistazo rápido a los coches. Allí estaba el enorme Jeep de Emmett a su lado el Porsche de brillante color amarillo, como el plumaje de un canario, entre aquél y el descapotable rojo de Rosalie.
Alice salió de un grácil brinco y se acercó para acariciar con la mano cuan largo era su soborno.
—Es demasiado, ¿a que sí?
—Demasiado se queda corto —refunfuñé, incrédula—.. ¿Te lo ha regalado por retenerme dos días como rehén? —Alice hizo un mohín. Un segundo después lo comprendí todo y jadeé a causa del pánico—. Es por todas las veces que Edward se ausente, ¿verdad?
Ella asintió.
Cerré de un portazo y me dirigí pisando fuerte hacia la casa. Ella danzó a mi lado, aún sin dar muestras de remordimiento.
—¿No te parece que se está pasando de controlador? ¿No es quizás incluso un poquito psicótico?
—La verdad es que no —hizo un gesto desdeñoso—. No pareces entender hasta qué punto puede ser peligroso un hombre lobo joven. Sobre todo cuando yo no los puedo ver y Edward no tiene forma de saber si estás a salvo. No deberías ser tan imprudente.
—Sí —repuse con mordacidad—, ya que una fiesta de pijamas con vampiros es el culmen de un comportamiento consciente y seguro.
Alice se echó a reír.
—Te haré la pedicura y todo —me prometió.
No estaba tan mal, excepto por el hecho de que me retenían contra mi voluntad. Esme compró comida italiana de la buena traída directamente de Port Angeles y Alice preparó mis películas favoritas. Estaba allí incluso Rosalie, callada y en un segundo plano. Alice insistió en lo de arreglarme los pies hasta el punto de que me pregunté si no estaría trabajando conforme a una lista de tareas confeccionada a partir de la visión de las horribles comedias de la tele.
—¿Hasta qué hora quieres quedarte levantada? —me preguntó cuando las uñas de mis pies estuvieron de un reluciente color rojo sangre. Mi mal humor no afectó a su entusiasmo.
—No quiero quedarme levantada. Mañana tenemos instituto.
Ella hizo un mohín.
—De todos modos, ¿dónde voy a dormir? —evalué el sofá con la mirada. Era algo pequeño—. ¿No podéis limitaros a mantenerme vigilada en mi casa?
—En tal caso, ¿qué clase de fiesta de pijamas iba a ser? —Alice sacudió la cabeza con exasperación—. Vas a acostarte en la habitación de Edward.
Suspiré. Su sofá de cuero negro era más grande que aquél. De hecho, lo más probable era que la alfombra dorada de su dormitorio tuviera el grosor suficiente para convertirse en un lecho excelente.
—¿No puedo ir al menos a casa a recoger mis cosas?
Ella sonrió.
—Ya nos hemos ocupado de eso.
—¿Tengo permiso para llamar por teléfono?
—Charlie sabe dónde estás.
—No voy a telefonearle a él —torcí el gesto—. Al parecer, he de cancelar ciertos planes.
—Ah —ella caviló al respecto—. No estoy del todo segura...
—¡Alice! —me quejé a voz en grito—. ¡Vamos!
—Vale, vale —accedió mientras revoloteaba por la estancia. Regresó en menos de medio segundo con un móvil en la mano—. ÉI no me lo ha prohibido específicamente... —murmuró para sí mientras me entregaba el teléfono.
Marqué el número de Jacob con la esperanza de que no hubiera salido con sus amigos aquella noche. Estuve de suerte y fue él quien respondió.
—¿Diga?
—Hola, Jake, soy yo.
Alice me observó con ojos inexpresivos durante un segundo antes de darse la vuelta e ir a sentarse en el sofá entre Rosalie y Esme.
—Hola, Bella —respondió, súbitamente alerta—. ¿Qué ocurre?
—Nada bueno. Después de todo, no voy a poder ir el sábado, Jacob permaneció en silencio durante un minuto.
—Estúpido chupasangres —murmuró al final—. Pensé que se había ido. ¿No puedes vivir tu vida durante sus ausencias o es que te ha encerrado en un ataúd? —me carcajeé—. A mí no me parece divertido.
—Me reía porque no le falta mucho —le aclaré—, pero estará aquí el sábado, por lo que eso no importa.
—Entonces, ¿va a alimentarse aquí, en Forks? —inquirió Jacob de forma cortante.
—No —no le dejé ver lo enfadada que estaba con Edward, y mi enojo no era menor al de Jacob—. Salió de madrugada.
—Ah. Bueno, ¡eh!, entonces, pásate por casa —repuso con repentino entusiasmo—. Aún no es tarde, o yo me pasaré por la de Charlie.
—Me gustaría, pero no estoy allí —le expliqué con acritud—. Soy una especie de prisionera.
Permaneció callado mientras lo asimilaba; luego, gruñó.
—Iremos a por ti —me prometió con voz monocorde, pasando automáticamente al plural.
Un escalofrío corrió por mi espalda, pero respondí con tono ligero y bromista.
—Um. Es... tentador. Que sepas que me han torturado... Alice me ha pintado las uñas.
—Hablo en serio.
—No lo hagas. Sólo pretenden mantenerme a salvo.
Volvió a gruñir.
—Sé que es una necedad, pero son buena gente.
—¿Buena gente? —se mofó.
—Lamento lo del sábado —me disculpé—. Bueno, he de irme a la cama —el sofá, rectifiqué en mi fuero interno—. Pero volveré a llamarte pronto.
—¿Estás segura de que te van a dejar salir? —me preguntó mordaz.
—No del todo —suspiré—. Buenas noches, Jalee.
—Ya nos veremos por ahí.
De pronto, Alice estaba a mi lado y tendía la mano para recuperar el móvil, pero yo ya estaba marcando otro número. Ella lo identificó y me avisó:
—Dudo que lleve el teléfono encima.
—Voy a dejarle un mensaje.
El teléfono sonó cuatro veces, seguidas de un pitido. No le saludé.
—Estás metido en un lío —dije despacio, enfatizando cada palabra—, en uno bien grande. La próxima vez, los osos pardos enfadados te van a parecer oseznos domados en comparación con lo que te espera en casa.
Cerré la tapa del móvil y lo deposité en la mano tendida de Alice.
—He terminado.
Ella sonrió burlona.
—Esto del secuestro es divertido.
—Ahora me voy a dormir —anuncié mientras me dirigía a las escaleras.
Alice se pegó a mis pasos. Suspiré.
—Alice, no voy a fisgar ni a escabullirme. Si estuviera planeando eso, tú lo sabrías y me atraparías en el caso de que lo intentara.
—Sólo voy a enseñarte dónde está cada cosa —repuso con aire inocente.
La habitación de Edward se hallaba en el extremo más alejado del pasillo del tercer piso y resultaba difícil perderse incluso aunque hubiera estado menos familiarizada con la casa, pero me detuve confusa cuando encendí la luz. ¿Me había equivocado de puerta?
Alice soltó una risita.
Enseguida comprendí que se trataba de la misma habitación, sólo habían reubicado el mobiliario. El sofá se hallaba en la pared norte y habían corrido levemente el estéreo hacia los estantes repletos de CDs para hacer espacio a la colosal cama que ahora dominaba el espacio central.
La pared sur de vidrio reflejaba la escena de detrás como si fuera un espejo, haciendo que todo pareciera doblemente peor.
Encajaba. El cobertor era de un dorado apagado, apenas más claro que las paredes. El bastidor era negro, hecho de hierro forjado y con un intrincado diseño. Mi pijama estaba cuidadosamente doblado al pie de la cama y a un lado descansaba el neceser con mis artículos de aseo.
—¿Qué rayos es esto? —farfullé.
—No ibas a creer de veras que te iba a hacer dormir en un sofa, ¿verdad?
Mascullé de forma ininteligible mientras me adelantaba para tomar mis cosas de la cama.
—Te daré un poco de intimidad —Alice se rió—. Te veré mañana.
Después de cepillarme los dientes y ponerme el pijama, aferré una hinchada almohada de plumas y la saqué del lecho para luego arrastrar el cobertor dorado hasta el sofá. Sabía que me estaba comportando como una tonta, pero no me preocupaba. Eso de Porsches como sobornos y camas de matrimonio en casas donde nadie dormía se pasaba de castaño oscuro. Apagué las luces y me aovillé en el sofá, preguntándome si no estaría demasiado enfadada como para conciliar el sueño.
En la oscuridad, la pared de vidrio dejó de ser un espejo negro que producía la sensación de duplicar el tamaño de la habitación En el exterior, la luz de luna iluminó las nubes. Cuando mis ojos se acostumbraron, vi la difusa luminosidad que remarcaba las copas de los árboles y arrancaba reflejos a un meandro del río. Observé la luz plateada a la espera de que me pesaran los párpados
Hubo un leve golpeteo de nudillos en la puerta.
—¿Qué pasa, Alice? —bisbiseé.
Estaba a la defensiva, pues ya imaginaba su diversión en cuanto viera mi improvisado camastro.
—Soy yo —susurró Rosalie mientras entreabría la puerta lo su ficiente para que pudiera ver su rostro perfecto a la luz del resplandor plateado—. ¿Puedo pasar?
El coche apareció de la nada. Un instante antes, en el espejo retrovisor no había más que una calzada reluciente y después, de repente, tenía pegado un Volvo plateado centelleante bajo el sol.
—Ay, mierda —me quejé.
Consideré la posibilidad de acercarme al arcén y parar, pero era demasiado cobarde para hacerle frente en ese mismo momento. Había contado con disponer de algún tiempo de preparación y tener cerca a Charlie como carabina. Eso, al menos, le obligaría a no alzar la voz.
El Volvo continuó a escasos centímetros detrás de mí. Mantuve la vista fija en la carretera.
Conduje hasta la casa de Angela completamente aterrada; no permití que mis ojos se encontraran con los suyos, que parecían haber abierto un boquete al rojo vivo en mi retrovisor.
Me siguió hasta que pisé el freno en frente de la casa de los Weber. Él no se detuvo y yo no alcé la mirada cuando pasó a mi lado para evitar ver la expresión de su rostro, y en cuanto desapareció, salvé lo más deprisa posible el corto trecho que mediaba hasta la puerta de Angela.
Ben la abrió antes de que yo dejara de llamar con los nudillos.
Daba la impresión de que estaba justo detrás.
—¡Hola, Bella! —exclamó, sorprendido.
—Hola, Ben. Eh... ¿Está Angela?
Me pregunté si mi amiga se había olvidado de nuestros planes y me achanté ante la perspectiva de volver temprano a casa.
—Claro —repuso Ben justo antes de que ella apareciera en lo alto de las escaleras y me llamara:
—¡Bella!
Ben echó un vistazo a mi alrededor cuando oímos el sonido de un coche en la carretera, pero este ruido no me asustó al no parecerse en nada al suave ronroneo del Volvo. El vehículo fue dando trompicones hasta detenerse en medio de un fuerte petardeo del tubo de escape. Ésa debía de ser la visita que Ben estaba esperando.
—Ya viene Austin —anunció Ben cuando Angela llegó a su lado.
El sonido de un bocinazo resonó en la calle.
—Te veo luego —le prometió Ben—. Ya te echo de menos.
Él pasó el brazo alrededor del cuello de Angela y la atrajo hacia abajo para ponerla a su altura y poderla besar con entusiasmo. Un segundo después, Austin hizo sonar el claxon otra vez.
—¡Adiós, Ang, te quiero! —gritó Ben mientras pasaba corriendo junto a mí.
Angela se balanceó con el rostro levemente enrojecido, pero luego se recuperó y le despidió con la mano hasta que los perdimos de vista. Entonces se volvió hacia mí y me sonrió con arrepentimiento.
—Te agradezco con toda mi alma este favor, Bella —dijo—. No sólo evitas que mis manos sufran heridas irreparables, sino que además me ahorras dos horas de una película de artes marciales sin argumento y mal doblada.
—Me encanta ser de ayuda.
Tuve menos miedo y fui capaz de respirar con más regularidad. Allí todo era muy corriente y, por extraño que parezca, los sencillos problemas humanos de Angela resultaban tranquilizadores. Era magnífico saber que la vida es normal en algún lado.
—¿Dónde está tu familia?
—Mis padres han llevado a los gemelos a un cumpleaños en Port Angeles. Aún no me creo que vayas a ayudarme en esto. Ben ha simulado una tendinitis.
Hizo una mueca.
—No me importa en absoluto —le aseguré hasta que entré en su cuarto y vi las pilas de sobres que nos esperaban—. Uf —exclamé, asombrada.
Angela se dio la vuelta para mirarme con la disculpa grabada en los ojos. Ahora entendía por qué lo había estado posponiendo y por qué Ben se había escabullido.
—Pensé que exagerabas —admití.
—¡Qué más quisiera! ¿Estás segura de querer hacerlo?
—Ponme a trabajar. Dispongo de todo el día.
Angela dividió en dos un montón y colocó la agenda de direcciones sobre el escritorio, en medio de nosotras dos. Nos concentramos en el trabajo durante un buen rato durante el que sólo se oyó el sordo rasguñar de nuestras plumas sobre el papel.
—¿Qué hace Edward esta noche? —me preguntó al cabo de unos minutos.
La punta de mi pluma se hundió en el reverso del sobre.
—Pasa el fin de semana en casa de Emmett. Se supone que van a salir de excursión.
—Lo dices como si no estuvieras segura.
Me encogí de hombros.
Eres afortunada. Edward tiene hermanos para todo eso de las acampadas y las caminatas. No sé qué haría si Ben no tuviera a Austin para todas esas cosas de chicos.
—Sí. Las actividades al aire libre no son lo mío, la verdad, y no hay forma de que yo pueda seguirle el ritmo.
Angela se rió.
—Yo también prefiero quedarme en casa.
Ella se concentró en el montón de sobres durante un minuto y yo escribí otras cuatro direcciones. Con Angela nunca sentia el apremio de tener que llenar una pausa con chachara insulsa. Al igual que Charlie, ella se sentía a gusto con el silencio, pero al igual que mi padre, en ocasiones también era demasiado observadora.
—¿Algo va mal? —inquirió, ahora en voz baja—. Pareces... ansiosa.
Sonreí avergonzada.
—¿Es tan evidente?
—En realidad, no.
Lo más probable es que estuviera mintiendo para hacerme sentir mejor.
—No tienes por qué hablar de ello a menos que te apetezca —me aseguró—. Te escucharé si crees que eso te puede ayudar.
Estuve a punto de decir: «Gracias, gracias, pero no». Después de todo, había muchos secretos que debía ocultar. Lo cierto es que yo no podía hablar de mis problemas con ningún ser humano.
Iba contra las reglas.
Y aun así, sentía el deseo repentino e irrefrenable de hacer precisamente eso. Quería hablar con una amiga normal, humana. Me apetecía quejarme un poco, como cualquier otra adolescente. Anhelaba que mis problemas fueran más sencillos. Sería estupendo contar con alguien ajeno a todo aquel embrollo de vampiros y hombres lobo para poner las cosas en su justa perspectiva. Alguien imparcial.
—Me ocuparé de mis asuntos —me prometió Angela; sonrió y volvió la mirada hacia las señas que estaba escribiendo en ese momento.
—No —repuse—, tienes razón, estoy preocupada. Se trata de... Edward.
—¿Qué ocurre?
¡Qué fácil resultaba hablar con ella! Cuando formulaba una pregunta como ésa, yo estaba segura de que no le movía la curiosidad o la búsqueda de un cotilleo, como hubiera ocurrido en el caso de Jessica. A ella le interesaba la razón de mi inquietud.
—Se ha enfadado conmigo.
—Resulta difícil de imaginar —me contestó—. ¿Por qué se ha enojado?
Suspiré.
—¿Te acuerdas de Jacob Black?
—Ah —se limitó a decir.
—Exacto.
—Está celoso.
—No, celoso no... —debería haber mantenido la boca cerrada. No había modo alguno de explicarle aquello correctamente, pero, de todos modos, quería seguir hablando. No me había percatado de lo mucho que deseaba mantener una conversación humana—. Supongo que Edward cree que Jacob es... una mala influencia para mí. Algo... peligroso. Ya sabes cuántos problemas ha tenido en estos últimos meses... Aunque todo esto es ridiculo…
Me sorprendió ver que Angela negaba con la cabeza.
—¿Qué? —quise saber.
—Bella, he visto cómo te mira Jacob Black. Apostaría a que el problema de fondo son los celos.
—No es ésa la relación que tengo con Jacob.
—Por tu parte, quizá, pero por la suya...
Fruncí el ceño.
—Él conoce mis sentimientos. Se lo he contado todo.
—Edward sólo es un ser humano, Bella, y va a reaccionar como cualquier otro chico.
Hice una mueca. No debía responder a eso. Angela me palmeó la mano.
—Lo superará.
—Eso espero. Jake está pasando momentos difíciles y me necesita.
—Tú y él sois muy amigos, ¿verdad?
—Como si fuéramos familia —admití.
—Y a Edward no le gusta él... Debe de ser duro. Me pregunto cómo manejaría Ben esa situación —se dijo en voz alta.
Esbocé una media sonrisa.
—Probablemente, como cualquier otro chico.
Ella sonrió franca.
—Probablemente.
Entonces, ella cambió de tema. Angela no era una entrometida y pareció percatarse de que yo no iba ni podía añadir nada más.
—Ayer me asignaron un colegio mayor. Es el más alejado del campus, por supuesto.
—¿Sabe Ben ya cuál le ha tocado?
—En el más cercano. Toda la suerte es para él. ¿Qué hay de ti? ¿Has decidido adonde vas a ir?
Aparté la vista mientras me concentraba en los torpes trazos de mi letra. La idea de que Ben y Angela estuvieran en la Universidad de Washington me despistó durante unos instantes. Se marcharían a Seattle en cuestión de pocos meses. ¿Sería seguro? ¿Amenazaría Edward con instalarse en otra parte? ¿Habría para entonces un nuevo lugar, otra ciudad que se estremeciera ante unos titulares de prensa propios de una película de terror?
¿Serían culpa mía algunas de esas noticias?
Intenté desterrar de mi mente esa preocupación y respondí a su pregunta un poco tarde.
—Creo que a la Universidad de Alaska, en Juneau.
—¿Alaska? ¿De veras? —percibí la nota de sorpresa en su voz—. Quiero decir... ¡Es estupendo!, sólo que imaginaba que ibas a elegir otro destino más... cálido.
Reí un poco sin apartar los ojos del sobre.
—Sí. Lo cierto es que la estancia en Forks ha cambiado mi perspectiva de la vida.
—¿Y Edward?
La mención de su nombre provocó un cosquilleo en mi estómago, pero alcé la vista y le sonreí.
—Alaska tampoco es demasiado frío para Edward.
Ella me devolvió la sonrisa.
—Por supuesto que no —luego, suspiró—. Está muy lejos. No vas a poder venir a menudo. Te echaré de menos. ¿Me escribirás algún correo?
Me abrumó una ola de contenida tristeza. Quizás era un error intimar de más con Angela ahora, pero, ¿no sería aún más triste perderse estas últimas oportunidades? Me libré de tan lúgubres pensamientos y pude responderle con malicia:
—Si es que puedo volver a escribir después de esto...
Señalé con la cabeza el montón de sobres que ya había prepado.
Nos reímos las dos, y a partir de ese momento fue más fácil cotorrear despreocupadamente sobre clases y asignaturas. Todo lo que debía hacer era no pensar en ello. De todos modos, había cosas más urgentes de las que preocuparse aquel día.
Le ayudé también a poner los sellos, pues me asustaba tener que irme.
—¿Cómo va esa mano? —inquirió.
Flexioné los dedos.
—Creo que se recuperará... algún día.
Alguien cerró de golpe la puerta de la entrada en el piso inferior. Ambas levantamos la vista del trabajo.
—¿Ang? —llamó Ben.
Traté de sonreír, pero me temblaron los labios.
—Supongo que eso da el pie a mi salida del escenario.
—No tienes por qué irte, aunque probablemente me va a describir la película con todo lujo de detalles.
—Da igual, Charlie va a preguntarse por mi paradero.
—Gracias por ayudarme.
—Lo cierto es que me lo he pasado bien. Deberíamos hacer algo parecido de vez en cuando. Es muy agradable tener un tiempo sólo para chicas.
—Sin lugar a dudas.
Sonó un leve golpeteo en la puerta del dormitorio.
—Entra, Ben —invitó Angela.
Me incorporé y me estiré.
—Hola, Bella. ¡Has sobrevivido! —me saludó Ben de pasada mientras acudía a ocupar mi lugar junto a Angela. Observó nuestra tarea—. Buen trabajo. Es una pena que no quede nada que hacer, yo habría... —dejó en suspenso la frase y el hilo de sus pensamientos para retomarlo con entusiasmo—. ¡No puedo creer que te hayas perdido esta película! Era estupenda. La secuencia final de la pelea tenía una coreografía alucinante. El tipo ese, bueno, tendrías que ir a verla para saber a qué me refiero...
Angela me miró, exasperada.
—Te veo en el instituto —me despedí, y solté una risita nerviosa.
Ella suspiró y dijo:
—Nos vemos allí.
Estaba nerviosa mientras recorría la distancia que me separaba hasta mi vehículo, pero la calle se hallaba vacía. Pasé todo el trayecto mirando con inquietud por todos los espejos sin que se viera rastro alguno del coche plateado.
Su vehículo tampoco estaba en frente de la casa, aunque eso no significaba demasiado.
—¿Bella? —me llamó Charlie en cuanto abrí la puerta de la entrada.
—Hola, papá.
Le encontré en el cuarto de estar, sentado delante de la televisión.
—Bueno, ¿qué tal ha ido el día?
—Bien —le respondí. Se lo podía contar todo, ya que enseguida iba a enterarse a través de Billy. Además, iba a hacerle feliz—. No me necesitaban en el trabajo, por lo que me he acercado a La Push.
Su rostro no reflejó sorpresa alguna. Billy y él habían estado hablando.
—¿Cómo está Jacob? —preguntó Charlie, fingiendo indiferencia.
—Perfectamente —contesté, con aire despreocupado.
—¿Has ido a casa de los Weber?
—Sí. Hemos terminado de escribir todas las direcciones en los sobres.
—Eso está bien —respondió Charlie con una ancha sonrisa. Estaba sorprendentemente concentrado, máxime si se consideraba que había un partido en juego—. Me alegro de que hoy hayas pasado unas horas con tus amigos.
—También yo.
Me fui sin prisa a la cocina en busca de un trabajo con el que sentirme ocupada. Por desgracia, Charlie ya había limpiado los platos del almuerzo. Me demoré allí durante unos minutos, contempando el brillante recuadro de luz que los rayos del sol dibujaban en el suelo, pero sabía que no podía aplazarlo de forma indefinida.
—Me subo a estudiar —anuncié con desánimo mientras me dirigia a las escaleras.
—Te veo luego —se despidió Charlie a mis espaldas.
Si sobrevivo, pensé para mis adentros.
Cerré la puerta de mi dormitorio con cuidado antes de volver mi rostro hacia el interior del dormitorio.
Él estaba allí, por supuesto, junto a la ventana, reclinado sobre la pared más alejada de mí, guarecido en las sombras. Su rostro era severo y mantenía una postura tensa. Me contempló sin despegar los labios.
Me acobardé a la espera de una diatriba verbal que no se produjo. El se limitó a seguir mirándome, es posible que demasiado enfadado para articular palabra.
—Hola —saludó al fin.
Su rostro parecía cincelado en piedra. Conté mentalmente hasta cien, pero no se produjo cambio alguno.
—Esto... Bueno, sigo viva —comencé. Brotó un bramido de su pecho, pero su expresión no se alteró—. No he sufrido ningún daño —insistí con encogimiento de hombros.
Se movió. Cerró los ojos y apretó el puente de la nariz entre los dedos de la mano derecha.
—Bella —murmuró—, ¿te haces la menor idea de lo cerca que he estado de cruzar hoy la línea y romper el tratado para ir a por ti? ¿Sabes lo que eso significa?
Proferí un grito ahogado y él abrió los párpados, dejando al descubierto unos ojos duros y fríos como la noche.
—¡No puedes hacerlo! —repliqué en voz demasiado alta. Me esforcé en controlar el volumen de mi voz a fin de que no me oyera Charlie, pero ardía en deseos de gritar cada palabra—. Lo usarían como pretexto para una lucha, estarían encantados, Edward. ¡Jamás debes romper las reglas!
—Quizá no sean los únicos que disfrutarían con el enfrentamiento.
—No empieces —le atajé bruscamente—. Alcanzasteis un acuerdo para respetarlo.
—Si él te hubiera hecho daño...
—¡Vale ya! —le corté—. No hay de qué preocuparse. Jacob no es peligroso.
—Bella... —puso los ojos en blanco—. Tú no eres precisamente la persona más adecuada para juzgar lo que es o no pernicioso.
—Sé que no he de preocuparme por Jake, ni tú tampoco.
Apretó la mandíbula con un rechinar de dientes al tiempo que los puños crispados colgaban a cada lado. Permanecía recostado contra la pared. Odié el espacio que nos separaba, por lo que...
... respiré hondo y crucé la habitación. No reaccionó cuando le rodeé con los brazos. Su piel resultaba especialmente helada en comparación con el calor de los estertores del sol vespertino que se colaba a chorros por la ventana. El también parecía glacial, gélido a su manera.
—Siento haberte preocupado —dije entre dientes.
Suspiró y se relajó un poco mientras rodeaba mi cintura con los brazos.
—«Preocupado» es quedarse corto —murmuró—. Ha sido un día muy largo.
—Se suponía que no ibas a enterarte —le recordé—. Pensé que la caza te iba a llevar más tiempo.
Alcé la vista para contemplar sus pupilas, a la defensiva, y entonces vi que estaban demasiado oscuras, algo de lo que no me había percatado con la tensión del momento. Los círculos alrededor de los ojos eran de color morado oscuro.
Fruncí el ceño con gesto de desaprobación.
—Regresé cuando Alice te vio desaparecer —me explicó.
—No deberías haberlo hecho —arrugué aún más el ceño—. Ahora vas a tener que irte otra vez.
—Puedo esperar.
—Eso es ridículo, es decir, sé que ella no puede verme con Jacob, pero tú deberías haber sabido...
—Pero no lo sé —me interrumpió—, y no puedes esperar de mí que te deje...
—Oh, sí, claro que puedo —le detuve—. Eso es exactamente lo que espero...
—No volverá a suceder.
—¡Eso es verdad! La próxima vez no vas a reaccionar de forma exagerada...
—...porque no va a haber próxima vez...
—Comprendo tus ausencias, aunque no sean de mi agrado.
—No es lo mismo. Yo no arriesgo mi vida.
—Tampoco yo.
—Los hombres lobo suponen un riesgo.
—Discrepo.
—No estoy negociando, Bella.
—Yo tampoco.
Volvió a cerrar las manos. Sentí sus puños en la espalda.
—¿De verdad que todo esto es por mi seguridad? —las palabras se me escaparon sin pensar.
—¿A qué te refieres? —inquirió.
—Tú no estás... —ahora, la teoría de Angela parecía más estúpida. Me resultaba difícil concluir la frase—. Quiero decir, me conoces lo bastante bien para no tener celos, ¿a que sí?
Enarqué una ceja.
—¿Debería tenerlos?
—No te lo tomes a broma.
—Eso es fácil. No hay nada remotamente gracioso en todo este lío.
Fruncí el ceño con recelo.
—¿O hay algo más? No sé, alguna de esas tonterías del tipo «los vampiros y los licántropos son siempre enemigos». Si esto es fruto de la testosterona...
Sus ojos flamearon.
—Esto es sólo por ti. No me preocupa más que tu seguridad.
No dudé al ver las ascuas de sus ojos.
—De acuerdo —suspiré—. Lo creo, pero quiero que sepas algo. Me quedaré fuera cuando se produzcan situaciones ridiculas en lo referido a vuestra enemistad. Soy un país neutral. Soy Suiza. Me niego a verme afectada por disputas territoriales entre criaturas míticas. Jacob es familia mía. Tú eres... Bueno, no exactamente el amor de mi vida, porque espero poder quererte por mucho más tiempo que eso... El amor de mi existencia. Me da igual quién es un vampiro y quién un hombre lobo. Si Angela se convirtiera en una bruja, ella también formaría parte del grupo...
Me miró con ojos entrecerrados.
—Suiza —repetí de nuevo con énfasis.
Me hizo una mueca, pero luego suspiró.
—Bella... —comenzó, pero se detuvo y torció la nariz con desagrado.
—¿Qué pasa ahora?
—Bueno, no te ofendas, pero hueles como un perro... —me dijo.
Luego, esbozó una de esas sonrisas torcidas tan propias de él, por lo que supe que la pelea se había terminado. Por el momento.
Edward tuvo que recuperar la expedición de caza que se había saltado, por lo que se ausentó el viernes por la noche con Jasper, Emmett y Carlisle a una reserva en el norte de California que tenía problemas con un puma.
No habíamos llegado a ningún acuerdo en el asunto de los hombres lobo, pero no sentí ningún remordimiento por telefonear a Jake durante el breve intervalo en el que Edward llevaba el Volvo a casa, antes de regresar a mi cuarto por la ventana, para decirle que iba a pasarme por allí de nuevo el sábado. No pensaba marcharme a hurtadillas. Edward conocía mi forma de pensar y haría que Jacob me recogiera si él volvía a estropearme el coche. Forks era neutral, como Suiza y como yo.
Por eso, no sospeché cuando Alice, en vez Edward, me esperaba en el Volvo a la salida del trabajo. La puerta del copiloto estaba abierta y una música desconocida para mí sacudía el marco cada vez que sonaban los contrabajos.
—Hola, Alice —grité para hacerme oír mientras entraba—. ¿Dónde está tu hermano?
Ella coreaba la canción una octava más alta que la melodía con la que se entretejía hasta lograr una intrincada armonía. Me hizo un asentimiento, ignorando mi pregunta mientras se concentraba en la música.
Cerré la puerta de un portazo y me puse las manos sobre los oídos. Ella me sonrió y redujo el volumen hasta limitarlo al nivel de la música ambiente. Echó los seguros y metió gas al coche al mismo tiempo.
—¿Qué es lo que pasa? —pregunté; empezaba a sentirme inquieta—. ¿Dónde está Edward?
Se encogió de hombros.
—Se marcharon a primera hora.
—Vaya.
Intenté controlar el absurdo sentimiento de decepción. Si ha salido temprano, antes volverá, me obligué a recordar.
—Todos los chicos se han ido, así que ¡tendremos una fiesta de pijamas! —anunció con voz cantarína.
—¿Una fiesta de pijamas? —repetí.
La sospecha finalmente cobró forma.
—¿No te hace ilusión? —gorjeó.
Mis ojos se encontraron con los suyos, muy animados, durante un largo instante.
—Me estás raptando, ¿verdad?
Ella se echó a reír y asintió.
—Hasta el sábado. Esme lo arregló con Charlie. Vas a quedarte conmigo dos noches. Mañana yo te llevaré y te recogeré del colegio.
Me volví hacia la ventanilla con un rechinar de dientes.
—Lo siento —se disculpó Alice sin el menor asomo de arrepentimiento—. Me pagó.
—¿Con qué?
—El Porsche. Es exactamente igual al que robé en Italia —suspiró satisfecha—. No puedo conducirlo por Forks, pero ¿qué te parece si comprobamos cuánto tiempo tarda en llegar a Los Ángeles. Apuesto a que podemos estar de vuelta a medianoche.
Suspiré hondo.
—Me parece que paso.
Suspiré al tiempo que reprimía un estremecimiento.
Aunque siempre más deprisa de la cuenta, fuimos reduciendo paulatinamente la velocidad. Alice dio la vuelta al garaje. Eché un vistazo rápido a los coches. Allí estaba el enorme Jeep de Emmett a su lado el Porsche de brillante color amarillo, como el plumaje de un canario, entre aquél y el descapotable rojo de Rosalie.
Alice salió de un grácil brinco y se acercó para acariciar con la mano cuan largo era su soborno.
—Es demasiado, ¿a que sí?
—Demasiado se queda corto —refunfuñé, incrédula—.. ¿Te lo ha regalado por retenerme dos días como rehén? —Alice hizo un mohín. Un segundo después lo comprendí todo y jadeé a causa del pánico—. Es por todas las veces que Edward se ausente, ¿verdad?
Ella asintió.
Cerré de un portazo y me dirigí pisando fuerte hacia la casa. Ella danzó a mi lado, aún sin dar muestras de remordimiento.
—¿No te parece que se está pasando de controlador? ¿No es quizás incluso un poquito psicótico?
—La verdad es que no —hizo un gesto desdeñoso—. No pareces entender hasta qué punto puede ser peligroso un hombre lobo joven. Sobre todo cuando yo no los puedo ver y Edward no tiene forma de saber si estás a salvo. No deberías ser tan imprudente.
—Sí —repuse con mordacidad—, ya que una fiesta de pijamas con vampiros es el culmen de un comportamiento consciente y seguro.
Alice se echó a reír.
—Te haré la pedicura y todo —me prometió.
No estaba tan mal, excepto por el hecho de que me retenían contra mi voluntad. Esme compró comida italiana de la buena traída directamente de Port Angeles y Alice preparó mis películas favoritas. Estaba allí incluso Rosalie, callada y en un segundo plano. Alice insistió en lo de arreglarme los pies hasta el punto de que me pregunté si no estaría trabajando conforme a una lista de tareas confeccionada a partir de la visión de las horribles comedias de la tele.
—¿Hasta qué hora quieres quedarte levantada? —me preguntó cuando las uñas de mis pies estuvieron de un reluciente color rojo sangre. Mi mal humor no afectó a su entusiasmo.
—No quiero quedarme levantada. Mañana tenemos instituto.
Ella hizo un mohín.
—De todos modos, ¿dónde voy a dormir? —evalué el sofá con la mirada. Era algo pequeño—. ¿No podéis limitaros a mantenerme vigilada en mi casa?
—En tal caso, ¿qué clase de fiesta de pijamas iba a ser? —Alice sacudió la cabeza con exasperación—. Vas a acostarte en la habitación de Edward.
Suspiré. Su sofá de cuero negro era más grande que aquél. De hecho, lo más probable era que la alfombra dorada de su dormitorio tuviera el grosor suficiente para convertirse en un lecho excelente.
—¿No puedo ir al menos a casa a recoger mis cosas?
Ella sonrió.
—Ya nos hemos ocupado de eso.
—¿Tengo permiso para llamar por teléfono?
—Charlie sabe dónde estás.
—No voy a telefonearle a él —torcí el gesto—. Al parecer, he de cancelar ciertos planes.
—Ah —ella caviló al respecto—. No estoy del todo segura...
—¡Alice! —me quejé a voz en grito—. ¡Vamos!
—Vale, vale —accedió mientras revoloteaba por la estancia. Regresó en menos de medio segundo con un móvil en la mano—. ÉI no me lo ha prohibido específicamente... —murmuró para sí mientras me entregaba el teléfono.
Marqué el número de Jacob con la esperanza de que no hubiera salido con sus amigos aquella noche. Estuve de suerte y fue él quien respondió.
—¿Diga?
—Hola, Jake, soy yo.
Alice me observó con ojos inexpresivos durante un segundo antes de darse la vuelta e ir a sentarse en el sofá entre Rosalie y Esme.
—Hola, Bella —respondió, súbitamente alerta—. ¿Qué ocurre?
—Nada bueno. Después de todo, no voy a poder ir el sábado, Jacob permaneció en silencio durante un minuto.
—Estúpido chupasangres —murmuró al final—. Pensé que se había ido. ¿No puedes vivir tu vida durante sus ausencias o es que te ha encerrado en un ataúd? —me carcajeé—. A mí no me parece divertido.
—Me reía porque no le falta mucho —le aclaré—, pero estará aquí el sábado, por lo que eso no importa.
—Entonces, ¿va a alimentarse aquí, en Forks? —inquirió Jacob de forma cortante.
—No —no le dejé ver lo enfadada que estaba con Edward, y mi enojo no era menor al de Jacob—. Salió de madrugada.
—Ah. Bueno, ¡eh!, entonces, pásate por casa —repuso con repentino entusiasmo—. Aún no es tarde, o yo me pasaré por la de Charlie.
—Me gustaría, pero no estoy allí —le expliqué con acritud—. Soy una especie de prisionera.
Permaneció callado mientras lo asimilaba; luego, gruñó.
—Iremos a por ti —me prometió con voz monocorde, pasando automáticamente al plural.
Un escalofrío corrió por mi espalda, pero respondí con tono ligero y bromista.
—Um. Es... tentador. Que sepas que me han torturado... Alice me ha pintado las uñas.
—Hablo en serio.
—No lo hagas. Sólo pretenden mantenerme a salvo.
Volvió a gruñir.
—Sé que es una necedad, pero son buena gente.
—¿Buena gente? —se mofó.
—Lamento lo del sábado —me disculpé—. Bueno, he de irme a la cama —el sofá, rectifiqué en mi fuero interno—. Pero volveré a llamarte pronto.
—¿Estás segura de que te van a dejar salir? —me preguntó mordaz.
—No del todo —suspiré—. Buenas noches, Jalee.
—Ya nos veremos por ahí.
De pronto, Alice estaba a mi lado y tendía la mano para recuperar el móvil, pero yo ya estaba marcando otro número. Ella lo identificó y me avisó:
—Dudo que lleve el teléfono encima.
—Voy a dejarle un mensaje.
El teléfono sonó cuatro veces, seguidas de un pitido. No le saludé.
—Estás metido en un lío —dije despacio, enfatizando cada palabra—, en uno bien grande. La próxima vez, los osos pardos enfadados te van a parecer oseznos domados en comparación con lo que te espera en casa.
Cerré la tapa del móvil y lo deposité en la mano tendida de Alice.
—He terminado.
Ella sonrió burlona.
—Esto del secuestro es divertido.
—Ahora me voy a dormir —anuncié mientras me dirigía a las escaleras.
Alice se pegó a mis pasos. Suspiré.
—Alice, no voy a fisgar ni a escabullirme. Si estuviera planeando eso, tú lo sabrías y me atraparías en el caso de que lo intentara.
—Sólo voy a enseñarte dónde está cada cosa —repuso con aire inocente.
La habitación de Edward se hallaba en el extremo más alejado del pasillo del tercer piso y resultaba difícil perderse incluso aunque hubiera estado menos familiarizada con la casa, pero me detuve confusa cuando encendí la luz. ¿Me había equivocado de puerta?
Alice soltó una risita.
Enseguida comprendí que se trataba de la misma habitación, sólo habían reubicado el mobiliario. El sofá se hallaba en la pared norte y habían corrido levemente el estéreo hacia los estantes repletos de CDs para hacer espacio a la colosal cama que ahora dominaba el espacio central.
La pared sur de vidrio reflejaba la escena de detrás como si fuera un espejo, haciendo que todo pareciera doblemente peor.
Encajaba. El cobertor era de un dorado apagado, apenas más claro que las paredes. El bastidor era negro, hecho de hierro forjado y con un intrincado diseño. Mi pijama estaba cuidadosamente doblado al pie de la cama y a un lado descansaba el neceser con mis artículos de aseo.
—¿Qué rayos es esto? —farfullé.
—No ibas a creer de veras que te iba a hacer dormir en un sofa, ¿verdad?
Mascullé de forma ininteligible mientras me adelantaba para tomar mis cosas de la cama.
—Te daré un poco de intimidad —Alice se rió—. Te veré mañana.
Después de cepillarme los dientes y ponerme el pijama, aferré una hinchada almohada de plumas y la saqué del lecho para luego arrastrar el cobertor dorado hasta el sofá. Sabía que me estaba comportando como una tonta, pero no me preocupaba. Eso de Porsches como sobornos y camas de matrimonio en casas donde nadie dormía se pasaba de castaño oscuro. Apagué las luces y me aovillé en el sofá, preguntándome si no estaría demasiado enfadada como para conciliar el sueño.
En la oscuridad, la pared de vidrio dejó de ser un espejo negro que producía la sensación de duplicar el tamaño de la habitación En el exterior, la luz de luna iluminó las nubes. Cuando mis ojos se acostumbraron, vi la difusa luminosidad que remarcaba las copas de los árboles y arrancaba reflejos a un meandro del río. Observé la luz plateada a la espera de que me pesaran los párpados
Hubo un leve golpeteo de nudillos en la puerta.
—¿Qué pasa, Alice? —bisbiseé.
Estaba a la defensiva, pues ya imaginaba su diversión en cuanto viera mi improvisado camastro.
—Soy yo —susurró Rosalie mientras entreabría la puerta lo su ficiente para que pudiera ver su rostro perfecto a la luz del resplandor plateado—. ¿Puedo pasar?
Capítulo 5: Imprimación
—¿Te encuentras bien, Jake? Charlie dijo que lo habías pasado mal. ¿No has mejorado nada?
—No estoy tan mal —contestó.
Rodeó mi mano con la suya, pero evitó mi mirada. Anduvo despacio de vuelta a la plataforma de madera flotante sin apartar la vista de los colores cristalinos del arco iris, empujándome suavemente para mantenerme a su lado. Me senté de nuevo en nuestro árbol, pero él se repantigó sobre el húmedo suelo rocoso en vez de acomodarse junto a mí. Me pregunté si lo haría para poder hurtar el rostro a mis ojos con más facilidad. No me soltó la mano.
Comencé a parlotear para llenar el silencio.
—Ha pasado mucho tiempo desde que estuve aquí. Probablemente, me habré perdido un montón de cosas. ¿Cómo están Sam y Emily? ¿Y Embry? ¿Cómo se tomó Quil...?
Me interrumpí a mitad de frase al recordar que el amigo de Jacob era un tema espinoso.
—Ah, Quil —Jacob suspiró.
Entonces, había sucedido: Quil debía de haberse incorporado a la manada.
—Lo siento —me disculpé entre dientes.
—No se te ocurra decirle eso a él —gruñó Jacob, para mi sorpresa.
—¿Qué quieres decir?
—Quil no busca compasión, más bien todo lo contrario. Está que no cabe en sí de gozo. Es feliz.
No vi sentido alguno a aquello. Todos los demás licántropos se habían entristecido ante la perspectiva de que sus amigos compartieran su destino.
—¿Qué?
|acob ladeó la cabeza y la echó hacia atrás para mirarme. Esbozó una sonrisa y puso los ojos en blanco.
—Él considera que esto es lo más guay que le ha pasado nunca. En parte se debe a que al fin sabe de qué va la película, pero tambien le entusiasma haber recuperado a sus amigos y estar en la onda —Jacob bufó—. Supongo que no debería sorprenderme, es muy propio de él.
—¿Le gusta?
—¿La verdad...? A casi todos les gusta —admitió Jacob con voz pausada—. No hay duda de que tiene ciertas ventajas: la velocidad, la libertad, la fuerza, el sentido de... familia. Sam y yo somos los únicos que sentimos una verdadera amargura, y él hizo el transito hace mucho, por lo que ahora soy el único «quejica».
Mi amigo se rió de sí mismo.
—¿Por qué Sam y tú sois diferentes? En todo caso, ¿qué le ocurre a Sam? ¿Cuál es su problema?
Eran demasiadas las cosas que yo quería saber y formulé las preguntas demasiado seguidas, sin darle espacio para que las respondiera. Jacob volvió a reírse.
—Es una larga historia.
—Yo te he contado otra bastante larga. Además, no tengo ninguna prisa en regresar —le contesté al tiempo que hacía una mueca cuando pensé en el lío en que me iba a meter cuando volviera.
Él alzó los ojos de inmediato al percatarse del doble sentido de mis palabras.
—¿Se va a enfadar contigo?
—Sí —admití—. No soporta que haga cosas que considera... arriesgadas.
—¿Como andar por ahí con licántropos?
—Exacto.
Jacob se encogió de hombros.
—No vuelvas entonces. Quédate y dormiré en el sofá.
—¡Qué gran idea! —rezongué con ironía—. En tal caso, vendrá a buscarme.
Mi amigo se envaró y esbozó una sonrisa torva.
—¿Lo haría?
—Si temiera encontrarme herida o algo similar..., probablemente.
—La perspectiva de que te quedes cada vez me gusta más.
—Jacob, por favor, sabes que eso me reconcome de verdad.
—¿El qué?
—¡Que os podáis matar el uno al otro! —protesté—. Me vuelve loca. ¿Por qué no podéis comportaros de forma civilizada?
—¿Está dispuesto a matarme? —preguntó él con gesto huraño, haciendo caso omiso a mi ira.
—No tanto como pareces estarlo tú —me percaté de que le estaba chillando—. Al menos, él es capaz de comportarse como un adulto en este tema. Sabe que me lastima a mí al herirte a ti, por lo que nunca lo haría. ¡Eso no parece preocuparte en absoluto!
—Claro, por supuesto —musitó él—. Estoy convencido de que es todo un pacifista.
—¡Vale!
Di un tirón para retirar mi mano de la suya y aparté su cabeza de mi lado. Luego, recogí las piernas contra el pecho y las abarqué con los brazos lo más fuerte posible.
Lancé una mirada fulminante al horizonte. Echaba chispas.
Jacob permaneció inmóvil durante unos minutos y al final se levantó del suelo para sentarse a mi lado y me pasó el brazo por los hombros.
—Lo siento —se disculpó con un hilo de voz—. Intentaré comportarme.
No le respondí.
—¿Aún quieres saber lo de Sam? —me propuso.
Me encogí de hombros.
—Es una larga historia, como te dije, y también muy extraña. Esta nueva vida tiene demasiadas cosas raras y no he dispuesto de tiempo para contarte ni la mitad; la relativa a Sam..., bueno, no se siquiera si voy a poder explicarlo correctamente.
Sus palabras me picaron la curiosidad a pesar de mi enfado.
—Te escucho —repuse con frialdad.
Atisbé de reojo su boca; al sonreír, curvó hacia arriba la comisura de sus labios.
—Fue mucho más duro para Sam que para los demás, ya que al ser el primero, estaba solo, y no había nadie que le explicara lo que sucedía. Su abuelo murió antes de que él naciera y su padre siempre estaba ausente, por lo que no había persona alguna capaz de reconocer los síntomas. La primera vez que se transformó llegó a pensar que había enloquecido. Pasaron dos semanas antes de que se calmara lo suficiente para volver a su estado anterior.
»No puedes acordarte de esto porque acaeció antes de que vinieras a Forks. La madre de Sam y Leah Clearwater movilizaron a los guardabosques y a la policía para la búsqueda. Se pensaba que había sufrido un accidente o algo por el estilo...
—¿Leah? —inquirí, sorprendida. Leah era la hija de Harry y la mención de su nombre me abrumó de piedad. Harry Clearwater, el amigo de toda la vida de Charlie, había muerto de un ataque al corazón la primavera pasada.
La voz de mi amigo cambió, se endureció.
—Sí. Ella y Sam fueron novios en el colegio. Empezaron a s.i lir cuando él era un novato. Leah se puso como una loca cuan do él desapareció.
—Pero él y Emily...
—Ya llegaremos a eso... Forma parte de la historia —me atajó. Inspiró muy despacio y luego espiró de golpe.
Suponía que era estúpido por mi parte pensar que Sam no había amado a otra mujer que no fuera Emily. La mayoría de la gente se enamora muchas veces a lo largo de la vida. Era sólo que, tras verlos juntos, no podía imaginármelos con otra persona. La forma en que él la miraba, bueno, me recordaba a las pupilas de Edward cuando me observaba.
—Sam volvió después de su transformación —prosiguió—, pero no podía revelar a nadie su paradero durante aquella ausencia y se dispararon los rumores, la mayoría decía que no había estado en ningún sitio bueno. Una tarde, Sam entró corriendo en casa y se encontró por casualidad al Viejo Quil Ateara, el abuelo de Quil, que había ido a visitar a la señora Uley. Al anciano estuvo a punto de darle una apoplejía cuando Sam le estrechó la mano.
Mi amigo interrumpió la historia y se echó a reír.
—¿Por qué?
Jacob puso la mano en mi mejilla y me giró el rostro para que le mirase. Se había inclinado sobre mí y tenía el semblante a escasos centímetros del mío. La palma de su mano me quemaba la piel, como cuando tenía fiebre.
—De acuerdo —repuse. Resultaba incómodo tener su cara a tan escasa distancia y su mano sobre mi piel—. A Sam le había subido la temperatura.
Jacob rió una vez más.
Tocar la mano de Sam era como ponerla encima de un radiador.
Le tenía tan cerca de mí que podía sentir el roce de su aliento. Alcé el rostro con tranquilidad y aparté su mano, pero ensortijé mis dedos entre los suyos a fin de no herir sus sentimientos.
Sonrió y se echó hacia atrás, desalentado por mi pretendida despreocupación.
—Entonces, Ateara acudió enseguida a los ancianos —continuo Jacob—, pues eran los únicos que aún recordaban, los que sabían. De hecho, el señor Ateara, Billy y Harry habían visto transformarse a sus abuelos. Cuando el Viejo Quil habló con ellos, los ancianos se reunieron en secreto con Sam y se lo explicaron todo.
»Resultó más fácil cuando lo comprendió y al fin dejó de estar solo. Ellos eran conscientes de que, aunque ningún otro joven era lo bastante mayor, él no iba a ser el único en verse afectado por el regreso de los Cullen —Jacob pronunció el apellido de sus enemigos con involuntario resentimiento—. De ese modo, Sam esperó hasta que los demás nos uniéramos a él...
—Los Cullen no tenían ni idea —repuse en un susurro—. Ni siquiera creían que aún hubiera hombres lobo en la zona. Ignoraban que su llegada os iba a cambiar.
—Eso no altera el hecho de que lo hicieran.
—Recuérdame que no te tome ojeriza.
—¿Crees que puedo mostrar la misma indulgencia que tú? No todos podemos ser santos ni mártires.
—Crece, Jacob.
—Qué más quisiera yo —masculló en voz baja.
Le estudié con la mirada mientras intentaba descubrir el significado de su respuesta.
—¿Qué?
Él se rió entre dientes.
—Es una de las peculiaridades que te comenté...
—No... ¿No puedes crecer...? —le miré, aún sin comprender—. ¿Es eso? ¿No envejeces...? ¿Es un chiste?
—No —frunció los labios al pronunciar la o.
Sentí que la sangre me huía del rostro y se me llenaron los ojos de lágrimas de rabia. Apreté los dientes, que rechinaron de forma ostensible.
—¿Qué he dicho, Bella?
Volví a ponerme de pie con los puños apretados y el cuerpo tembloroso.
—Tú... no... envejeces —mascullé entre dientes.
Jacob me puso la mano en el hombro y me atrajo con delicadeza en un intento de hacerme sentar.
—Ninguno de nosotros se avejenta. ¿Qué rayos te pasa?
—¿Es que soy la única que se va a convertir en una vieja? —estaba hablando a gritos mientras manoteaba en el aire. Una minúscula parte de mí era consciente de que hacía el ridículo, pero mi lado racional se veía ampliamente superado por el irracional—. ¡Maldita sea! ¿En qué clase de mundo vivimos? ¡No es justo!
—Tranquilízate, Bella.
—Cierra la boca, Jacob. Tú, ¡cierra la boca! ¡Esto es muy injusto!
—¿De verdad pegas patadas en el suelo? Creía que eso sólo lo hacían las chicas en la tele.
Emití un gruñido patético.
—No es tan malo como te crees. Siéntate y te lo explico.
—Prefiero quedarme de pie.
Puso los ojos en blanco.
—Vale, como gustes, pero atiende... Envejeceré... algún día.
—Aclárame eso.
El palmeó el árbol. Le fulminé con la mirada durante unos segundos, pero luego me senté. Mi malhumor se desvaneció con la misma rapidez con la que había llegado y me calmé lo bastante para comprender que yo misma me estaba poniendo en ridículo.
—Cuando obtengamos el suficiente control para dejarlo... —empezó Jacob—. Volveremos a envejecer cuando dejemos de transformarnos durante un largo periodo. No va a ser fácil —sacudió la cabeza, repentinamente dubitativo—. Vamos a necesitar mucho tiempo para obtener semejante dominio, o eso creo. Ni siquiera Sam lo tiene aún. Por supuesto, la presencia de un enorme aquelarre de vampiros ahí arriba, al otro lado de la ladera, no es de mucha ayuda. Ni se nos pasa por la cabeza la bússqueda de ese autodominio cuando la tribu necesita protectores, pero no hace falta que te preocupes sin necesidad porque, físicamente al menos, ya soy mayor que tú.
—¿A qué te refieres?
—Mírame, Bella. ¿Aparento dieciséis años?
Contemplé su colosal cuerpo de arriba abajo con plena objetifidad y admití:
—No exactamente.
—No del todo... aún. Nos habremos desarrollado por completo dentro de pocos meses, cuando se activen nuestros genes de licantropos. Voy a pegar un buen estirón —torció el gesto—. Fínicamente, voy a aparentar alrededor de unos veinticinco, o algo asi... Ya no vas a poder ponerte histérica por ser mayor que yo durante al menos otros siete años.
«Unos veinticinco, o algo así». Me armé un lío ante esa perspectiva, pero yo recordaba el estirón anterior de mi amigo, recordaba haberle visto crecer y adquirir corpulencia. Me acordaba de que cada día tenía un aspecto diferente al anterior. Meneé la cabeza, presa del vértigo.
—Bueno, ¿quieres oír la historia de Sam o prefieres seguir pegando gritos por cosas que no comprendo?
Respiré hondo.
—Disculpa. No me gustan los comentarios relativos a la edad. Es como poner el dedo en la llaga.
Jacob entrecerró los ojos. Tenía el aspecto de quien piensa el modo de contar algo.
Dado que no deseaba hablar del asunto verdaderamente delicado, mis planes para el futuro, ni de los tratados que esos planes podrían romper, le apunté para ayudarle a empezar con la historia.
—Dijiste que a Sam todo le resultó más fácil una vez que comprendió su situación tras su encuentro con Billy, Harry y el señor Ateara. También me has contado que la licantropía tiene sus cosas buenas... —vacilé durante unos instantes—. Entonces, ¿por qué Sam las aborrece tanto? ¿Por qué le gustaría que yo las detestara?
Jacob suspiró.
—Eso es lo más extraño.
—Bueno, yo estoy a favor de lo raro.
—Sí, lo sé —me dedicó una sonrisa burlona—. Bueno, tienes razón, una vez que Sam estuvo al tanto de lo que ocurría, todo recuperó casi la normalidad y su vida volvió a ser la de siempre, bueno, quizá no llevó una existencia normal, pero sí mejor —la expresión de Jacob se tensó como si tuviera que abordar la narración de algún momento doloroso—. Sam no podía decírselo a Leah. Se supone que no debemos revelárselo a nadie inadecuado y él se ponía en peligro al permanecer cerca de su amada. Por eso la engañaba, como hice yo contigo. Leah se enfadaba cuando él no le contaba dónde había estado ni adonde iba de noche ni por qué estaba tan fatigado, pero a su manera se entendieron, lo intentaron. Se amaban de verdad.
—¿Ella lo descubrió? ¿Fue eso lo que ocurrió?
Él negó con la cabeza.
No, ése no fue el problema. Un fin de semana, Emily Young vino de la reserva de los makah para visitar a su prima Leah.
—¿Emily es prima de Leah? —pregunté con voz entrecortada.
—Son primas segundas, aunque cercanas. De pequeñas, parecian hermanas.
—Es... espantoso... ¿Cómo pudo Sam...? —mi voz se fue apagando mientras continuaba sacudiendo la cabeza.
—No le juzgues aún. ¿Te ha hablado alguien de...? ¿Has oído hablar de la imprimación?
—¿Imprimación? —repetí esa expresión tan poco familiar—. lo, ¿qué significa?
Es una de esas cosas singulares con las que nos las tenemos que ver, aunque no le suceden a todo el mundo. De hecho, es la excepción, no la regla. Por aquel entonces, Sam ya había oído todas las historias que solíamos tomar como leyendas y sabía en qué consistía, pero ni en sueños...
—¿Qué es? —le azucé.
La mirada de Jacob se ensimismó en la inmensidad del océano.
—Sam amaba a Leah, pero no le importó nada en cuanto vio a Emily. A veces, sin que sepamos exactamente la razón, encontramos de ese modo a nuestras parejas —sus ojos volvieron a mirarme de forma fugaz mientras se ponía colorado—. Me refiero a nuestras almas gemelas.
—¿De qué modo? ¿Amor a primera vista? —me burlé.
Él no sonreía y en sus ojos oscuros leí una crítica a mi reacción.
—Es un poquito más fuerte que eso. Más... contundente.
—Perdón —murmuré—. Lo dices en serio, ¿verdad?
—Así es.
—¿Amor a primera vista pero con mayor fuerza? —había aún una nota de incredulidad en mi voz, y él podía percibirla.
—No es fácil de explicar. De todos modos, tampoco importa —se encogió de hombros—. Querías saber qué sucedió para que Sam odiara a los vampiros porque su presencia le transformó e hizo que se detestara a sí mismo. Pues eso fue lo que le sucedió, que le rompió el corazón a Leah. Quebrantó todas las promesas que le había hecho. Sam ha de ver la acusación en los ojos de Leah todos los días con la certeza de que ella tiene razón.
Enmudeció de forma abrupta, como si hubiera hablado más de la cuenta.
—¿Cómo maneja Emily esa situación estando como estaba tan cercana a Leah...?
Sam y Emily estaban hechos el uno para el otro, eran dos piezas perfectamente compenetradas, formadas para encajar la una en la otra. Aun así, ¿cómo lograba Emily superar el hecho de que su amado hubiera pertenecido a otra, una mujer que había sido casi su hermana?
—Se enfadó mucho en un primer momento, pero es difícil resistirse a ese nivel de compromiso y adoración —Jacob suspiró—. Entonces, Sam pudo contárselo todo. Ninguna regla te ata cuando encuentras a tu media naranja. ¿Sabes cómo resultó herida Emily?
—Sí.
La historia oficial en Forks era que la había atacado y herido un oso, pero yo estaba al tanto del secreto.
«Los licántropos son inestables», había dicho Edward. «La gente que está cerca de ellos termina herida.»
—Bueno, por extraño que pueda parecer, fue la solución a todos los problemas. Sam estaba tan horrorizado y sentía tanto desprecio hacia sí mismo, tanto odio por lo que había hecho, que se habría lanzado bajo las ruedas de un autobús si eso le hubiera hecho sentir mejor. Y lo podía haber hecho sólo para escapar de sus actos. Estaba desolado... Entonces, sin saber muy bien cómo, ella le reconfortó a él, y después de eso...
Jacob no verbalizó el hilo de sus pensamientos, pero sentí que la historia tenía un cariz demasiado personal como para compartirlo.
—Pobre Emily —dije en cuchicheos—. Pobre Sam. Pobre Leah…
—Sí, Leah fue la peor parada —coincidió él—. Le echa valor. Va a ser la dama de honor.
Contemplé con fijeza la silueta recortada de las rocas que emergian del océano como dedos en los bordes del malecón sur; entretanto, intentaba encontrarle sentido a todo aquello sin que él apartara los ojos de mi rostro, a la espera de que yo dijera algo.
—¿Te ha pasado a ti eso del amor a primera vista? —inquirí al fin, sin desviar la vista del horizonte.
—No —replicó con viveza—. Sólo les ha sucedido a Sam y Jared.
—Um —contesté mientras fingía un interés muy pequeño, deterrminado por la cortesía; pero me quedé aliviada.
Intenté explicar semejante reacción en mi fuero interno. Resolví que me alegraba de que Jacob no afirmara la existencia de alguna mística conexión lobezna entre nosotros dos. Nuestra relación ya era bastante confusa en su estado actual. No necesitaba ningún otro elemento sobrenatural añadido a los que ya debía atender.
Él permanecía callado, y el silencio resultaba un poco incómodo. La intuición me decía que no quería oír lo que estaba pensando, y para romper su mutismo, pregunté:
—¿Qué tal le fue a Jared?
—Sin nada digno de mención. Se trataba de su compañera de pupitre. Se había sentado a su lado un año y no la había mirado dos veces. Entonces, de pronto, él cambió, la volvió a mirar y ya no apartó los ojos. Kim quedó encantada, ya que estaba loca por él. En su diario, había enlazado el apellido de Jared al de ella por todas partes.
Se carcajeó con sorna.
—¿Te lo dijo Jared? No debió hacerlo.
Jacob se mordió el labio.
—Supongo que no debería reírme, aunque es divertido.
—Menuda alma gemela.
El suspiró.
—Jared no me comentó nada de eso a sabiendas. Ya te lo he explicado, ¿te acuerdas?
—Ah, sí, sois capaces de oír los pensamientos de los demás miembros de la manada, pero sólo cuando sois lobos, ¿no es así?
—Exacto. Igual que tu chupasangres —torció el gesto.
—Edward —le corregí.
—Vale, vale. Por eso es por lo que sé tanto acerca de los sentimientos de Sam. No es igual que si él nos lo hubiera contado todo de haber podido elegir. De hecho, es algo que todos odiamos —de pronto, su voz se cargó de amargura—. No tener privacidad ni secretos es atroz. Todo lo que te avergüenza queda expuesto para que todos lo vean.
Se encogió de hombros.
—Tiene pinta de ser algo espantoso —murmuré.
—Resulta útil cuando hemos de coordinarnos —repuso a regañadientes—, una vez de higos a brevas. Lo de Laurent fue divertido. Y si los Cullen no se hubieran interpuesto en nuestro camino este último sábado... ¡Ay! —refunfuñó—. ¡Podíamos haberla alcanzado!
Apretó los puños con rabia.
Me estremecí. Por mucho que me preocupara que Jasper o Emmett resultasen heridos, no era nada en comparación con el pánico que me entró sólo de pensar en que Jacob se lanzase contra Victoria. Emmet y Jasper eran lo más cercano que yo podía imaginar a dos seres indestructibles, pero él seguía siendo una criatura de sangre caliente y en comparación, aún era un humano, un mortal. La idea de que Jacob se enfrentara a Victoria, con su destellante melena alborotada alrededor de aquel rostro extrañamente felino, me hizo estremecer.
Jacob alzó los ojos y me estudió con gesto de curiosidad.
—Pero, de todos modos, ¿no te sucede eso todo el tiempo? ¿No te lee Edward el pensamiento?
—Oh, no, nunca entra en mi mente. Aunque ya le gustaría.
La expresión de su rostro reflejó perplejidad.
—No puede leerme la mente —le expliqué con una pequeña mitad de petulancia en la voz, fruto de la costumbre—. Soy la única excepción, pero ignoramos el motivo.
—¡Qué raro! —comentó Jacob.
—Sí —la suficiencia desapareció—. Probablemente, eso significa que me falta algún que otro tornillo —admití.
—Siempre supe que no andabas bien de la cabeza —murmuró él.
—Gracias.
De pronto, los rayos del sol se abrieron paso entre las nubes y tuve que entornar los ojos para no quedar cegada por el resplandor del mar. Todo cambió de color: las aguas pasaron del gris al azul; los árboles de un apagado verde oliva a un chispeante tono jade; los guijarros relucían como joyas con todos los colores del arco iris.
Parpadeamos durante unos instantes para ganar tiempo hasta que nuestras pupilas se habituaran al aumento de luminosidad. Sólo se escuchaba el apagado rugir de las olas, que retumbaban por los cuatro lados del malecón, el suave crujido de las rocas al entrechocar entre sí bajo el empuje del océano y los chillidos de las gaviotas en el cielo. Era muy tranquilo.
Jacob se acomodó más cerca de mí, tanto que se apoyó contra mi brazo y, como estaba ardiendo, al minuto siguiente tuve que mover los hombros para quitarme la chaqueta impermeable. Profirió un ronroneo gutural de satisfacción y apoyó la mejilla sobre mi coronilla. El sol me calentaba la piel, aunque no tanto como Jacob. Me pregunté con despreocupación cuánto iba a tardar en salir ardiendo.
—¿En qué piensas? —susurró.
—En el sol.
—Um. Es agradable.
—¿Y en qué piensas tú?
—Recordaba aquella película que me llevaste a ver —rió entre dientes—. Y a Mike Newton vomitando por todas partes.
Yo también me desternillé, sorprendido por cómo el tiempo altera los recuerdos. Aquél solía ser uno de los de mayor estrés y confusión, pues fue mucho lo que cambió esa noche, y ahora era capaz de reírme. Aquélla fue la última velada que Jacob y yo pasamos juntos antes de que él supiera la verdad sobre su linaje. Allí terminaba su memoria humana. Ahora, por extraño que pudiera parecer, se había convertido en un recuerdo agradable.
—Echo de menos la facilidad con que sucedía todo... la sencillez —reconoció—. Me alegra tener una buena capacidad de recordar.
Suspiró.
Sus palabras activaron mis propios recuerdos y me envaré, presa de una repentina tensión. El se percató y preguntó:
—¿Qué pasa?
—Acerca de esa excelente memoria tuya... —me aparté para poder leer la expresión de su rostro e inquirí—: ¿Te importaría decirme qué pensabas el lunes por la mañana? Tus reflexiones molestaron a Edward —el verbo «molestar» no era precisamente el adecuado, pero deseaba obtener una respuesta, por lo que que era mejor no empezar con demasiada dureza.
El rostro de Jacob se animó al comprender y se carcajeó.
—Estaba pensando en ti. A él no le gustó ni pizca, ¿verdad?
—¿En mi? ¿En qué exactamente?
Jacob se volvió a reír a carcajadas, pero en esta ocasión con una nota de mayor dureza.
—Recordaba tu aspecto la noche en que Sam te halló. Es como si hubiera estado allí, ya que lo he visto en su mente. Ese recuerdo es el que siempre acecha a Sam, ya sabes, y luego recordé tu imagen la primera vez que viniste de visita a casa. Apuesto a que no tienes ni idea de lo confusa que estabas, Bella. Tardaste varias semanas en volver a tener una apariencia humana. Siempre recuerdo que te abrazabas el cuerpo como si estuviera hecho añicos y quisieras mantenerlo unido con los brazos —se le crisparon las facciones y sacudió la cabeza—. Me resulta duro recordar tu tristeza de entonces, pero no es culpa mía. Imagino que para él debe ser aún más duro y pensé que Edward debía echar un vistazo a lo que había hecho.
Le pegué un manotazo en el hombro con tal fuerza que me hice daño.
—¡No vuelvas a hacerlo jamás, Jacob Black! Promételo.
—Ni hablar. Hacía meses que no me lo pasaba tan bien.
—A mi costa, Jake...
—Vamos, Bella, contrólate. ¿Cuándo volveré a verle? No le des vueltas.
Me puse en pie. Él me tomó la mano cuando intenté alejarme. Di un tirón para soltarme.
—Me largo, Jacob.
—No, no te vayas aún —protestó; la presión de su mano en torno a la mía aumentó—. Disculpa, y... Vale. No volveré a hacerlo. Te lo prometo.
Suspiré.
—Gracias, Jake.
—Vamos, regresemos a mi casa —dijo con impaciencia.
—En realidad, creo que debería marcharme. Angela Weber me está esperando y sé que Alice está preocupada. No quiero inquietarla demasiado.
—¡Pero si acabas de llegar!
—Eso es lo que parece —admití.
Alcé la vista a lo alto para mirar el sol, sin saber que ya lo tenía exactamente encima de mi cabeza. ¿Cómo podía haber transcurrido el tiempo tan deprisa?
Sus cejas se hundieron sobre los ojos.
—No sé cuándo volveré a verte —añadió con voz herida.
—Regresaré la próxima vez que él se vaya —le prometí de forma impulsiva.
—¿Irse? —Jacob puso los ojos en blanco—. Es un buen eufemismo para describir su conducta. Malditas garrapatas.
—¡No vendré jamás si eres incapaz de ser agradable! —le amenacé mientras daba tirones para liberar la mano. Se negó a dejarme ir.
—No te enfades, va —repuso mientras esbozaba un gesto burlón—. Ha sido una reacción instintiva.
—Vas a tener que meterte algo en la cabeza, si quieres que vuelva, ¿vale? —él esperó—. Mira, no me preocupa quién es un vampiro ni quién un licántropo —le expliqué—. Es irrelevante. Tú eres Jacob, él es Edward y yo, Bella. Todo lo demás no importa.
Entornó levemente los ojos.
—Pero yo soy un licántropo —repuso de mala gana—, y él, un vampiro —agregó con obstinada repugnancia.
—¡Y yo soy virgo! —grité, exasperada.
Enmarcó las cejas y sopesó mi expresión con ojos llenos de curiosidad. Al final se encogió de hombros.
—Si en verdad eres capaz de verlo así...
—Puedo hacerlo.
—De acuerdo. Bella y Jacob. Nada de extrañas virgos por aquí.
Me dedicó una sonrisa, el cálido gesto de siempre que tanto habia añorado. Sentí que otra sonrisa de respuesta se extendía por mi cara.
—Te he echado mucho de menos, Jake —admití, sin pensármelo.
—Yo también —su sonrisa se ensanchó. Claramente, había felicidad en sus ojos, por una vez sin atisbo de ira ni amargura—. Más de lo que supones. ¿Volveré a verte pronto? l—En cuanto pueda —le prometí.
—No estoy tan mal —contestó.
Rodeó mi mano con la suya, pero evitó mi mirada. Anduvo despacio de vuelta a la plataforma de madera flotante sin apartar la vista de los colores cristalinos del arco iris, empujándome suavemente para mantenerme a su lado. Me senté de nuevo en nuestro árbol, pero él se repantigó sobre el húmedo suelo rocoso en vez de acomodarse junto a mí. Me pregunté si lo haría para poder hurtar el rostro a mis ojos con más facilidad. No me soltó la mano.
Comencé a parlotear para llenar el silencio.
—Ha pasado mucho tiempo desde que estuve aquí. Probablemente, me habré perdido un montón de cosas. ¿Cómo están Sam y Emily? ¿Y Embry? ¿Cómo se tomó Quil...?
Me interrumpí a mitad de frase al recordar que el amigo de Jacob era un tema espinoso.
—Ah, Quil —Jacob suspiró.
Entonces, había sucedido: Quil debía de haberse incorporado a la manada.
—Lo siento —me disculpé entre dientes.
—No se te ocurra decirle eso a él —gruñó Jacob, para mi sorpresa.
—¿Qué quieres decir?
—Quil no busca compasión, más bien todo lo contrario. Está que no cabe en sí de gozo. Es feliz.
No vi sentido alguno a aquello. Todos los demás licántropos se habían entristecido ante la perspectiva de que sus amigos compartieran su destino.
—¿Qué?
|acob ladeó la cabeza y la echó hacia atrás para mirarme. Esbozó una sonrisa y puso los ojos en blanco.
—Él considera que esto es lo más guay que le ha pasado nunca. En parte se debe a que al fin sabe de qué va la película, pero tambien le entusiasma haber recuperado a sus amigos y estar en la onda —Jacob bufó—. Supongo que no debería sorprenderme, es muy propio de él.
—¿Le gusta?
—¿La verdad...? A casi todos les gusta —admitió Jacob con voz pausada—. No hay duda de que tiene ciertas ventajas: la velocidad, la libertad, la fuerza, el sentido de... familia. Sam y yo somos los únicos que sentimos una verdadera amargura, y él hizo el transito hace mucho, por lo que ahora soy el único «quejica».
Mi amigo se rió de sí mismo.
—¿Por qué Sam y tú sois diferentes? En todo caso, ¿qué le ocurre a Sam? ¿Cuál es su problema?
Eran demasiadas las cosas que yo quería saber y formulé las preguntas demasiado seguidas, sin darle espacio para que las respondiera. Jacob volvió a reírse.
—Es una larga historia.
—Yo te he contado otra bastante larga. Además, no tengo ninguna prisa en regresar —le contesté al tiempo que hacía una mueca cuando pensé en el lío en que me iba a meter cuando volviera.
Él alzó los ojos de inmediato al percatarse del doble sentido de mis palabras.
—¿Se va a enfadar contigo?
—Sí —admití—. No soporta que haga cosas que considera... arriesgadas.
—¿Como andar por ahí con licántropos?
—Exacto.
Jacob se encogió de hombros.
—No vuelvas entonces. Quédate y dormiré en el sofá.
—¡Qué gran idea! —rezongué con ironía—. En tal caso, vendrá a buscarme.
Mi amigo se envaró y esbozó una sonrisa torva.
—¿Lo haría?
—Si temiera encontrarme herida o algo similar..., probablemente.
—La perspectiva de que te quedes cada vez me gusta más.
—Jacob, por favor, sabes que eso me reconcome de verdad.
—¿El qué?
—¡Que os podáis matar el uno al otro! —protesté—. Me vuelve loca. ¿Por qué no podéis comportaros de forma civilizada?
—¿Está dispuesto a matarme? —preguntó él con gesto huraño, haciendo caso omiso a mi ira.
—No tanto como pareces estarlo tú —me percaté de que le estaba chillando—. Al menos, él es capaz de comportarse como un adulto en este tema. Sabe que me lastima a mí al herirte a ti, por lo que nunca lo haría. ¡Eso no parece preocuparte en absoluto!
—Claro, por supuesto —musitó él—. Estoy convencido de que es todo un pacifista.
—¡Vale!
Di un tirón para retirar mi mano de la suya y aparté su cabeza de mi lado. Luego, recogí las piernas contra el pecho y las abarqué con los brazos lo más fuerte posible.
Lancé una mirada fulminante al horizonte. Echaba chispas.
Jacob permaneció inmóvil durante unos minutos y al final se levantó del suelo para sentarse a mi lado y me pasó el brazo por los hombros.
—Lo siento —se disculpó con un hilo de voz—. Intentaré comportarme.
No le respondí.
—¿Aún quieres saber lo de Sam? —me propuso.
Me encogí de hombros.
—Es una larga historia, como te dije, y también muy extraña. Esta nueva vida tiene demasiadas cosas raras y no he dispuesto de tiempo para contarte ni la mitad; la relativa a Sam..., bueno, no se siquiera si voy a poder explicarlo correctamente.
Sus palabras me picaron la curiosidad a pesar de mi enfado.
—Te escucho —repuse con frialdad.
Atisbé de reojo su boca; al sonreír, curvó hacia arriba la comisura de sus labios.
—Fue mucho más duro para Sam que para los demás, ya que al ser el primero, estaba solo, y no había nadie que le explicara lo que sucedía. Su abuelo murió antes de que él naciera y su padre siempre estaba ausente, por lo que no había persona alguna capaz de reconocer los síntomas. La primera vez que se transformó llegó a pensar que había enloquecido. Pasaron dos semanas antes de que se calmara lo suficiente para volver a su estado anterior.
»No puedes acordarte de esto porque acaeció antes de que vinieras a Forks. La madre de Sam y Leah Clearwater movilizaron a los guardabosques y a la policía para la búsqueda. Se pensaba que había sufrido un accidente o algo por el estilo...
—¿Leah? —inquirí, sorprendida. Leah era la hija de Harry y la mención de su nombre me abrumó de piedad. Harry Clearwater, el amigo de toda la vida de Charlie, había muerto de un ataque al corazón la primavera pasada.
La voz de mi amigo cambió, se endureció.
—Sí. Ella y Sam fueron novios en el colegio. Empezaron a s.i lir cuando él era un novato. Leah se puso como una loca cuan do él desapareció.
—Pero él y Emily...
—Ya llegaremos a eso... Forma parte de la historia —me atajó. Inspiró muy despacio y luego espiró de golpe.
Suponía que era estúpido por mi parte pensar que Sam no había amado a otra mujer que no fuera Emily. La mayoría de la gente se enamora muchas veces a lo largo de la vida. Era sólo que, tras verlos juntos, no podía imaginármelos con otra persona. La forma en que él la miraba, bueno, me recordaba a las pupilas de Edward cuando me observaba.
—Sam volvió después de su transformación —prosiguió—, pero no podía revelar a nadie su paradero durante aquella ausencia y se dispararon los rumores, la mayoría decía que no había estado en ningún sitio bueno. Una tarde, Sam entró corriendo en casa y se encontró por casualidad al Viejo Quil Ateara, el abuelo de Quil, que había ido a visitar a la señora Uley. Al anciano estuvo a punto de darle una apoplejía cuando Sam le estrechó la mano.
Mi amigo interrumpió la historia y se echó a reír.
—¿Por qué?
Jacob puso la mano en mi mejilla y me giró el rostro para que le mirase. Se había inclinado sobre mí y tenía el semblante a escasos centímetros del mío. La palma de su mano me quemaba la piel, como cuando tenía fiebre.
—De acuerdo —repuse. Resultaba incómodo tener su cara a tan escasa distancia y su mano sobre mi piel—. A Sam le había subido la temperatura.
Jacob rió una vez más.
Tocar la mano de Sam era como ponerla encima de un radiador.
Le tenía tan cerca de mí que podía sentir el roce de su aliento. Alcé el rostro con tranquilidad y aparté su mano, pero ensortijé mis dedos entre los suyos a fin de no herir sus sentimientos.
Sonrió y se echó hacia atrás, desalentado por mi pretendida despreocupación.
—Entonces, Ateara acudió enseguida a los ancianos —continuo Jacob—, pues eran los únicos que aún recordaban, los que sabían. De hecho, el señor Ateara, Billy y Harry habían visto transformarse a sus abuelos. Cuando el Viejo Quil habló con ellos, los ancianos se reunieron en secreto con Sam y se lo explicaron todo.
»Resultó más fácil cuando lo comprendió y al fin dejó de estar solo. Ellos eran conscientes de que, aunque ningún otro joven era lo bastante mayor, él no iba a ser el único en verse afectado por el regreso de los Cullen —Jacob pronunció el apellido de sus enemigos con involuntario resentimiento—. De ese modo, Sam esperó hasta que los demás nos uniéramos a él...
—Los Cullen no tenían ni idea —repuse en un susurro—. Ni siquiera creían que aún hubiera hombres lobo en la zona. Ignoraban que su llegada os iba a cambiar.
—Eso no altera el hecho de que lo hicieran.
—Recuérdame que no te tome ojeriza.
—¿Crees que puedo mostrar la misma indulgencia que tú? No todos podemos ser santos ni mártires.
—Crece, Jacob.
—Qué más quisiera yo —masculló en voz baja.
Le estudié con la mirada mientras intentaba descubrir el significado de su respuesta.
—¿Qué?
Él se rió entre dientes.
—Es una de las peculiaridades que te comenté...
—No... ¿No puedes crecer...? —le miré, aún sin comprender—. ¿Es eso? ¿No envejeces...? ¿Es un chiste?
—No —frunció los labios al pronunciar la o.
Sentí que la sangre me huía del rostro y se me llenaron los ojos de lágrimas de rabia. Apreté los dientes, que rechinaron de forma ostensible.
—¿Qué he dicho, Bella?
Volví a ponerme de pie con los puños apretados y el cuerpo tembloroso.
—Tú... no... envejeces —mascullé entre dientes.
Jacob me puso la mano en el hombro y me atrajo con delicadeza en un intento de hacerme sentar.
—Ninguno de nosotros se avejenta. ¿Qué rayos te pasa?
—¿Es que soy la única que se va a convertir en una vieja? —estaba hablando a gritos mientras manoteaba en el aire. Una minúscula parte de mí era consciente de que hacía el ridículo, pero mi lado racional se veía ampliamente superado por el irracional—. ¡Maldita sea! ¿En qué clase de mundo vivimos? ¡No es justo!
—Tranquilízate, Bella.
—Cierra la boca, Jacob. Tú, ¡cierra la boca! ¡Esto es muy injusto!
—¿De verdad pegas patadas en el suelo? Creía que eso sólo lo hacían las chicas en la tele.
Emití un gruñido patético.
—No es tan malo como te crees. Siéntate y te lo explico.
—Prefiero quedarme de pie.
Puso los ojos en blanco.
—Vale, como gustes, pero atiende... Envejeceré... algún día.
—Aclárame eso.
El palmeó el árbol. Le fulminé con la mirada durante unos segundos, pero luego me senté. Mi malhumor se desvaneció con la misma rapidez con la que había llegado y me calmé lo bastante para comprender que yo misma me estaba poniendo en ridículo.
—Cuando obtengamos el suficiente control para dejarlo... —empezó Jacob—. Volveremos a envejecer cuando dejemos de transformarnos durante un largo periodo. No va a ser fácil —sacudió la cabeza, repentinamente dubitativo—. Vamos a necesitar mucho tiempo para obtener semejante dominio, o eso creo. Ni siquiera Sam lo tiene aún. Por supuesto, la presencia de un enorme aquelarre de vampiros ahí arriba, al otro lado de la ladera, no es de mucha ayuda. Ni se nos pasa por la cabeza la bússqueda de ese autodominio cuando la tribu necesita protectores, pero no hace falta que te preocupes sin necesidad porque, físicamente al menos, ya soy mayor que tú.
—¿A qué te refieres?
—Mírame, Bella. ¿Aparento dieciséis años?
Contemplé su colosal cuerpo de arriba abajo con plena objetifidad y admití:
—No exactamente.
—No del todo... aún. Nos habremos desarrollado por completo dentro de pocos meses, cuando se activen nuestros genes de licantropos. Voy a pegar un buen estirón —torció el gesto—. Fínicamente, voy a aparentar alrededor de unos veinticinco, o algo asi... Ya no vas a poder ponerte histérica por ser mayor que yo durante al menos otros siete años.
«Unos veinticinco, o algo así». Me armé un lío ante esa perspectiva, pero yo recordaba el estirón anterior de mi amigo, recordaba haberle visto crecer y adquirir corpulencia. Me acordaba de que cada día tenía un aspecto diferente al anterior. Meneé la cabeza, presa del vértigo.
—Bueno, ¿quieres oír la historia de Sam o prefieres seguir pegando gritos por cosas que no comprendo?
Respiré hondo.
—Disculpa. No me gustan los comentarios relativos a la edad. Es como poner el dedo en la llaga.
Jacob entrecerró los ojos. Tenía el aspecto de quien piensa el modo de contar algo.
Dado que no deseaba hablar del asunto verdaderamente delicado, mis planes para el futuro, ni de los tratados que esos planes podrían romper, le apunté para ayudarle a empezar con la historia.
—Dijiste que a Sam todo le resultó más fácil una vez que comprendió su situación tras su encuentro con Billy, Harry y el señor Ateara. También me has contado que la licantropía tiene sus cosas buenas... —vacilé durante unos instantes—. Entonces, ¿por qué Sam las aborrece tanto? ¿Por qué le gustaría que yo las detestara?
Jacob suspiró.
—Eso es lo más extraño.
—Bueno, yo estoy a favor de lo raro.
—Sí, lo sé —me dedicó una sonrisa burlona—. Bueno, tienes razón, una vez que Sam estuvo al tanto de lo que ocurría, todo recuperó casi la normalidad y su vida volvió a ser la de siempre, bueno, quizá no llevó una existencia normal, pero sí mejor —la expresión de Jacob se tensó como si tuviera que abordar la narración de algún momento doloroso—. Sam no podía decírselo a Leah. Se supone que no debemos revelárselo a nadie inadecuado y él se ponía en peligro al permanecer cerca de su amada. Por eso la engañaba, como hice yo contigo. Leah se enfadaba cuando él no le contaba dónde había estado ni adonde iba de noche ni por qué estaba tan fatigado, pero a su manera se entendieron, lo intentaron. Se amaban de verdad.
—¿Ella lo descubrió? ¿Fue eso lo que ocurrió?
Él negó con la cabeza.
No, ése no fue el problema. Un fin de semana, Emily Young vino de la reserva de los makah para visitar a su prima Leah.
—¿Emily es prima de Leah? —pregunté con voz entrecortada.
—Son primas segundas, aunque cercanas. De pequeñas, parecian hermanas.
—Es... espantoso... ¿Cómo pudo Sam...? —mi voz se fue apagando mientras continuaba sacudiendo la cabeza.
—No le juzgues aún. ¿Te ha hablado alguien de...? ¿Has oído hablar de la imprimación?
—¿Imprimación? —repetí esa expresión tan poco familiar—. lo, ¿qué significa?
Es una de esas cosas singulares con las que nos las tenemos que ver, aunque no le suceden a todo el mundo. De hecho, es la excepción, no la regla. Por aquel entonces, Sam ya había oído todas las historias que solíamos tomar como leyendas y sabía en qué consistía, pero ni en sueños...
—¿Qué es? —le azucé.
La mirada de Jacob se ensimismó en la inmensidad del océano.
—Sam amaba a Leah, pero no le importó nada en cuanto vio a Emily. A veces, sin que sepamos exactamente la razón, encontramos de ese modo a nuestras parejas —sus ojos volvieron a mirarme de forma fugaz mientras se ponía colorado—. Me refiero a nuestras almas gemelas.
—¿De qué modo? ¿Amor a primera vista? —me burlé.
Él no sonreía y en sus ojos oscuros leí una crítica a mi reacción.
—Es un poquito más fuerte que eso. Más... contundente.
—Perdón —murmuré—. Lo dices en serio, ¿verdad?
—Así es.
—¿Amor a primera vista pero con mayor fuerza? —había aún una nota de incredulidad en mi voz, y él podía percibirla.
—No es fácil de explicar. De todos modos, tampoco importa —se encogió de hombros—. Querías saber qué sucedió para que Sam odiara a los vampiros porque su presencia le transformó e hizo que se detestara a sí mismo. Pues eso fue lo que le sucedió, que le rompió el corazón a Leah. Quebrantó todas las promesas que le había hecho. Sam ha de ver la acusación en los ojos de Leah todos los días con la certeza de que ella tiene razón.
Enmudeció de forma abrupta, como si hubiera hablado más de la cuenta.
—¿Cómo maneja Emily esa situación estando como estaba tan cercana a Leah...?
Sam y Emily estaban hechos el uno para el otro, eran dos piezas perfectamente compenetradas, formadas para encajar la una en la otra. Aun así, ¿cómo lograba Emily superar el hecho de que su amado hubiera pertenecido a otra, una mujer que había sido casi su hermana?
—Se enfadó mucho en un primer momento, pero es difícil resistirse a ese nivel de compromiso y adoración —Jacob suspiró—. Entonces, Sam pudo contárselo todo. Ninguna regla te ata cuando encuentras a tu media naranja. ¿Sabes cómo resultó herida Emily?
—Sí.
La historia oficial en Forks era que la había atacado y herido un oso, pero yo estaba al tanto del secreto.
«Los licántropos son inestables», había dicho Edward. «La gente que está cerca de ellos termina herida.»
—Bueno, por extraño que pueda parecer, fue la solución a todos los problemas. Sam estaba tan horrorizado y sentía tanto desprecio hacia sí mismo, tanto odio por lo que había hecho, que se habría lanzado bajo las ruedas de un autobús si eso le hubiera hecho sentir mejor. Y lo podía haber hecho sólo para escapar de sus actos. Estaba desolado... Entonces, sin saber muy bien cómo, ella le reconfortó a él, y después de eso...
Jacob no verbalizó el hilo de sus pensamientos, pero sentí que la historia tenía un cariz demasiado personal como para compartirlo.
—Pobre Emily —dije en cuchicheos—. Pobre Sam. Pobre Leah…
—Sí, Leah fue la peor parada —coincidió él—. Le echa valor. Va a ser la dama de honor.
Contemplé con fijeza la silueta recortada de las rocas que emergian del océano como dedos en los bordes del malecón sur; entretanto, intentaba encontrarle sentido a todo aquello sin que él apartara los ojos de mi rostro, a la espera de que yo dijera algo.
—¿Te ha pasado a ti eso del amor a primera vista? —inquirí al fin, sin desviar la vista del horizonte.
—No —replicó con viveza—. Sólo les ha sucedido a Sam y Jared.
—Um —contesté mientras fingía un interés muy pequeño, deterrminado por la cortesía; pero me quedé aliviada.
Intenté explicar semejante reacción en mi fuero interno. Resolví que me alegraba de que Jacob no afirmara la existencia de alguna mística conexión lobezna entre nosotros dos. Nuestra relación ya era bastante confusa en su estado actual. No necesitaba ningún otro elemento sobrenatural añadido a los que ya debía atender.
Él permanecía callado, y el silencio resultaba un poco incómodo. La intuición me decía que no quería oír lo que estaba pensando, y para romper su mutismo, pregunté:
—¿Qué tal le fue a Jared?
—Sin nada digno de mención. Se trataba de su compañera de pupitre. Se había sentado a su lado un año y no la había mirado dos veces. Entonces, de pronto, él cambió, la volvió a mirar y ya no apartó los ojos. Kim quedó encantada, ya que estaba loca por él. En su diario, había enlazado el apellido de Jared al de ella por todas partes.
Se carcajeó con sorna.
—¿Te lo dijo Jared? No debió hacerlo.
Jacob se mordió el labio.
—Supongo que no debería reírme, aunque es divertido.
—Menuda alma gemela.
El suspiró.
—Jared no me comentó nada de eso a sabiendas. Ya te lo he explicado, ¿te acuerdas?
—Ah, sí, sois capaces de oír los pensamientos de los demás miembros de la manada, pero sólo cuando sois lobos, ¿no es así?
—Exacto. Igual que tu chupasangres —torció el gesto.
—Edward —le corregí.
—Vale, vale. Por eso es por lo que sé tanto acerca de los sentimientos de Sam. No es igual que si él nos lo hubiera contado todo de haber podido elegir. De hecho, es algo que todos odiamos —de pronto, su voz se cargó de amargura—. No tener privacidad ni secretos es atroz. Todo lo que te avergüenza queda expuesto para que todos lo vean.
Se encogió de hombros.
—Tiene pinta de ser algo espantoso —murmuré.
—Resulta útil cuando hemos de coordinarnos —repuso a regañadientes—, una vez de higos a brevas. Lo de Laurent fue divertido. Y si los Cullen no se hubieran interpuesto en nuestro camino este último sábado... ¡Ay! —refunfuñó—. ¡Podíamos haberla alcanzado!
Apretó los puños con rabia.
Me estremecí. Por mucho que me preocupara que Jasper o Emmett resultasen heridos, no era nada en comparación con el pánico que me entró sólo de pensar en que Jacob se lanzase contra Victoria. Emmet y Jasper eran lo más cercano que yo podía imaginar a dos seres indestructibles, pero él seguía siendo una criatura de sangre caliente y en comparación, aún era un humano, un mortal. La idea de que Jacob se enfrentara a Victoria, con su destellante melena alborotada alrededor de aquel rostro extrañamente felino, me hizo estremecer.
Jacob alzó los ojos y me estudió con gesto de curiosidad.
—Pero, de todos modos, ¿no te sucede eso todo el tiempo? ¿No te lee Edward el pensamiento?
—Oh, no, nunca entra en mi mente. Aunque ya le gustaría.
La expresión de su rostro reflejó perplejidad.
—No puede leerme la mente —le expliqué con una pequeña mitad de petulancia en la voz, fruto de la costumbre—. Soy la única excepción, pero ignoramos el motivo.
—¡Qué raro! —comentó Jacob.
—Sí —la suficiencia desapareció—. Probablemente, eso significa que me falta algún que otro tornillo —admití.
—Siempre supe que no andabas bien de la cabeza —murmuró él.
—Gracias.
De pronto, los rayos del sol se abrieron paso entre las nubes y tuve que entornar los ojos para no quedar cegada por el resplandor del mar. Todo cambió de color: las aguas pasaron del gris al azul; los árboles de un apagado verde oliva a un chispeante tono jade; los guijarros relucían como joyas con todos los colores del arco iris.
Parpadeamos durante unos instantes para ganar tiempo hasta que nuestras pupilas se habituaran al aumento de luminosidad. Sólo se escuchaba el apagado rugir de las olas, que retumbaban por los cuatro lados del malecón, el suave crujido de las rocas al entrechocar entre sí bajo el empuje del océano y los chillidos de las gaviotas en el cielo. Era muy tranquilo.
Jacob se acomodó más cerca de mí, tanto que se apoyó contra mi brazo y, como estaba ardiendo, al minuto siguiente tuve que mover los hombros para quitarme la chaqueta impermeable. Profirió un ronroneo gutural de satisfacción y apoyó la mejilla sobre mi coronilla. El sol me calentaba la piel, aunque no tanto como Jacob. Me pregunté con despreocupación cuánto iba a tardar en salir ardiendo.
—¿En qué piensas? —susurró.
—En el sol.
—Um. Es agradable.
—¿Y en qué piensas tú?
—Recordaba aquella película que me llevaste a ver —rió entre dientes—. Y a Mike Newton vomitando por todas partes.
Yo también me desternillé, sorprendido por cómo el tiempo altera los recuerdos. Aquél solía ser uno de los de mayor estrés y confusión, pues fue mucho lo que cambió esa noche, y ahora era capaz de reírme. Aquélla fue la última velada que Jacob y yo pasamos juntos antes de que él supiera la verdad sobre su linaje. Allí terminaba su memoria humana. Ahora, por extraño que pudiera parecer, se había convertido en un recuerdo agradable.
—Echo de menos la facilidad con que sucedía todo... la sencillez —reconoció—. Me alegra tener una buena capacidad de recordar.
Suspiró.
Sus palabras activaron mis propios recuerdos y me envaré, presa de una repentina tensión. El se percató y preguntó:
—¿Qué pasa?
—Acerca de esa excelente memoria tuya... —me aparté para poder leer la expresión de su rostro e inquirí—: ¿Te importaría decirme qué pensabas el lunes por la mañana? Tus reflexiones molestaron a Edward —el verbo «molestar» no era precisamente el adecuado, pero deseaba obtener una respuesta, por lo que que era mejor no empezar con demasiada dureza.
El rostro de Jacob se animó al comprender y se carcajeó.
—Estaba pensando en ti. A él no le gustó ni pizca, ¿verdad?
—¿En mi? ¿En qué exactamente?
Jacob se volvió a reír a carcajadas, pero en esta ocasión con una nota de mayor dureza.
—Recordaba tu aspecto la noche en que Sam te halló. Es como si hubiera estado allí, ya que lo he visto en su mente. Ese recuerdo es el que siempre acecha a Sam, ya sabes, y luego recordé tu imagen la primera vez que viniste de visita a casa. Apuesto a que no tienes ni idea de lo confusa que estabas, Bella. Tardaste varias semanas en volver a tener una apariencia humana. Siempre recuerdo que te abrazabas el cuerpo como si estuviera hecho añicos y quisieras mantenerlo unido con los brazos —se le crisparon las facciones y sacudió la cabeza—. Me resulta duro recordar tu tristeza de entonces, pero no es culpa mía. Imagino que para él debe ser aún más duro y pensé que Edward debía echar un vistazo a lo que había hecho.
Le pegué un manotazo en el hombro con tal fuerza que me hice daño.
—¡No vuelvas a hacerlo jamás, Jacob Black! Promételo.
—Ni hablar. Hacía meses que no me lo pasaba tan bien.
—A mi costa, Jake...
—Vamos, Bella, contrólate. ¿Cuándo volveré a verle? No le des vueltas.
Me puse en pie. Él me tomó la mano cuando intenté alejarme. Di un tirón para soltarme.
—Me largo, Jacob.
—No, no te vayas aún —protestó; la presión de su mano en torno a la mía aumentó—. Disculpa, y... Vale. No volveré a hacerlo. Te lo prometo.
Suspiré.
—Gracias, Jake.
—Vamos, regresemos a mi casa —dijo con impaciencia.
—En realidad, creo que debería marcharme. Angela Weber me está esperando y sé que Alice está preocupada. No quiero inquietarla demasiado.
—¡Pero si acabas de llegar!
—Eso es lo que parece —admití.
Alcé la vista a lo alto para mirar el sol, sin saber que ya lo tenía exactamente encima de mi cabeza. ¿Cómo podía haber transcurrido el tiempo tan deprisa?
Sus cejas se hundieron sobre los ojos.
—No sé cuándo volveré a verte —añadió con voz herida.
—Regresaré la próxima vez que él se vaya —le prometí de forma impulsiva.
—¿Irse? —Jacob puso los ojos en blanco—. Es un buen eufemismo para describir su conducta. Malditas garrapatas.
—¡No vendré jamás si eres incapaz de ser agradable! —le amenacé mientras daba tirones para liberar la mano. Se negó a dejarme ir.
—No te enfades, va —repuso mientras esbozaba un gesto burlón—. Ha sido una reacción instintiva.
—Vas a tener que meterte algo en la cabeza, si quieres que vuelva, ¿vale? —él esperó—. Mira, no me preocupa quién es un vampiro ni quién un licántropo —le expliqué—. Es irrelevante. Tú eres Jacob, él es Edward y yo, Bella. Todo lo demás no importa.
Entornó levemente los ojos.
—Pero yo soy un licántropo —repuso de mala gana—, y él, un vampiro —agregó con obstinada repugnancia.
—¡Y yo soy virgo! —grité, exasperada.
Enmarcó las cejas y sopesó mi expresión con ojos llenos de curiosidad. Al final se encogió de hombros.
—Si en verdad eres capaz de verlo así...
—Puedo hacerlo.
—De acuerdo. Bella y Jacob. Nada de extrañas virgos por aquí.
Me dedicó una sonrisa, el cálido gesto de siempre que tanto habia añorado. Sentí que otra sonrisa de respuesta se extendía por mi cara.
—Te he echado mucho de menos, Jake —admití, sin pensármelo.
—Yo también —su sonrisa se ensanchó. Claramente, había felicidad en sus ojos, por una vez sin atisbo de ira ni amargura—. Más de lo que supones. ¿Volveré a verte pronto? l—En cuanto pueda —le prometí.
18 de enero de 2010
Capítulo 4: Naturalezas
Estaba siendo una semana horrible.
Yo sabía que no había cambiado nada sustancial. Vale, Victoria no se había rendido, pero ¿acaso había esperado yo alguna vez que fuera de otro modo? Su reaparición sólo había confirmado lo que ya sabía, No tenía motivo para asustarme como si fuera algo nuevo.
Eso en teoría. Porque no sentir pánico es algo más fácil de decir que de hacer.
Solo quedaban unas pocas semanas para la graduación, pero me preguntaba si no era un poco estúpido quedarme sentada, débil y apetecible, esperando el próximo desastre. Parecía demasiado peligroso continuar siendo humana, como si estuviera atrayendo conscientemente peligro. Una persona con mi suerte debía ser un poquito menos vulnerable.
Pero nadie me escucharía.
Carlisle había dicho:
—Somos siete, Bella, y con Alice de nuestro lado, dudo que Victoria nos pueda sorprender con la guardia baja. Pienso que es importante, por el bien de Charlie, que nos atengamos al plan original.
Ksme había apostillado:
—No dejaremos nunca que te pase nada malo, cielo. Ya lo sabes. Por favor, no te pongas nerviosa —y luego me había besado en la frente.
Emmett había continuado:
—Estoy muy contento de que Edward no te haya matado. Todo es mucho más divertido contigo por aquí.
Rosalie le había mirado con cara de pocos amigos.
Alice había puesto los ojos en blanco para luego agregar:
—Me siento ofendida. ¿Verdad que no estás preocupada por esto? ¿a que no?
—Si no era para tanto, entonces, ¿por qué me llevó Edward a Florida? —inquirí.
—Pero ¿no te has dado cuenta todavía, Bella, de que Edward es un poquito dado a reaccionar de forma exagerada?
Jasper, silenciosamente, había borrado todo el pánico y la tensión de mi cuerpo con su curiosa habilidad para controlar las atmósferas emocionales. Me sentí más tranquila y los dejé convencerme de lo innecesario de mi desesperada petición.
Pero claro, toda esa calma desapareció en el momento en que Edward y yo salimos de la habitación.
Así que el acuerdo consistía en que lo mejor que podía hacer era olvidarme de que un vampiro desquiciado quería cazarme para matarme. Y ocuparme de mis asuntos.
Y lo intenté. Y de modo sorprendente, había otras cosas casi tan estresantes en las que concentrarse como mi rango dentro de la lista de especies amenazadas...
Porque la respuesta de Edward había sido la más frustrante de todas.
—Eso es algo entre tú y Carlisle —había dicho—. Claro, que yo estaría encantado de que fuera algo entre tú y yo en cualquier momento que quisieras, pero ya conoces mi condición —y sonrió angelicalmente.
Agh. Claro que sabía en qué consistía su condición. Edward me había prometido que sería él mismo quien me convirtiera cuando yo quisiera... siempre que me casara con él primero.
Algunas veces me preguntaba si sólo simulaba la incapacidad de leerme la mente. ¿Cómo había llegado a encontrar la única condición que tendría problemas en aceptar? El requisito preciso que me obligaría a tomarme las cosas con más calma.
Habia sido una semana malísima en su conjunto, y aquel día, el pero de todos
Siempre eran días malos cuando se ausentaba Edward. Alice no habia visto nada fuera de lo habitual ese fin de semana, por lo que insistí en que aprovechara la oportunidad para irse con sus hermanos de cacería. Sabía cuánto le aburría cazar las presas cercanas, tan fáciles.
—Ve y diviértete —le insté—. Caza unos cuantos pumas por mí.
Jamas admitiría en su presencia lo mal que sobrellevaba la separación, ya que de nuevo volvían las pesadillas de la época del abandono. Si él lo hubiera sabido, le habría hecho sentirse fatal y le hubiera dado miedo dejarme, incluso aunque fuera por la más necesaria de las razones. Así había sido al principio, cuando represamos de Italia. Sus ojos dorados se habían tornado negros y sufría por culpa de la sed más de lo normal. Por eso, ponía cara de valiente y hacía de todo, salvo sacarle a patadas de la casa, cada vez que Emmett y Jasper querían marcharse.
Sin embargo, a veces me daba la sensación de que veía dentro de mí. Al menos un poco. Esa mañana había encontrado una nota en mi almohada.
Volveré tan pronto que no tendrás tiempo de echarme de menos. Cuida de mi corazón… lo he dejado contigo.
Así que ahora tenía todo un sábado entero sin nada que hacer salvo mi turno de la mañana en la tienda de ropa Newton's Olympie para distraerme. Y claro, esa promesa tan reconfortante de Alice.
—Cazaré cerca de aquí. Si me necesitas, estoy sólo a quince minutos. Estaré pendiente por si hay problemas.
Traducción: no intentes nada divertido sólo porque no esté Edward.
Ciertamente, Alice era tan capaz de fastidiarme el coche como Edward.
Intenté mirarlo por el lado positivo. Después del trabajo, había hecho planes con Angela para ayudarle con sus tarjetas de graduación, de modo que estaría distraída. Y Charlie estaba de un humor excelente debido a la ausencia de mi novio, así que convenía disfrutar de esto mientras durara. Alice pasaría la noche conmigo si yo me sentía tan patética como para pedírselo, y mañana Edward ya estaría de vuelta. Sobreviviría.
No quería llegar a trabajar ridiculamente temprano, y me tomé el desayuno masticando muy despacio cada cucharada de cereales Cheerio. Entonces, una vez que hube lavado los platos, coloqué los imanes del frigorífico en una línea perfecta. Quizás estuviera desarrollando un trastorno obsesivo-compulsivo.
Los últimos dos imanes, un par de utilitarias piezas redondas y negras, que eran mis favoritas porque podían sujetar diez hojas de papel en el frigorífico, no querían cooperar con mi fijación. Tenían polaridades inversas; cada vez que intentaba ponerlas en fila, al colocar la última, la otra saltaba fuera de su sitio.
Por algún motivo una manía en ciernes, quizá , eso me sacaba de quicio. ¿Por qué no podían comportarse como es debido? De una forma tan estúpida como terca, continué alineándolas como si esperase una repentina rendición. Podría haber puesto una más arriba, pero sentía que eso equivalía a perder. Finalmente, más desesperada por mi comportamiento que por los imanes, los cogí del frigorífico y los sostuve juntos, uno en cada mano. Me costó un poco, ya que eran lo bastante fuertes como para presentar batalla, pero conseguí que coexistieran uno al lado del otro.
—Ya veis —esto de hablarle a los objetos inanimados no podía ser síntoma de nada bueno—. Tampoco es tan malo, ¿a que no?
Permanecí allí quieta durante un segundo, incapaz de admitir que no estaba teniendo ningún éxito a largo plazo contra los principios científicos. Entonces, con un suspiro, volví a colocar los imanes en el frigorífico, a un palmo de distancia.
—No hay necesidad de ser tan inflexible —murmuré.
Todavía era muy temprano, pero decidí que lo mejor sería salir de la casa antes de que los objetos inanimados comenzaran a contestarme.
Cuando llegué a Newtons Olympic, Mike pasaba la mopa de forma metódica por los pasillos mientras su madre acondicionaba un nuevo escaparate en el mostrador. Los pillé en mitad de una disputa, aunque no se dieron cuenta de mi llegada.
—Pero es el único momento en que Tyler puede ir —se quejaba Mike—. Dijiste que después de la graduación...
—Pues vais a tener que esperar —repuso la señora Newton con brusquedad—. Tyler y tú ya podéis empezar a pensar en otra cosa. No vas a ir a Seattle hasta que la policía solucione lo que esta pasando, sea lo que sea. Ya sé que Betty Crowley le ha dicho lo mismo aTyler, así que no me vengas con que yo soy la mala de la película. Oh, buenos días, Bella —me dijo cuando se dio cuenta de que había entrado, alegrando su tono rápidamente—. Has llegado temprano.
Karen Newton era la última persona que podrías imaginar trabajando en un establecimiento de prendas deportivas al aire libre. Llevaba su pelo rubio perfectamente mechado y recogido en un elegante moño bajo a la altura de la nuca, las uñas de las manos pintadas por un profesional, lo mismo que las de los pies, visibles a través de sus altos tacones de tiras que no se parecían en nada a lo que los Newton ofrecían en el largo estante de las botas de montaña.
—Apenas había tráfico —bromeé mientras cogía la horrible camiseta naranja fluorescente de debajo del mostrador. Me sorprendía que la señora Newton estuviera tan preocupada por lo de Seattle como Charlie. Pensé que era sólo él quien se lo había tomado a la tremenda.
—Esto... eh...
La señora Newton dudó por un momento, jugueteando incómoda con el paquete de folletos publicitarios que estaba colocando al lado de la caja registradora.
Ya tenía una mano sobre la camiseta pero me detuve. Conocía esa mirada.
Cuando les hice saber a los Newton que no trabajaría allí ese verano, dejándolos de este modo plantados en la estación con más trabajo, comenzaron a enseñar a Katie Marshall para que ocupara mi lugar. Realmente no podían permitirse mantener los sueldos de las dos a la vez, así que cuando se veía que iba a ser un día tranquilo...
—Te iba a llamar —continuó la señora Newton—. No creo que vayamos a tener hoy mucho trabajo. Creo que podremos apañarnos entre Mike y yo. Siento que te hayas tenido que levantar y conducir hasta aquí.
En un día normal, este giro de los acontecimientos me habría hecho entrar en éxtasis, pero hoy... no tanto.
—Vale —suspiré. Se me hundieron los hombros. ¿Qué iba a hacer ahora?
—Eso no está bien, mamá —repuso Mike—. Si Bella quiere trabajar...
—No, no pasa nada, señora Newton. De verdad, Mike. Tengo examenes finales para los que debo estudiar y otras cosas... —no quería ser una fuente de discordia familiar cuando ya les había sorprendido discutiendo.
—Gracias, Bella. Mike, te has saltado el pasillo cuatro. Esto, Bella ¿no te importaría tirar estos folletos en un contenedor cuando te vayas? Le dije a la chica que los dejó aquí que los pondría en el mostrador, pero la verdad es que no tengo espacio.
—Vale, sin problemas.
Guardé la camiseta y me puse los folletos debajo del brazo, para salir de nuevo al exterior, donde lloviznaba. EI contenedor estaba al otro lado de Newton's Olympic, cerca de donde se suponía que aparcábamos los empleados. Caminé sin dirección precisa hacia allá, enfurruñada, dándole patadas a las piedras. Estaba a punto de tirar el paquete de brillantes papeles amarillos a la basura cuando captó mi interés el título impreso en negrita en la parte superior. Fue una palabra en especial la que me IIamó la atención.
Cogí los papeles entre las dos manos mientras miraba la imagen bajo el título. Se me hizo un nudo en la garganta.
SALVEMOS AL LOBO DE LA PENÍNSULA OLYMPIC
Majo las palabra había un dibujo detallado de un lobo frente a un abeto, con la cabeza echada hacia atrás aullándole a la luna. Era una imagen desconcertante; algo en la postura quejosa del lobo le hacía parecer desamparado. Como si estuviera aullando de pena.
Y luego eché a correr hacia mi coche, con los folletos aún sucios con firmeza en la mano.
Quince minutos, eso era cuanto tenía, pero bastaría. Sólo había quince minutos hasta La Push y seguramente cruzaría la frontera unos cuantos minutos antes de llegar al pueblo.
El coche arrancó sin ninguna dificultad.
Alice no podría estar viéndome hacer esto porque no lo había planeado. Una decisión repentina, ¡ésa era la clave!, y podría sacarle provecho si conseguía moverme con suficiente rapidez.
Con la prisa, arrojé los papeles húmedos al asiento del pasajero, donde se desparramaron en un brillante desorden, cien títulos en negrita, cien lobos negros aullándole a la luna, recortados contra el fondo amarillo.
Iba a toda pastilla por la autopista mojada, con los limpiaparabrisas a tope y sin hacerle caso al rugido del viejo motor. Lo máximo que podía sacarle a mi coche eran unos noventa por hora y recé para que fuera suficiente.
No tenía idea de dónde estaba la frontera, pero empecé a sentirme más segura cuando pasé las primeras casas en las afueras de La Push. Seguro que esto era lo más lejos que se le permitía llegar a Alice.
La telefonearía cuando llegara a casa de Angela por la tarde, me dije para mis adentros, para hacerle saber que me encontraba bien. No había motivo para que se preocupara. No necesitaba enfadarse conmigo, porque Edward ya estaría suficientemente furioso por los dos a su regreso.
Mi coche iba ya resollando cuando chirriaron los frenos al parar frente a la familiar casa de color rojo desvaído. Se me volvió a hacer un nudo en la garganta al mirar aquel pequeño lugar que una vez había sido mi refugio. Había pasado tanto tiempo desde que había estado aquí.
Antes de que pudiera parar el motor, Jacob ya estaba en la puerta, con el rostro demudado por la sorpresa.
En el silencio repentino que se hizo después de que el rugido del motor se detuviera, oí su respiración entrecortada.
—¿Bella?
—¡Hola, Jake!
—¡Bella! —gritó en respuesta y la sonrisa que había estado esperando atravesó su rostro como el sol en un día nublado. Los dientes relampaguearon contra su piel cobriza—. ¡No me lo puedo creer!
corrió hacia el coche, me sacó casi en volandas a través de la puerta abierta, y nos pusimos a saltar como niños.
—¿Cómo has llegado hasta aquí?
—¡Me he escapado!
—¡Impresionante!
—¡Hola, Bella! —Billy impulsó su silla hacia la entrada para ver a qué se debía toda aquella conmoción.
—¡Hola, Bill...!
Y en ese momento me quedé sin aire. Jacob me había sepultado en un abrazo gigante, tan fuerte, que no podía respirar y me daba vueltas en círculo.
—¡Guau, es estupendo tenerte aquí!
—No puedo... respirar —jadeé.
Él se rió y me puso en el suelo.
—Bienvenida de nuevo, Bella —me dijo con una sonrisa.
Y el modo en que lo dijo me sonó como «bienvenida a casa».
Empezamos a andar, demasiado nerviosos ante la perspectiva de quedarnos sentados dentro de la casa. Jacob iba prácticamente saltando mientras andaba y le tuve que recordar unas cuantas veces que yo no tenía piernas de tres metros.
Mientras caminábamos, sentí cómo me transformaba en otra versión de mí misma, la que era cuando estaba con Jacob. Algo más joven, y también algo más irresponsable. Alguien que haría, en alguna ocasión, algo realmente estúpido sin motivo aparente.
Nuestra euforia duró los primeros temas de conversación que abordamos: qué estábamos haciendo, qué queríamos hacer, cuánto tiempo tenía y qué me había traído hasta allí. Cuando le conté lo del folleto del lobo, de forma vacilante, su risa ruidosa hizo eco entre los árboles.
Pero entonces, cuando paseábamos detrás de la tienda y atravesamos los matorrales espesos que bordeaban el extremo más lejano de la playa Primera, llegamos a las partes más difíciles de la conversación. Desde muy pronto tuvimos que hablar de las razones de nuestra larga separación y observé cómo el rostro de mi amigo se endurecía hasta formar la máscara amarga que ya me resultaba tan familiar.
—Bueno, ¿y de qué va esto en realidad? —me preguntó Jacob, pateando un trozo de madera de deriva fuera de su camino con una fuerza excesiva. Saltó sobre la arena y luego se estampó contra las rocas—. O sea, que desde la última vez que... bueno, antes, ya sabes... —luchó para encontrar las palabras. Aspiró un buen trago de aire y lo intentó de nuevo—. Lo que quiero decir es que... ¿simplemente todo ha vuelto al mismo lugar que antes de que él se fuera? ¿Se lo has perdonado todo?
Yo también inspiré con fuerza.
—No había nada que disculpar.
Me habría gustado saltarme toda esta parte, las traiciones y las acusaciones, pero sabía que teníamos que hablar de todo esto antes de que fuéramos capaces de llegar a algún otro lado.
El rostro de Jacob se crispó como si acabara de chupar un limón.
—Desearía que Sam te hubiera tomado una foto cuando te encontramos aquella noche de septiembre. Sería la prueba A.
—No estamos juzgando a nadie.
—Pues quizá deberíamos hacerlo.
—Ni siquiera tú le culparías por marcharse, si conocieras sus motivos.
Me miró fijamente durante unos instantes.
—Está bien —me retó con amargura—. Sorpréndeme.
Su hostilidad me caía encima, quemándome en carne viva. Me dolía que estuviera enfadado conmigo. Me recordó aquella tarde gris y deprimente, hacía mucho ya, cuando, cumpliendo órdenes de Sam, me dijo que no podíamos seguir siendo amigos. Me llevó un momento recobrar la compostura.
—Edward me dejó el pasado otoño porque pensaba que yo no debía salir con vampiros. Pensó que sería mejor para mí si él se marchaba.
Jacob tardó en reaccionar. Luchó consigo mismo durante unos minutos. Lo que fuera que tenía planeado decir, claramente, había dejado de tener sentido. Me alegraba de que no supiera lo que había precipitado la decisión de Edward. Me podía imaginar qué habría pensado de haber sabido que Jasper intentó matarme.
—Pero volvió, ¿no? —susurró Jacob—. Parece que le cuesta atenerse a sus propias decisiones.
—Si recuerdas bien, fui yo la que corrió tras él y le trajo de vuelta.
Jacob me miró con fijeza durante un momento y después me dio la espalda. Relajó el rostro y su voz se había vuelto más tranquila cuando volvió a hablar.
—Eso es cierto, pero nunca supe la historia. ¿Qué fue lo que pasó?
Yo dudaba y me mordí el labio.
—¿Es un secreto? —su voz se tornó burlona— ¿No me lo puedes contar?
—No —contesté con brusquedad—. Además, es una historia realmente larga.
El sonrió con arrogancia, se giró y echó a caminar por la playa, esperando que le siguiera.
No tenía nada de gracioso estar con él si se iba a comportar de ese modo. Le seguí de manera automática, sin saber si no sería mejor dar media vuelta y dejarle. Aunque tendría que enfrentarme con Alice cuando regresara a casa... Así que pensándolo bien, en realidad no tenía tanta prisa.
Jacob llegó hasta un enorme y familiar tronco de madera, un árbol entero con sus raíces y todo, blanqueado y profundamente hundido en la arena; de algún modo, era nuestro árbol.
Se sentó en aquel banco natural y dio unas palmaditas en el sitio que había a su lado.
—No me importa que las historias sean largas. ¿Hay algo de acción?
Puse los ojos en blanco mientras me sentaba a su lado.
—La hay —concedí.
—No puede haber miedo de verdad si no hay un poco de acción.
—¡Miedo! —me burlé—. ¿Vas a escuchar o te vas a pasar todo el rato interrumpiéndome para hacer comentarios groseros sobre mis amigos?
Hizo como que se cerraba los labios con llave y luego como que tiraba la llave invisible sobre su hombro. Intenté no sonreír, pero no lo conseguí.
—Tengo que empezar con cosas que pasaron cuando tú estabas —decidí mientras intentaba organizar las historias en mi mente antes de comenzar.
Jacob alzó una mano.
—Adelante. Eso está bien —añadió él—. No entendí la mayor parte de lo que pasó entonces.
—Ah, vale, estupendo; es un poco complicado, así que presta atención. ¿Sabes ya que Alice tiene visiones?
Interpreté que su ceño fruncido era una respuesta afirmativa, ya que a los hombres lobo no les impresionaba que fuera verdad la leyenda de los poderes sobrenaturales de los vampiros, así que procedí con el relato de mi carrera a través de Italia para rescatar a Edward.
Intenté resumir lo más posible, sin dejarme nada esencial. Al mismo tiempo, me esforcé en interpretar las reacciones de Jacob, pero su rostro era inescrutable mientras le explicaba que Alice había visto los planes de Edward para suicidarse cuando escuchó que yo había muerto. Algunas veces Jacob parecía ensimismarse en sus pensamientos, tanto que ni siquiera estaba segura de que me estuviera escuchando. Sólo me interrumpió una vez.
—¿La adivina chupasangres no puede vernos? —repitió, en su rostro una expresión feroz y llena de alegría—. ¿En serio? ¡Eso es magnífico!
Apreté los dientes y nos quedamos sentados en silencio, con su cara expectante mientras esperaba que continuase. Le miré fijamente hasta que se dio cuenta de su error.
—¡Oops! —exclamó—. Lo siento —y cerró la boca otra vez.
Su respuesta fue más fácil de comprender cuando llegamos a la parte de los Vulturis. Apretó los dientes, se le pusieron los brazos con carne de gallina y se le agitaron las aletas de la nariz. No entré en detalles, pero le conté que Edward nos había sacado del problema, sin revelar la promesa que habíamos tenido que hacer ni la visita que estábamos esperando. Jacob no necesitaba participar de mis pesadillas.
—Ahora ya conoces toda la historia —concluí—. Es tu turno para hablar. ¿Qué ha ocurrido mientras yo pasaba este fin de semana con mi madre?
Sabía que Jacob me proporcionaría más detalles que Edward. No temía asustarme. Se inclinó hacia delante, animado al momento.
—Embry, Quil y yo estábamos de patrulla el sábado por la noche, sólo algo rutinario, cuando allí estaba, saliendo de ninguna parte, ¡bum!, una pista fresca, que no tenía ni quince minutos —alzó los brazos y remedó una explosión—. Sam quería que le esperásemos, pero yo ignoraba que tú te habías ido y no sabía si tus chupasangres estaban vigilando o no. Así que salimos en su persecución a toda velocidad, pero cruzó la línea del tratado antes de que pudiéramos cogerla. Nos dispersamos por la línea esperando que volviera a cruzarla. Fue frustrante, te lo juro —movió la cabeza y el pelo, que ya le había crecido desde que se lo había rapado tan corto cuando se unió a la manada, le cayó sobre los ojos—. Nos fuimos demasiado hacia el sur y los Cullen la persiguieron hacia nuestro sitio, pero sólo a unos cuantos kilómetros al norte de nuestra posición. Habría sido la emboscada perfecta si hubiéramos sabido dónde esperar.
Sacudió la cabeza, haciendo ahora una mueca.
—Entonces fue cuando la cosa se puso peligrosa. Sam y los otros le cogieron el rastro antes de que llegáramos, pero ella iba de un lado a otro de la línea y el aquelarre en pleno estaba al otro lado. El grande, ¿cómo se llama...?
—Emmett.
—Ese, bueno, pues él arremetió contra ella, pero ¡qué rápida es esa pelirroja! Voló detrás de ella y casi se estrella contra Paul. Y ya sabes, Paul... bueno, ya le conoces.
—Sí.
—Se le fue la olla. No puedo decir que le culpe, tenía al chupasangres grandote justo encima de él. Así que saltó... Eh, no me mires así. El vampiro estaba en nuestro territorio.
Intenté recomponer mi expresión para que continuara con su relato. Tenía las uñas clavadas en las palmas de las manos con la tensión de la historia, incluso sabiendo que había terminado bien.
—De cualquier modo, Paul falló y el grandullón regresó a su sitio, pero entonces, esto, la, eh, bien, la rubia...
La expresión de Jacob era una mezcla cómica de disgusto y reacia admiración mientras intentaba encontrar una palabra para describir a la hermana de Edward.
—Rosalie.
—Como quieras. Se había vuelto realmente territorial, así que Sam y yo nos retrasamos para cubrir los flancos de Paul. Entonces su líder y el otro macho rubio...
—Carlisle y Jasper.
Me miró algo exasperado.
—Ya sabes que me da igual cómo se llamen. Como sea, Carlisle habló con Sam en un intento de calmar las cosas. Y fue bastante extraño porque la verdad es que todo el mundo se tranquilizó muy rápido. Creo que fue ese otro que dices, que nos hizo algo raro en la cabeza, pero aunque sabíamos lo que estaba haciendo, no podíamos dejar de estar tranquilos.
—Ah, sí, ya sé cómo se siente uno.
—Realmente cabreado, así es como se siente uno. Sólo que no estás enfadado del todo, al final —sacudió la cabeza, confundido—. Así que Sam y el vampiro líder acordaron que la prioridad era Victoria y volvimos a la caza otra vez. Carlisle nos dio la pista de modo que pudimos seguir el rastro correcto, pero entonces tomó el camino de los acantilados justo al norte del territorio de los makah, donde la frontera discurre pegada a la costa durante unos cuantos kilómetros. Así que se metió en el agua otra vez. El grandullón y el tranquilo nos pidieron permiso para cruzar la frontera y perseguirla, pero se lo denegamos, como es lógico.
—Estupendo. Quiero decir que vuestro comportamiento me parece estúpido, pero estoy contenta. Emmett nunca tiene la suficiente prudencia. Podría haber salido herido.
Jacob resopló.
—Así que tu vampiro te dijo que los atacamos sin razón y que su aquelarre, totalmente inocente...
—No —le interrumpí—. Edward me contó la misma historia, sólo que sin tantos detalles.
—Ah —dijo Jacob entre dientes y se inclinó para coger una piedra entre los millones de guijarros que teníamos a los pies. Con un giro casual, la mandó volando sus buenos cien metros hacia las aguas de la bahía—. Bueno, ella regresará, supongo. Y volveremos a tenerla a tiro.
Me encogí de hombros; ya lo creo que volvería, pero ¿de veras me lo contaría Edward la próxima vez? No estaba segura. Debía mantener vigilada a Alice en busca de los síntomas indicadores de que el patrón de comportamiento volvía a repetirse...
Jacob no pareció darse cuenta de mi reacción. Estaba sumido en la contemplación de las olas con los gruesos labios apretados y una expresión pensativa en la cara.
—¿En qué estás pensando? —le pregunté después de un buen rato en silencio.
—Le doy vueltas a lo que me has dicho hace un rato. En cuando la adivina te vio saltando del acantilado y pensó que querías suicidarte, y en cómo a partir de aquello todo se descontroló... ¿Te das cuenta de que, si te hubieras limitado a esperarme, como se supone que tenías que hacer, entonces la chup... Alice no habría podido verte saltar? Nada habría cambiado. Probablemente, los dos estaríamos ahora en mi garaje, como cualquier otro sábado. No habría ningún vampiro en Forks y tú y yo... —dejó que su voz se apagara, perdido en sus pensamientos.
Era desconcertante su forma de ver la situación, como si fuera algo bueno que no hubiera vampiros en Forks. Mi corazón comenzó a latir arrítmicamente ante el vacío que sugería la imagen.
—Edward hubiera regresado de todos modos.
—¿Estás segura de eso? —me preguntó otra vez, volviendo a su aptitud beligerante en cuanto mencioné el nombre de Edward.
—Estar separados... no nos va bien a ninguno de los dos.
Comenzó a decir algo, algo violento a juzgar por su expresión, pero enmudeció de pronto, tomó aliento y empezó de nuevo.
—¿Sabías que Sam está muy enfadado contigo?
—¿Conmigo? —me llevó entenderlo un segundo—. Ah, ya. Cree que se habrían mantenido apartados si yo no estuvie-aquí.
—No. No es por eso.
—¿Cuál es el problema entonces?
Jacob se inclinó para tomar otra roca. Le dio vueltas una y otra vez, entre los dedos. No le quitaba ojo a la piedra negra mientras hablaba en voz baja.
—Cuando Sam vio... en qué estado estabas al principio, cuando Billy les contó lo preocupado que estaba Charlie porque no mejorabas y entonces, cuando empezaste a saltar de los acantilados...
Puse mala cara. Nadie iba a dejar nunca que me olvidara de eso.
Los ojos de Jacob me miraron de hito en hito.
—Pensamos que tú eras la única persona en el mundo que tenía tanta razón para odiar a los Cullen como él. Sam se siente... traicionado porque los volvieras a dejar entrar en tu vida, como si jamás te hubieran hecho daño.
No me creí ni por un segundo que Sam fuera el único que se sintiera de ese modo, y por tanto, el tono ácido de mi respuesta iba dirigido a ambos.
—Puedes decirle a Sam que se vaya a...
—Mira eso —Jacob me interrumpió señalándome a un águila en el momento en que se lanzaba en picado hacia el océano desde una altura increíble. Recuperó el control en el último minuto, y sólo sus garras rozaron la superficie de las olas, apenas durante un instante. Después volvió a aletear, con las alas tensas por el esfuerzo de cargar con el peso del pescado enorme que acababa de pescar—. Lo ves por todas partes —dijo con voz repentinamente distante—. La naturaleza sigue su curso, cazador y presa, el círculo infinito de la vida y la muerte.
No entendía el sentido del sermón de la naturaleza; supuse que sólo quería cambiar el tema de la conversación, pero entonces se volvió a mirarme con un negro humor en los ojos.
—Y desde luego, no verás al pez intentando besar al águila. Jamás verás eso —sonrió con una mueca burlona.
Le devolví la sonrisa, una sonrisa tirante, porque aún tenía un sabor ácido en la boca.
—Quizás el pez lo está intentando —le sugerí—. Es difícil saber lo que piensa un pez. Las águilas son unos pájaros bastante atractivos, ya sabes.
—¿A eso es a lo que se reduce todo? —su voz se volvió aguda—. ¿A tener un buen aspecto?
—No seas estúpido, Jacob.
—Entonces, ¿es por el dinero? —insistió.
—Estupendo —murmuré, levantándome del árbol—. Me halaga que pienses eso de mí —le di la espalda y me marché.
—Oh, venga, no te pongas así —estaba justo detrás de mí; me cogió de la cintura y me dio una vuelta—. ¡Lo digo en serio!, intento entenderte y me estoy quedando en blanco.
Frunció el ceño enfadado y sus ojos se oscurecieron enquistados entre sombras.
—-Le amo. ¡Y no porque sea guapo o rico! —le escupí las palabras a la cara—. Preferiría que no fuera ni lo uno ni lo otro. Incluso te diría que eso podría ser un motivo para abrir una brecha entre nosotros, pero no es así, porque siempre es la persona más encantadora, generosa, brillante y decente que me he encontrado jamás. Claro que le amo. ¿Por qué te resulta tan difícil de entender?
—Es imposible de comprender.
—Por favor, ilumíname, entonces, Jacob —dejé que el sarcasmo fluyera denso—. ¿Cuál es la razón válida para amar a alguien? Como dices que lo estoy haciendo mal...
—Creo que el mejor lugar para empezar sería mirando dentro de tu propia especie. Eso suele funcionar.
—¡Eso es... asqueroso! —le respondí con brusquedad—. Supongo que debería estar loca por Mike Newton después de todo.
Jacob se estremeció y se mordió el labio. Pude ver que mis palabras le habían herido, pero yo estaba demasiado enfadada para sentirme mal por ello.
Me soltó la muñeca y cruzó los brazos sobre el pecho, volviéndose para mirar hacia el océano.
—Yo soy humano —susurró, con voz casi inaudible.
—No eres tan humano como Mike —continué sin piedad—. ¿Sigues pensando que es la consideración más importante?
—No es lo mismo —Jacob no apartó los ojos de las olas grises—. Yo no he escogido esto.
Me eché a reír incrédula.
—¿Y crees que Edward sí? Él no sabía lo que le estaba ocurriendo más que tú. Él no eligió esto.
Jacob cabeceó de atrás adelante con un movimiento rápido y corto.
—¿Sabes, Jacob?, es terrible por tu parte que pretendas sentirte moralmente superior, considerando que tú eres un licántropo.
—No es lo mismo —repitió él, mirándome con el ceño fruncido.
—No veo por qué no. Podrías ser un poquito más comprensivo con los Cullen. No tienes idea de lo buenos que son, pero buenos de verdad, Jacob.
Frunció el ceño más profundamente.
—No deberían existir. Su existencia va contra la naturaleza.
Le miré con fijeza durante un largo rato, con una ceja alzada, llena de incredulidad. Pasó un tiempo hasta que se dio cuenta.
—¿Qué?
—Hablando de algo antinatural... —insinué.
—Bella —me dijo, con la voz baja, y algo diferente. Envejecida. Me di cuenta de que, de repente, sonaba mucho mayor que yo, como un padre o un profesor—. Lo que yo soy ha nacido conmigo. Es parte de mi naturaleza, de mi familia, de lo que todos somos como tribu, es la razón por la cual todavía estamos aquí. Aparte de eso —bajó la vista para mirarme, con sus ojos oscuros inescrutables—, sigo siendo humano.
Me cogió la mano y la presionó contra su pecho ardiente como la fiebre. A través de su camiseta, pude sentir el rápido latido de su corazón contra mi mano.
—Los humanos normales no arrojan motos por ahí, como haces tú.
Él sonrió ligeramente, con una media sonrisa.
—Los humanos normales huyen de los monstruos, Bella. Y nunca he proclamado ser normal. Sólo humano.
Continuar enfadada con Jacob resultaba muy cansado. Empecé a sonreír mientras retiraba la mano de su pecho.
—La verdad es que me pareces humano del todo —concedí—. Al menos de momento.
—Me siento humano.
Miró a lo lejos, y volvió el rostro. Le tembló el labio inferior y se lo mordió con fuerza.
—Oh, Jake —murmuré al tiempo que buscaba su mano.
Esa era la razón por la que estaba aquí. Ésa era la razón por la que no me importaba quedarme, fuera cual fuera la recepción que me esperase al regresar. Porque bajo toda esa ira y ese sarcasmo, Jacob sufría. Justo ahora, lo estaba viendo en sus ojos. No sabía ayudarle, pero sabía que tenía que intentarlo. No era por todo lo que le debía, sino porque su pena me dolía a mí también.
Jacob se había convertido en parte de mí y no había nada que pudiera cambiar eso.
Yo sabía que no había cambiado nada sustancial. Vale, Victoria no se había rendido, pero ¿acaso había esperado yo alguna vez que fuera de otro modo? Su reaparición sólo había confirmado lo que ya sabía, No tenía motivo para asustarme como si fuera algo nuevo.
Eso en teoría. Porque no sentir pánico es algo más fácil de decir que de hacer.
Solo quedaban unas pocas semanas para la graduación, pero me preguntaba si no era un poco estúpido quedarme sentada, débil y apetecible, esperando el próximo desastre. Parecía demasiado peligroso continuar siendo humana, como si estuviera atrayendo conscientemente peligro. Una persona con mi suerte debía ser un poquito menos vulnerable.
Pero nadie me escucharía.
Carlisle había dicho:
—Somos siete, Bella, y con Alice de nuestro lado, dudo que Victoria nos pueda sorprender con la guardia baja. Pienso que es importante, por el bien de Charlie, que nos atengamos al plan original.
Ksme había apostillado:
—No dejaremos nunca que te pase nada malo, cielo. Ya lo sabes. Por favor, no te pongas nerviosa —y luego me había besado en la frente.
Emmett había continuado:
—Estoy muy contento de que Edward no te haya matado. Todo es mucho más divertido contigo por aquí.
Rosalie le había mirado con cara de pocos amigos.
Alice había puesto los ojos en blanco para luego agregar:
—Me siento ofendida. ¿Verdad que no estás preocupada por esto? ¿a que no?
—Si no era para tanto, entonces, ¿por qué me llevó Edward a Florida? —inquirí.
—Pero ¿no te has dado cuenta todavía, Bella, de que Edward es un poquito dado a reaccionar de forma exagerada?
Jasper, silenciosamente, había borrado todo el pánico y la tensión de mi cuerpo con su curiosa habilidad para controlar las atmósferas emocionales. Me sentí más tranquila y los dejé convencerme de lo innecesario de mi desesperada petición.
Pero claro, toda esa calma desapareció en el momento en que Edward y yo salimos de la habitación.
Así que el acuerdo consistía en que lo mejor que podía hacer era olvidarme de que un vampiro desquiciado quería cazarme para matarme. Y ocuparme de mis asuntos.
Y lo intenté. Y de modo sorprendente, había otras cosas casi tan estresantes en las que concentrarse como mi rango dentro de la lista de especies amenazadas...
Porque la respuesta de Edward había sido la más frustrante de todas.
—Eso es algo entre tú y Carlisle —había dicho—. Claro, que yo estaría encantado de que fuera algo entre tú y yo en cualquier momento que quisieras, pero ya conoces mi condición —y sonrió angelicalmente.
Agh. Claro que sabía en qué consistía su condición. Edward me había prometido que sería él mismo quien me convirtiera cuando yo quisiera... siempre que me casara con él primero.
Algunas veces me preguntaba si sólo simulaba la incapacidad de leerme la mente. ¿Cómo había llegado a encontrar la única condición que tendría problemas en aceptar? El requisito preciso que me obligaría a tomarme las cosas con más calma.
Habia sido una semana malísima en su conjunto, y aquel día, el pero de todos
Siempre eran días malos cuando se ausentaba Edward. Alice no habia visto nada fuera de lo habitual ese fin de semana, por lo que insistí en que aprovechara la oportunidad para irse con sus hermanos de cacería. Sabía cuánto le aburría cazar las presas cercanas, tan fáciles.
—Ve y diviértete —le insté—. Caza unos cuantos pumas por mí.
Jamas admitiría en su presencia lo mal que sobrellevaba la separación, ya que de nuevo volvían las pesadillas de la época del abandono. Si él lo hubiera sabido, le habría hecho sentirse fatal y le hubiera dado miedo dejarme, incluso aunque fuera por la más necesaria de las razones. Así había sido al principio, cuando represamos de Italia. Sus ojos dorados se habían tornado negros y sufría por culpa de la sed más de lo normal. Por eso, ponía cara de valiente y hacía de todo, salvo sacarle a patadas de la casa, cada vez que Emmett y Jasper querían marcharse.
Sin embargo, a veces me daba la sensación de que veía dentro de mí. Al menos un poco. Esa mañana había encontrado una nota en mi almohada.
Volveré tan pronto que no tendrás tiempo de echarme de menos. Cuida de mi corazón… lo he dejado contigo.
Así que ahora tenía todo un sábado entero sin nada que hacer salvo mi turno de la mañana en la tienda de ropa Newton's Olympie para distraerme. Y claro, esa promesa tan reconfortante de Alice.
—Cazaré cerca de aquí. Si me necesitas, estoy sólo a quince minutos. Estaré pendiente por si hay problemas.
Traducción: no intentes nada divertido sólo porque no esté Edward.
Ciertamente, Alice era tan capaz de fastidiarme el coche como Edward.
Intenté mirarlo por el lado positivo. Después del trabajo, había hecho planes con Angela para ayudarle con sus tarjetas de graduación, de modo que estaría distraída. Y Charlie estaba de un humor excelente debido a la ausencia de mi novio, así que convenía disfrutar de esto mientras durara. Alice pasaría la noche conmigo si yo me sentía tan patética como para pedírselo, y mañana Edward ya estaría de vuelta. Sobreviviría.
No quería llegar a trabajar ridiculamente temprano, y me tomé el desayuno masticando muy despacio cada cucharada de cereales Cheerio. Entonces, una vez que hube lavado los platos, coloqué los imanes del frigorífico en una línea perfecta. Quizás estuviera desarrollando un trastorno obsesivo-compulsivo.
Los últimos dos imanes, un par de utilitarias piezas redondas y negras, que eran mis favoritas porque podían sujetar diez hojas de papel en el frigorífico, no querían cooperar con mi fijación. Tenían polaridades inversas; cada vez que intentaba ponerlas en fila, al colocar la última, la otra saltaba fuera de su sitio.
Por algún motivo una manía en ciernes, quizá , eso me sacaba de quicio. ¿Por qué no podían comportarse como es debido? De una forma tan estúpida como terca, continué alineándolas como si esperase una repentina rendición. Podría haber puesto una más arriba, pero sentía que eso equivalía a perder. Finalmente, más desesperada por mi comportamiento que por los imanes, los cogí del frigorífico y los sostuve juntos, uno en cada mano. Me costó un poco, ya que eran lo bastante fuertes como para presentar batalla, pero conseguí que coexistieran uno al lado del otro.
—Ya veis —esto de hablarle a los objetos inanimados no podía ser síntoma de nada bueno—. Tampoco es tan malo, ¿a que no?
Permanecí allí quieta durante un segundo, incapaz de admitir que no estaba teniendo ningún éxito a largo plazo contra los principios científicos. Entonces, con un suspiro, volví a colocar los imanes en el frigorífico, a un palmo de distancia.
—No hay necesidad de ser tan inflexible —murmuré.
Todavía era muy temprano, pero decidí que lo mejor sería salir de la casa antes de que los objetos inanimados comenzaran a contestarme.
Cuando llegué a Newtons Olympic, Mike pasaba la mopa de forma metódica por los pasillos mientras su madre acondicionaba un nuevo escaparate en el mostrador. Los pillé en mitad de una disputa, aunque no se dieron cuenta de mi llegada.
—Pero es el único momento en que Tyler puede ir —se quejaba Mike—. Dijiste que después de la graduación...
—Pues vais a tener que esperar —repuso la señora Newton con brusquedad—. Tyler y tú ya podéis empezar a pensar en otra cosa. No vas a ir a Seattle hasta que la policía solucione lo que esta pasando, sea lo que sea. Ya sé que Betty Crowley le ha dicho lo mismo aTyler, así que no me vengas con que yo soy la mala de la película. Oh, buenos días, Bella —me dijo cuando se dio cuenta de que había entrado, alegrando su tono rápidamente—. Has llegado temprano.
Karen Newton era la última persona que podrías imaginar trabajando en un establecimiento de prendas deportivas al aire libre. Llevaba su pelo rubio perfectamente mechado y recogido en un elegante moño bajo a la altura de la nuca, las uñas de las manos pintadas por un profesional, lo mismo que las de los pies, visibles a través de sus altos tacones de tiras que no se parecían en nada a lo que los Newton ofrecían en el largo estante de las botas de montaña.
—Apenas había tráfico —bromeé mientras cogía la horrible camiseta naranja fluorescente de debajo del mostrador. Me sorprendía que la señora Newton estuviera tan preocupada por lo de Seattle como Charlie. Pensé que era sólo él quien se lo había tomado a la tremenda.
—Esto... eh...
La señora Newton dudó por un momento, jugueteando incómoda con el paquete de folletos publicitarios que estaba colocando al lado de la caja registradora.
Ya tenía una mano sobre la camiseta pero me detuve. Conocía esa mirada.
Cuando les hice saber a los Newton que no trabajaría allí ese verano, dejándolos de este modo plantados en la estación con más trabajo, comenzaron a enseñar a Katie Marshall para que ocupara mi lugar. Realmente no podían permitirse mantener los sueldos de las dos a la vez, así que cuando se veía que iba a ser un día tranquilo...
—Te iba a llamar —continuó la señora Newton—. No creo que vayamos a tener hoy mucho trabajo. Creo que podremos apañarnos entre Mike y yo. Siento que te hayas tenido que levantar y conducir hasta aquí.
En un día normal, este giro de los acontecimientos me habría hecho entrar en éxtasis, pero hoy... no tanto.
—Vale —suspiré. Se me hundieron los hombros. ¿Qué iba a hacer ahora?
—Eso no está bien, mamá —repuso Mike—. Si Bella quiere trabajar...
—No, no pasa nada, señora Newton. De verdad, Mike. Tengo examenes finales para los que debo estudiar y otras cosas... —no quería ser una fuente de discordia familiar cuando ya les había sorprendido discutiendo.
—Gracias, Bella. Mike, te has saltado el pasillo cuatro. Esto, Bella ¿no te importaría tirar estos folletos en un contenedor cuando te vayas? Le dije a la chica que los dejó aquí que los pondría en el mostrador, pero la verdad es que no tengo espacio.
—Vale, sin problemas.
Guardé la camiseta y me puse los folletos debajo del brazo, para salir de nuevo al exterior, donde lloviznaba. EI contenedor estaba al otro lado de Newton's Olympic, cerca de donde se suponía que aparcábamos los empleados. Caminé sin dirección precisa hacia allá, enfurruñada, dándole patadas a las piedras. Estaba a punto de tirar el paquete de brillantes papeles amarillos a la basura cuando captó mi interés el título impreso en negrita en la parte superior. Fue una palabra en especial la que me IIamó la atención.
Cogí los papeles entre las dos manos mientras miraba la imagen bajo el título. Se me hizo un nudo en la garganta.
SALVEMOS AL LOBO DE LA PENÍNSULA OLYMPIC
Majo las palabra había un dibujo detallado de un lobo frente a un abeto, con la cabeza echada hacia atrás aullándole a la luna. Era una imagen desconcertante; algo en la postura quejosa del lobo le hacía parecer desamparado. Como si estuviera aullando de pena.
Y luego eché a correr hacia mi coche, con los folletos aún sucios con firmeza en la mano.
Quince minutos, eso era cuanto tenía, pero bastaría. Sólo había quince minutos hasta La Push y seguramente cruzaría la frontera unos cuantos minutos antes de llegar al pueblo.
El coche arrancó sin ninguna dificultad.
Alice no podría estar viéndome hacer esto porque no lo había planeado. Una decisión repentina, ¡ésa era la clave!, y podría sacarle provecho si conseguía moverme con suficiente rapidez.
Con la prisa, arrojé los papeles húmedos al asiento del pasajero, donde se desparramaron en un brillante desorden, cien títulos en negrita, cien lobos negros aullándole a la luna, recortados contra el fondo amarillo.
Iba a toda pastilla por la autopista mojada, con los limpiaparabrisas a tope y sin hacerle caso al rugido del viejo motor. Lo máximo que podía sacarle a mi coche eran unos noventa por hora y recé para que fuera suficiente.
No tenía idea de dónde estaba la frontera, pero empecé a sentirme más segura cuando pasé las primeras casas en las afueras de La Push. Seguro que esto era lo más lejos que se le permitía llegar a Alice.
La telefonearía cuando llegara a casa de Angela por la tarde, me dije para mis adentros, para hacerle saber que me encontraba bien. No había motivo para que se preocupara. No necesitaba enfadarse conmigo, porque Edward ya estaría suficientemente furioso por los dos a su regreso.
Mi coche iba ya resollando cuando chirriaron los frenos al parar frente a la familiar casa de color rojo desvaído. Se me volvió a hacer un nudo en la garganta al mirar aquel pequeño lugar que una vez había sido mi refugio. Había pasado tanto tiempo desde que había estado aquí.
Antes de que pudiera parar el motor, Jacob ya estaba en la puerta, con el rostro demudado por la sorpresa.
En el silencio repentino que se hizo después de que el rugido del motor se detuviera, oí su respiración entrecortada.
—¿Bella?
—¡Hola, Jake!
—¡Bella! —gritó en respuesta y la sonrisa que había estado esperando atravesó su rostro como el sol en un día nublado. Los dientes relampaguearon contra su piel cobriza—. ¡No me lo puedo creer!
corrió hacia el coche, me sacó casi en volandas a través de la puerta abierta, y nos pusimos a saltar como niños.
—¿Cómo has llegado hasta aquí?
—¡Me he escapado!
—¡Impresionante!
—¡Hola, Bella! —Billy impulsó su silla hacia la entrada para ver a qué se debía toda aquella conmoción.
—¡Hola, Bill...!
Y en ese momento me quedé sin aire. Jacob me había sepultado en un abrazo gigante, tan fuerte, que no podía respirar y me daba vueltas en círculo.
—¡Guau, es estupendo tenerte aquí!
—No puedo... respirar —jadeé.
Él se rió y me puso en el suelo.
—Bienvenida de nuevo, Bella —me dijo con una sonrisa.
Y el modo en que lo dijo me sonó como «bienvenida a casa».
Empezamos a andar, demasiado nerviosos ante la perspectiva de quedarnos sentados dentro de la casa. Jacob iba prácticamente saltando mientras andaba y le tuve que recordar unas cuantas veces que yo no tenía piernas de tres metros.
Mientras caminábamos, sentí cómo me transformaba en otra versión de mí misma, la que era cuando estaba con Jacob. Algo más joven, y también algo más irresponsable. Alguien que haría, en alguna ocasión, algo realmente estúpido sin motivo aparente.
Nuestra euforia duró los primeros temas de conversación que abordamos: qué estábamos haciendo, qué queríamos hacer, cuánto tiempo tenía y qué me había traído hasta allí. Cuando le conté lo del folleto del lobo, de forma vacilante, su risa ruidosa hizo eco entre los árboles.
Pero entonces, cuando paseábamos detrás de la tienda y atravesamos los matorrales espesos que bordeaban el extremo más lejano de la playa Primera, llegamos a las partes más difíciles de la conversación. Desde muy pronto tuvimos que hablar de las razones de nuestra larga separación y observé cómo el rostro de mi amigo se endurecía hasta formar la máscara amarga que ya me resultaba tan familiar.
—Bueno, ¿y de qué va esto en realidad? —me preguntó Jacob, pateando un trozo de madera de deriva fuera de su camino con una fuerza excesiva. Saltó sobre la arena y luego se estampó contra las rocas—. O sea, que desde la última vez que... bueno, antes, ya sabes... —luchó para encontrar las palabras. Aspiró un buen trago de aire y lo intentó de nuevo—. Lo que quiero decir es que... ¿simplemente todo ha vuelto al mismo lugar que antes de que él se fuera? ¿Se lo has perdonado todo?
Yo también inspiré con fuerza.
—No había nada que disculpar.
Me habría gustado saltarme toda esta parte, las traiciones y las acusaciones, pero sabía que teníamos que hablar de todo esto antes de que fuéramos capaces de llegar a algún otro lado.
El rostro de Jacob se crispó como si acabara de chupar un limón.
—Desearía que Sam te hubiera tomado una foto cuando te encontramos aquella noche de septiembre. Sería la prueba A.
—No estamos juzgando a nadie.
—Pues quizá deberíamos hacerlo.
—Ni siquiera tú le culparías por marcharse, si conocieras sus motivos.
Me miró fijamente durante unos instantes.
—Está bien —me retó con amargura—. Sorpréndeme.
Su hostilidad me caía encima, quemándome en carne viva. Me dolía que estuviera enfadado conmigo. Me recordó aquella tarde gris y deprimente, hacía mucho ya, cuando, cumpliendo órdenes de Sam, me dijo que no podíamos seguir siendo amigos. Me llevó un momento recobrar la compostura.
—Edward me dejó el pasado otoño porque pensaba que yo no debía salir con vampiros. Pensó que sería mejor para mí si él se marchaba.
Jacob tardó en reaccionar. Luchó consigo mismo durante unos minutos. Lo que fuera que tenía planeado decir, claramente, había dejado de tener sentido. Me alegraba de que no supiera lo que había precipitado la decisión de Edward. Me podía imaginar qué habría pensado de haber sabido que Jasper intentó matarme.
—Pero volvió, ¿no? —susurró Jacob—. Parece que le cuesta atenerse a sus propias decisiones.
—Si recuerdas bien, fui yo la que corrió tras él y le trajo de vuelta.
Jacob me miró con fijeza durante un momento y después me dio la espalda. Relajó el rostro y su voz se había vuelto más tranquila cuando volvió a hablar.
—Eso es cierto, pero nunca supe la historia. ¿Qué fue lo que pasó?
Yo dudaba y me mordí el labio.
—¿Es un secreto? —su voz se tornó burlona— ¿No me lo puedes contar?
—No —contesté con brusquedad—. Además, es una historia realmente larga.
El sonrió con arrogancia, se giró y echó a caminar por la playa, esperando que le siguiera.
No tenía nada de gracioso estar con él si se iba a comportar de ese modo. Le seguí de manera automática, sin saber si no sería mejor dar media vuelta y dejarle. Aunque tendría que enfrentarme con Alice cuando regresara a casa... Así que pensándolo bien, en realidad no tenía tanta prisa.
Jacob llegó hasta un enorme y familiar tronco de madera, un árbol entero con sus raíces y todo, blanqueado y profundamente hundido en la arena; de algún modo, era nuestro árbol.
Se sentó en aquel banco natural y dio unas palmaditas en el sitio que había a su lado.
—No me importa que las historias sean largas. ¿Hay algo de acción?
Puse los ojos en blanco mientras me sentaba a su lado.
—La hay —concedí.
—No puede haber miedo de verdad si no hay un poco de acción.
—¡Miedo! —me burlé—. ¿Vas a escuchar o te vas a pasar todo el rato interrumpiéndome para hacer comentarios groseros sobre mis amigos?
Hizo como que se cerraba los labios con llave y luego como que tiraba la llave invisible sobre su hombro. Intenté no sonreír, pero no lo conseguí.
—Tengo que empezar con cosas que pasaron cuando tú estabas —decidí mientras intentaba organizar las historias en mi mente antes de comenzar.
Jacob alzó una mano.
—Adelante. Eso está bien —añadió él—. No entendí la mayor parte de lo que pasó entonces.
—Ah, vale, estupendo; es un poco complicado, así que presta atención. ¿Sabes ya que Alice tiene visiones?
Interpreté que su ceño fruncido era una respuesta afirmativa, ya que a los hombres lobo no les impresionaba que fuera verdad la leyenda de los poderes sobrenaturales de los vampiros, así que procedí con el relato de mi carrera a través de Italia para rescatar a Edward.
Intenté resumir lo más posible, sin dejarme nada esencial. Al mismo tiempo, me esforcé en interpretar las reacciones de Jacob, pero su rostro era inescrutable mientras le explicaba que Alice había visto los planes de Edward para suicidarse cuando escuchó que yo había muerto. Algunas veces Jacob parecía ensimismarse en sus pensamientos, tanto que ni siquiera estaba segura de que me estuviera escuchando. Sólo me interrumpió una vez.
—¿La adivina chupasangres no puede vernos? —repitió, en su rostro una expresión feroz y llena de alegría—. ¿En serio? ¡Eso es magnífico!
Apreté los dientes y nos quedamos sentados en silencio, con su cara expectante mientras esperaba que continuase. Le miré fijamente hasta que se dio cuenta de su error.
—¡Oops! —exclamó—. Lo siento —y cerró la boca otra vez.
Su respuesta fue más fácil de comprender cuando llegamos a la parte de los Vulturis. Apretó los dientes, se le pusieron los brazos con carne de gallina y se le agitaron las aletas de la nariz. No entré en detalles, pero le conté que Edward nos había sacado del problema, sin revelar la promesa que habíamos tenido que hacer ni la visita que estábamos esperando. Jacob no necesitaba participar de mis pesadillas.
—Ahora ya conoces toda la historia —concluí—. Es tu turno para hablar. ¿Qué ha ocurrido mientras yo pasaba este fin de semana con mi madre?
Sabía que Jacob me proporcionaría más detalles que Edward. No temía asustarme. Se inclinó hacia delante, animado al momento.
—Embry, Quil y yo estábamos de patrulla el sábado por la noche, sólo algo rutinario, cuando allí estaba, saliendo de ninguna parte, ¡bum!, una pista fresca, que no tenía ni quince minutos —alzó los brazos y remedó una explosión—. Sam quería que le esperásemos, pero yo ignoraba que tú te habías ido y no sabía si tus chupasangres estaban vigilando o no. Así que salimos en su persecución a toda velocidad, pero cruzó la línea del tratado antes de que pudiéramos cogerla. Nos dispersamos por la línea esperando que volviera a cruzarla. Fue frustrante, te lo juro —movió la cabeza y el pelo, que ya le había crecido desde que se lo había rapado tan corto cuando se unió a la manada, le cayó sobre los ojos—. Nos fuimos demasiado hacia el sur y los Cullen la persiguieron hacia nuestro sitio, pero sólo a unos cuantos kilómetros al norte de nuestra posición. Habría sido la emboscada perfecta si hubiéramos sabido dónde esperar.
Sacudió la cabeza, haciendo ahora una mueca.
—Entonces fue cuando la cosa se puso peligrosa. Sam y los otros le cogieron el rastro antes de que llegáramos, pero ella iba de un lado a otro de la línea y el aquelarre en pleno estaba al otro lado. El grande, ¿cómo se llama...?
—Emmett.
—Ese, bueno, pues él arremetió contra ella, pero ¡qué rápida es esa pelirroja! Voló detrás de ella y casi se estrella contra Paul. Y ya sabes, Paul... bueno, ya le conoces.
—Sí.
—Se le fue la olla. No puedo decir que le culpe, tenía al chupasangres grandote justo encima de él. Así que saltó... Eh, no me mires así. El vampiro estaba en nuestro territorio.
Intenté recomponer mi expresión para que continuara con su relato. Tenía las uñas clavadas en las palmas de las manos con la tensión de la historia, incluso sabiendo que había terminado bien.
—De cualquier modo, Paul falló y el grandullón regresó a su sitio, pero entonces, esto, la, eh, bien, la rubia...
La expresión de Jacob era una mezcla cómica de disgusto y reacia admiración mientras intentaba encontrar una palabra para describir a la hermana de Edward.
—Rosalie.
—Como quieras. Se había vuelto realmente territorial, así que Sam y yo nos retrasamos para cubrir los flancos de Paul. Entonces su líder y el otro macho rubio...
—Carlisle y Jasper.
Me miró algo exasperado.
—Ya sabes que me da igual cómo se llamen. Como sea, Carlisle habló con Sam en un intento de calmar las cosas. Y fue bastante extraño porque la verdad es que todo el mundo se tranquilizó muy rápido. Creo que fue ese otro que dices, que nos hizo algo raro en la cabeza, pero aunque sabíamos lo que estaba haciendo, no podíamos dejar de estar tranquilos.
—Ah, sí, ya sé cómo se siente uno.
—Realmente cabreado, así es como se siente uno. Sólo que no estás enfadado del todo, al final —sacudió la cabeza, confundido—. Así que Sam y el vampiro líder acordaron que la prioridad era Victoria y volvimos a la caza otra vez. Carlisle nos dio la pista de modo que pudimos seguir el rastro correcto, pero entonces tomó el camino de los acantilados justo al norte del territorio de los makah, donde la frontera discurre pegada a la costa durante unos cuantos kilómetros. Así que se metió en el agua otra vez. El grandullón y el tranquilo nos pidieron permiso para cruzar la frontera y perseguirla, pero se lo denegamos, como es lógico.
—Estupendo. Quiero decir que vuestro comportamiento me parece estúpido, pero estoy contenta. Emmett nunca tiene la suficiente prudencia. Podría haber salido herido.
Jacob resopló.
—Así que tu vampiro te dijo que los atacamos sin razón y que su aquelarre, totalmente inocente...
—No —le interrumpí—. Edward me contó la misma historia, sólo que sin tantos detalles.
—Ah —dijo Jacob entre dientes y se inclinó para coger una piedra entre los millones de guijarros que teníamos a los pies. Con un giro casual, la mandó volando sus buenos cien metros hacia las aguas de la bahía—. Bueno, ella regresará, supongo. Y volveremos a tenerla a tiro.
Me encogí de hombros; ya lo creo que volvería, pero ¿de veras me lo contaría Edward la próxima vez? No estaba segura. Debía mantener vigilada a Alice en busca de los síntomas indicadores de que el patrón de comportamiento volvía a repetirse...
Jacob no pareció darse cuenta de mi reacción. Estaba sumido en la contemplación de las olas con los gruesos labios apretados y una expresión pensativa en la cara.
—¿En qué estás pensando? —le pregunté después de un buen rato en silencio.
—Le doy vueltas a lo que me has dicho hace un rato. En cuando la adivina te vio saltando del acantilado y pensó que querías suicidarte, y en cómo a partir de aquello todo se descontroló... ¿Te das cuenta de que, si te hubieras limitado a esperarme, como se supone que tenías que hacer, entonces la chup... Alice no habría podido verte saltar? Nada habría cambiado. Probablemente, los dos estaríamos ahora en mi garaje, como cualquier otro sábado. No habría ningún vampiro en Forks y tú y yo... —dejó que su voz se apagara, perdido en sus pensamientos.
Era desconcertante su forma de ver la situación, como si fuera algo bueno que no hubiera vampiros en Forks. Mi corazón comenzó a latir arrítmicamente ante el vacío que sugería la imagen.
—Edward hubiera regresado de todos modos.
—¿Estás segura de eso? —me preguntó otra vez, volviendo a su aptitud beligerante en cuanto mencioné el nombre de Edward.
—Estar separados... no nos va bien a ninguno de los dos.
Comenzó a decir algo, algo violento a juzgar por su expresión, pero enmudeció de pronto, tomó aliento y empezó de nuevo.
—¿Sabías que Sam está muy enfadado contigo?
—¿Conmigo? —me llevó entenderlo un segundo—. Ah, ya. Cree que se habrían mantenido apartados si yo no estuvie-aquí.
—No. No es por eso.
—¿Cuál es el problema entonces?
Jacob se inclinó para tomar otra roca. Le dio vueltas una y otra vez, entre los dedos. No le quitaba ojo a la piedra negra mientras hablaba en voz baja.
—Cuando Sam vio... en qué estado estabas al principio, cuando Billy les contó lo preocupado que estaba Charlie porque no mejorabas y entonces, cuando empezaste a saltar de los acantilados...
Puse mala cara. Nadie iba a dejar nunca que me olvidara de eso.
Los ojos de Jacob me miraron de hito en hito.
—Pensamos que tú eras la única persona en el mundo que tenía tanta razón para odiar a los Cullen como él. Sam se siente... traicionado porque los volvieras a dejar entrar en tu vida, como si jamás te hubieran hecho daño.
No me creí ni por un segundo que Sam fuera el único que se sintiera de ese modo, y por tanto, el tono ácido de mi respuesta iba dirigido a ambos.
—Puedes decirle a Sam que se vaya a...
—Mira eso —Jacob me interrumpió señalándome a un águila en el momento en que se lanzaba en picado hacia el océano desde una altura increíble. Recuperó el control en el último minuto, y sólo sus garras rozaron la superficie de las olas, apenas durante un instante. Después volvió a aletear, con las alas tensas por el esfuerzo de cargar con el peso del pescado enorme que acababa de pescar—. Lo ves por todas partes —dijo con voz repentinamente distante—. La naturaleza sigue su curso, cazador y presa, el círculo infinito de la vida y la muerte.
No entendía el sentido del sermón de la naturaleza; supuse que sólo quería cambiar el tema de la conversación, pero entonces se volvió a mirarme con un negro humor en los ojos.
—Y desde luego, no verás al pez intentando besar al águila. Jamás verás eso —sonrió con una mueca burlona.
Le devolví la sonrisa, una sonrisa tirante, porque aún tenía un sabor ácido en la boca.
—Quizás el pez lo está intentando —le sugerí—. Es difícil saber lo que piensa un pez. Las águilas son unos pájaros bastante atractivos, ya sabes.
—¿A eso es a lo que se reduce todo? —su voz se volvió aguda—. ¿A tener un buen aspecto?
—No seas estúpido, Jacob.
—Entonces, ¿es por el dinero? —insistió.
—Estupendo —murmuré, levantándome del árbol—. Me halaga que pienses eso de mí —le di la espalda y me marché.
—Oh, venga, no te pongas así —estaba justo detrás de mí; me cogió de la cintura y me dio una vuelta—. ¡Lo digo en serio!, intento entenderte y me estoy quedando en blanco.
Frunció el ceño enfadado y sus ojos se oscurecieron enquistados entre sombras.
—-Le amo. ¡Y no porque sea guapo o rico! —le escupí las palabras a la cara—. Preferiría que no fuera ni lo uno ni lo otro. Incluso te diría que eso podría ser un motivo para abrir una brecha entre nosotros, pero no es así, porque siempre es la persona más encantadora, generosa, brillante y decente que me he encontrado jamás. Claro que le amo. ¿Por qué te resulta tan difícil de entender?
—Es imposible de comprender.
—Por favor, ilumíname, entonces, Jacob —dejé que el sarcasmo fluyera denso—. ¿Cuál es la razón válida para amar a alguien? Como dices que lo estoy haciendo mal...
—Creo que el mejor lugar para empezar sería mirando dentro de tu propia especie. Eso suele funcionar.
—¡Eso es... asqueroso! —le respondí con brusquedad—. Supongo que debería estar loca por Mike Newton después de todo.
Jacob se estremeció y se mordió el labio. Pude ver que mis palabras le habían herido, pero yo estaba demasiado enfadada para sentirme mal por ello.
Me soltó la muñeca y cruzó los brazos sobre el pecho, volviéndose para mirar hacia el océano.
—Yo soy humano —susurró, con voz casi inaudible.
—No eres tan humano como Mike —continué sin piedad—. ¿Sigues pensando que es la consideración más importante?
—No es lo mismo —Jacob no apartó los ojos de las olas grises—. Yo no he escogido esto.
Me eché a reír incrédula.
—¿Y crees que Edward sí? Él no sabía lo que le estaba ocurriendo más que tú. Él no eligió esto.
Jacob cabeceó de atrás adelante con un movimiento rápido y corto.
—¿Sabes, Jacob?, es terrible por tu parte que pretendas sentirte moralmente superior, considerando que tú eres un licántropo.
—No es lo mismo —repitió él, mirándome con el ceño fruncido.
—No veo por qué no. Podrías ser un poquito más comprensivo con los Cullen. No tienes idea de lo buenos que son, pero buenos de verdad, Jacob.
Frunció el ceño más profundamente.
—No deberían existir. Su existencia va contra la naturaleza.
Le miré con fijeza durante un largo rato, con una ceja alzada, llena de incredulidad. Pasó un tiempo hasta que se dio cuenta.
—¿Qué?
—Hablando de algo antinatural... —insinué.
—Bella —me dijo, con la voz baja, y algo diferente. Envejecida. Me di cuenta de que, de repente, sonaba mucho mayor que yo, como un padre o un profesor—. Lo que yo soy ha nacido conmigo. Es parte de mi naturaleza, de mi familia, de lo que todos somos como tribu, es la razón por la cual todavía estamos aquí. Aparte de eso —bajó la vista para mirarme, con sus ojos oscuros inescrutables—, sigo siendo humano.
Me cogió la mano y la presionó contra su pecho ardiente como la fiebre. A través de su camiseta, pude sentir el rápido latido de su corazón contra mi mano.
—Los humanos normales no arrojan motos por ahí, como haces tú.
Él sonrió ligeramente, con una media sonrisa.
—Los humanos normales huyen de los monstruos, Bella. Y nunca he proclamado ser normal. Sólo humano.
Continuar enfadada con Jacob resultaba muy cansado. Empecé a sonreír mientras retiraba la mano de su pecho.
—La verdad es que me pareces humano del todo —concedí—. Al menos de momento.
—Me siento humano.
Miró a lo lejos, y volvió el rostro. Le tembló el labio inferior y se lo mordió con fuerza.
—Oh, Jake —murmuré al tiempo que buscaba su mano.
Esa era la razón por la que estaba aquí. Ésa era la razón por la que no me importaba quedarme, fuera cual fuera la recepción que me esperase al regresar. Porque bajo toda esa ira y ese sarcasmo, Jacob sufría. Justo ahora, lo estaba viendo en sus ojos. No sabía ayudarle, pero sabía que tenía que intentarlo. No era por todo lo que le debía, sino porque su pena me dolía a mí también.
Jacob se había convertido en parte de mí y no había nada que pudiera cambiar eso.
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