13 de julio de 2009

Luna Nueva - Capítulo 20: El Veredicto

Nos hallábamos en un corredor de apariencia normal e intensamente iluminado. Las paredes eran de color hueso y el suelo estaba cubierto por alfombras de un gris artificial. Unas luces fluorescentes rectangulares de aspecto corriente jalonaban con regularidad el techo. Agradecí mucho que allí hiciera más calor. Aquel pasillo resultaba muy acogedor después de la penumbra de las siniestras alcantarillas de piedra.
Edward no parecía estar de acuerdo con mi valoración. Lanzó una mirada fulminante y sombría hacia la menuda figura envuelta por un velo de oscuridad que permanecía al final del largo corredor, junto al ascensor.
Tiró de mí para hacerme avanzar y Alice caminó junto a mí, al otro lado. La puerta gruesa crujió al cerrarse de un portazo detrás de nosotros, y luego se oyó el ruido sordo de un cerrojo que se deslizaba de vuelta a su posición.
Jane nos esperaba en el ascensor con gesto de indiferencia e impedía con una mano que se cerrasen las puertas.
Los tres vampiros de la familia de los Vulturis se relajaron más cuando estuvimos dentro del ascensor. Echaron hacia atrás las capas y dejaron que las capuchas cayeran. Felix y Demetri eran de tez ligeramente olivácea, lo que, combinado con su palidez terrosa, les confería una extraña apariencia. Felix tenía el pelo muy corto, mientras que a Demetri le caía en cascada sobre los hombros. El iris de ambos era de un color carmesí intenso que se iba oscureciendo de forma progresiva hasta acercarse a la pupila. Debajo de sus envolturas llevaban ropas modernas, blancas y anodinas. Me acurruqué en una esquina y me mantuve encogida junto a Edward, que me siguió acariciando el brazo con la mano, pero en ningún momento apartó la mirada de Jane.
El viaje en ascensor fue breve. Salimos a una zona que tenía pinta de ser una recepción bastante pija. Las paredes estaban revestidas de madera y los suelos enmoquetados con gruesas alfombras de color verde oscuro. Cuadros enormes de la campiña de la Toscana intensamente iluminados reemplazaban a las ventanas inexistentes. Habían agrupado de forma muy conveniente sofás de cuero de color claro y mesas relucientes encima de las cuales había jarrones de cristal llenos de ramilletes de colores vívidos. El olor de las flores me recordó al de una casa de pompas fúnebres.
Había un mostrador alto de caoba pulida en el centro de la habitación. Miré atónita a la mujer que había detrás.
Era alta, de tez oscura y ojos verdes. Hubiera sido muy hermosa en cualquier otra compañía, pero no allí, ya que era tan humana de los pies a la cabeza como yo. No comprendía qué pintaba allí una mujer, rodeada de vampiros y a sus anchas.
Esbozó una amable sonrisa de bienvenida.
—Buenas tardes, Jane —dijo.
Su rostro no denotó sorpresa alguna cuando echó un vistazo a los acompañantes de Jane, ni a Edward, cuyo pecho desnudo centelleaba tenuemente con destellos blancos, ni siquiera a mí, con el pelo alborotado y de aspecto horrendo en comparación con los demás.
Jane asintió.
—Gianna.
Luego prosiguió hacia un conjunto de puertas de doble hoja situado en la parte posterior de la habitación, y la seguimos.
Felix le guiñó el ojo a Gianna al pasar junto al escritorio y ella soltó una risita tonta.
Nos aguardaba otro tipo de recepción muy diferente al otro lado de las puertas de madera. El joven pálido de traje gris perla podía haber pasado por el gemelo de Jane. Tenía el pelo más oscuro y los labios no eran tan carnosos, pero resultaba igual de encantador. Se acercó a nuestro encuentro, sonrió y le tendió la mano a ella.
—Jane...
—Alec —repuso ella mientras abrazaba al joven. Intercambiaron sendos besos en las mejillas y luego nos miraron a nosotros.
—Te enviaron en busca de uno y vuelves con dos... y medio —rectificó al reparar en mí—. Buen trabajo.
Ella rompió a reír. El sonido era chispeante de puro gozo, similar al arrullo de un bebé.
—Bienvenido de nuevo, Edward —le saludó Alec—. Pareces de mucho mejor humor.
—Ligeramente —admitió Edward con voz monocorde.
Contemplé de refilón el rostro severo de Edward y me pregunté si antes podía haber estado de peor humor. Alec rió entre dientes mientras yo me pegaba a su lado.
—¿Y ésta es la causante de todo el problema? —preguntó con incredulidad.
Edward se limitó a sonreír con expresión desdeñosa. Después, se le heló la sonrisa en los labios.
—¡Me la pido primero! —intervino Felix con suma tranquilidad desde detrás.
Edward se revolvió mientras en lo más profundo de su pecho resonaba un gruñido tenue. Felix sonrió. Su mano estaba levantada, con la palma hacia arriba. Curvó sus dedos dos veces, invitando a Edward a iniciar una pelea.
Alice rozó el brazo de Edward.
—Paciencia —le advirtió.
Intercambiaron una larga mirada y yo deseé poder oír lo que ella le estaba diciendo. Supuse que era todo lo que podían hacer sin atacar a Felix, ya que luego respiró hondo y se volvió hacia Alec, que, como si no hubiera pasado nada, dijo:
—Aro se alegrará de volver a verte.
—No le hagamos esperar —sugirió Jane.
Edward asintió una vez.
Alec y Jane se tomaron de la mano y abrieron el camino por otro corredor amplio y ornamentado... ¿Se acabarían alguna vez?
Ignoraron las puertas del fondo —totalmente revestidas de oro— y se detuvieron a mitad del pasillo para desplazar uno de los paneles y poner al descubierto una sencilla puerta de madera que no estaba cerrada con llave. Alec la mantuvo abierta para que la cruzara Jane.
Quise protestar cuando Edward me «ayudó» a pasar al otro lado de la puerta. Se trataba de un lugar con la misma piedra antigua de la plaza, el callejón y las alcantarillas. Todo estaba frío y oscuro otra vez.
La antecámara de piedra no era grande. Enseguida desembocaba en una estancia enorme, tenebrosa —aunque más iluminada— y totalmente redonda, como la torreta de un gran castillo, que es lo que debía de ser con toda probabilidad. A dos niveles del suelo, las rendijas de un ventanal proyectaban en el piso de piedra haces de luminosidad diurna que dibujaban rectángulos de líneas finas. No había luz artificial. El único mobiliario de la habitación consistía en varios sitiales de madera maciza similares a tronos; estaban colocados de forma dispar, adaptándose a la curvatura de los muros de piedra. Había otro sumidero en el mismo centro del círculo, dentro de una zona ligeramente más baja. Me pregunté si lo usaban como salida, igual que el agujero de la calle.
La habitación no se encontraba vacía. Había un puñado de personas enfrascadas en lo que parecía una conversación informal. Hablaban en voz baja y con calma, originando un murmullo que parecía un zumbido flotando en el aire. Un par de mujeres pálidas vestidas con ropa de verano se detuvieron en una de las zonas iluminadas mientras las estaba observando, y su piel, como si fuera un prisma, arrojó un chisporroteo multicolor sobre las paredes de color siena.
Todos aquellos rostros agraciados se volvieron hacia nuestro grupo en cuanto entramos en la habitación. La mayoría de los inmortales vestía pantalones y camisas que no llamaban la atención, prendas que no hubieran desentonado ahí fuera, en las calles, pero el hombre que habló primero lucía una larga túnica oscura como boca de lobo que llegaba hasta el suelo. Por un momento, llegué a creer que su melena de color negro azabache era la capucha de su capa.
—¡Jane, querida, has vuelto! —gritó con evidente alegría. Su voz era apenas un tenue suspiro.
Avanzó con tal ligereza de movimientos y tanta gracilidad que me quedé embobada, con la boca abierta. No se podía comparar ni siquiera con Alice, cuyos movimientos parecían los de una bailarina.
Mi asombro fue aún mayor cuando flotó cerca de mí y le pude ver la cara. No se parecía a los rostros anormalmente atractivos que le rodeaban —el grupo entero se congregó a su alrededor cuando se aproximó; unos iban detrás, otros le precedían con la atención característica de los escoltas—. Tampoco fui capaz de determinar si su rostro era o no hermoso. Supuse que las facciones eran perfectas, pero se parecía tan poco a los vampiros que se alinearon detrás de él como ellos se asemejaban a mí. La piel era de un blanco traslúcido, similar al papel cebolla, y parecía muy delicada, lo cual contrastaba con la larga melena negra que le enmarcaba el rostro. Sentí el extraño y horripilante impulso de tocarle la mejilla para averiguar si su piel era más suave que la de Edward o la de Alice, o si su tacto se parecía al del polvo o al de la tiza. Tenía los ojos rojos, como los de quienes le rodeaban, pero turbios y empañados. Me pregunté si eso afectaría a su visión.
Se deslizó junto a Jane y le tomó el rostro entre las manos apergaminadas. La besó suavemente en sus labios carnosos y luego levitó un paso hacia atrás.
—Sí, maestro —Jane sonrió. Sus facciones parecieron las de una joven angelical—. Le he traído de regreso y con vida, como deseabas.
—Ay, Jane. ¡Cuánto me conforta tenerte a mi lado! —él sonrió también.
A continuación nos miró a nosotros y la sonrisa centelleó hasta convertirse en un gesto de euforia.
—¡Y también has traído a Alice y Bella! —se regocijó y unió sus manos finas al dar una palmada—. ¡Qué agradable sorpresa! ¡Maravilloso!
Le miré fijamente, muy sorprendida de que pronunciara nuestros nombres de manera informal, como si fuéramos viejos conocidos que se habían dejado caer por allí en una visita sorpresa.
Se volvió a nuestro descomunal escolta.
—Felix, sé bueno y avisa a mis hermanos de quiénes están aquí. Estoy seguro de que no se lo van a querer perder.
—Sí, maestro —asintió Felix, que desapareció por el camino por el que había venido.
—¿Lo ves, Edward? —el extraño vampiro se volvió y le sonrió como si fuera un abuelo venerable que estuviera soltando una reprimenda a su nieto—. ¿Qué te dije yo? ¿No te alegras de que te hayamos denegado tu petición de ayer?
—Sí, Aro, lo celebro —admitió mientras apretaba con más fuerza el brazo con el que rodeaba mi cintura.
—Me encantan los finales felices. Son tan escasos —Aro suspiró—. Eso sí, quiero que me contéis toda la historia. ¿Cómo ha sucedido esto, Alice? —volvió hacia ella los ojos empañados y llenos de curiosidad—. Tu hermano parecía creer que eras infalible, pero al parecer cometiste un error.
—No, no, no soy infalible ni por asomo —mostró una sonrisa deslumbrante. Parecía estar en su salsa, excepto por el hecho de que apretaba con fuerza los puños—. Como habéis podido comprobar hoy, a menudo causo más problemas de los que soluciono.
—Eres demasiado modesta —la reprendió Aro—. He contemplado alguna de tus hazañas más sorprendentes y he de admitir que no había visto a nadie con un don como el tuyo. ¡Maravilloso!
Alice lanzó una breve mirada a Edward que no pasó desapercibida para Aro.
—Lo siento. No nos han presentado como es debido, ¿verdad? Es sólo que siento como si ya te conociera y tiendo a precipitarme. Tu hermano nos presentó ayer de una forma... peculiar. Ya ves, comparto un poco del talento de Edward, sólo que de forma más limitada que la suya. Aro habló con tono envidioso mientras agitaba la cabeza.
—Pero exponencialmente es mucho más poderoso —agregó Edward con tono seco. Miró a Alice mientras le explicaba de forma sucinta—: Aro necesita del contacto físico para «oír» tus pensamientos, pero llega mucho más lejos que yo. Como sabes, sólo soy capaz de conocer lo que pasa por la cabeza de alguien en un momento dado, pero Aro «oye» cualquier pensamiento que esa persona haya podido tener.
Alice enarcó sus delicadas cejas y Edward agachó la cabeza.
Aro también se percató de ese gesto.
—Pero ser capaz de oír a lo lejos... —Aro suspiró al tiempo que hacía un gesto hacia ellos dos, haciendo referencia al intercambio de pensamientos que acababa de producirse—. ¡Eso sí que sería práctico!
Aro miró más allá de las figuras de Edward y Alice. Todos los demás se volvieron en la misma dirección, incluso Jane, Alec y Demetri, que permanecían en silencio detrás de nosotros tres.
Fui la más lenta en volverme. Felix había regresado y detrás de él, envueltos en túnicas negras, flotaban otros dos hombres. Sus rostros tenían también esa piel parecida al papel cebolla.
El trío representado por el cuadro de Carlisle estaba completo, y sus integrantes no habían cambiado durante los trescientos años posteriores a la pintura del lienzo.
—¡Marco, Cayo, mirad! —canturreó Aro—. Después de todo, Bella sigue viva y Alice se encuentra con ella. ¿No es maravilloso?
A juzgar por el aspecto de sus rostros, ninguno de los dos interpelados hubiera elegido como primera opción el adjetivo «maravilloso». El hombre de pelo negro parecía terriblemente aburrido, como si hubiera presenciado demasiadas veces el entusiasmo de Aro a lo largo de tantos milenios. Debajo de una melena tan blanca como la nieve, el otro puso cara de pocos amigos.
El desinterés de ambos no refrenó el júbilo de Aro, que casi cantaba con voz liviana:
—Conozcamos la historia.
El antiguo vampiro de pelo blanco flotó y fue a la deriva hasta sentarse en uno de los tronos de madera. El otro se detuvo junto a Aro y le tendió la mano. Al principio, creía que lo hacía para que Aro se la tomara, pero se limitó a tocar la palma de la mano durante unos instantes y luego dejó caer la suya a un costado. Aro enarcó una de sus cejas, de color marrón oscuro. Me pregunté si su piel apergaminada no se arrugaría a causa del esfuerzo.
Edward resopló sin hacer ruido y Alice le miró con curiosidad.
—Gracias, Marco —dijo Aro—. Esto es muy interesante.
Un segundo después comprendí que Marco le había permitido a Aro conocer sus pensamientos.
Marco no parecía interesado. Se deslizó lejos de Aro para unirse al que debía de ser Cayo, sentado ya contra el muro. Los dos asistentes de los vampiros le siguieron de cerca; eran guardias, tal y como había supuesto antes. Pude ver que las dos mujeres con vestido de tirantes se habían acercado para permanecer junto a Cayo de igual modo. La simple idea de que un vampiro necesitara guardias se me antojaba realmente ridícula, pero tal vez los antiguos eran más frágiles, como sugería su piel.
Aro siguió moviendo la cabeza al tiempo que decía:
—Asombroso, realmente increíble.
El rostro de Alice evidenciaba su descontento. Edward se volvió y de nuevo le facilitó una explicación rápida en voz baja:
—Marco ve las relaciones y ha quedado sorprendido por la intensidad de las nuestras.
Aro sonrió.
—¡Qué práctico! —repitió para sí mismo. Luego, se dirigió a nosotros—: Puedo aseguraros que cuesta bastante sorprender a Marco.
No tuve ninguna duda cuando miré el rostro mortecino de Marco.
—Resulta difícil de comprender, eso es todo, incluso ahora —Aro caviló mientras miraba el brazo de Edward en torno a mí. Me resultaba casi imposible seguir el caótico hilo de pensamientos del vampiro, pero me esforcé por conseguirlo—. ¿Cómo puedes permanecer tan cerca de ella de ese modo?
—No sin esfuerzo —contestó Edward con calma.
—Pero aun así... ¡La tua cantante! ¡Menudo derroche!
Edward se rió sin ganas una vez.
—Yo lo veo más como un precio a pagar.
Aro se mantuvo escéptico.
—Un precio muy alto.
—Simple coste de oportunidad.
Aro echó a reír.
—No hubiera creído que el reclamo de la sangre de alguien pudiera ser tan fuerte de no haberla olido en tus recuerdos. Yo mismo nunca había sentido nada igual. La mayoría de nosotros vendería caro ese obsequio mientras que tú...
—... lo derrocho —concluyó Edward, ahora con sarcasmo.
Aro rió una vez más.
—¡Ay, cómo echo de menos a mi amigo Carlisle! Me recuerdas a él, excepto que él no se irritaba tanto.
—Carlisle me supera en muchas otras cosas.
—Jamás pensé ver a nadie que superase a Carlisle en autocontrol, pero tú le haces palidecer.
—En absoluto —Edward parecía impaciente, como si se hubiera cansado de los preliminares. Eso me asustó aún más. No podía evitar el imaginar lo que vendría a continuación.
—Me congratulo por su éxito —Aro reflexionó—. Tus recuerdos de él constituyen un verdadero regalo para mí, aunque me han dejado estupefacto. Me sorprende que haya... Me complace que el éxito le haya sorprendido en el camino tan poco ortodoxo que eligió. Temía que se hubiera debilitado y gastado con el tiempo. Me hubiera mofado de su plan de encontrar a otros que compartieran su peculiar visión, pero aun así, no sé por qué, me alegra haberme equivocado.
Edward no le contestó.
—Pero ¡vuestra abstinencia...! —Aro suspiró—. No sabía que era posible tener tanta fuerza de voluntad. Habituaros a resistir el canto de las sirenas, no una vez, sino una y otra, y otra más... No lo hubiera creído de no haberlo visto por mí mismo.
Edward contempló la admiración de Aro con rostro inexpresivo. Conocía muy bien esa expresión —el tiempo no había cambiado eso—, lo bastante para saber que algo se estaba cociendo bajo esa apariencia de tranquilidad. Hice un esfuerzo para mantener constante la respiración.
—Sólo de recordar cuánto te atrae ella... —Aro rió entre dientes—. Me pone sediento.
Edward se tensó.
—No te inquietes —le tranquilizó Aro—. No tengo intención de hacerle daño, pero siento una enorme curiosidad sobre una cosa en particular —me miró con vivo interés—. ¿Puedo? —preguntó con avidez al tiempo que alzaba una mano.
—Pregúntaselo a ella—sugirió Edward con voz monocorde.
—¡Por supuesto, qué descortesía por mi parte! —exclamó Aro y, ahora dirigiéndose directamente a mí, continuó—: Bella, me fascina que seas la única excepción al impresionante don de Edward... Una cosa así me resulta de lo más interesante y, dado que nuestros talentos son tan similares en muchas cosas, me preguntaba si serías tan amable de permitirme hacer un intento para verificar si también eres una excepción para mí.
Alcé la vista para mirar a Edward, aterrorizada. Era consciente de no tener alternativa alguna a pesar de la amabilidad de Aro y me aterraba la idea de dejar que me tocara, pero aun así, contra toda lógica, sentía una gran curiosidad por tener la ocasión de tocar su extraña piel.
Edward asintió para infundirme ánimo. No sabía si era porque él estaba convencido de que Aro no me iba a hacer daño o porque no quedaba otro remedio.
Me volví hacia Aro y extendí la mano lentamente. Estaba temblando.
Se deslizó para acercarse más. Me pareció que su expresión quería tranquilizarme, pero sus facciones apergaminadas eran demasiado extrañas, diferentes y amedrentadoras como para que me sosegara. Su rostro demostraba mayor confianza en sí mismo que sus palabras.
Aro alargó el brazo como si fuera a estrecharme la mano y rozó su piel de aspecto frágil con la mía. Era dura, la encontré áspera al tacto —se parecía más a la tiza que al granito— e incluso más fría de lo esperado.
Sus ojos membranosos me observaron con alegría y me resultó imposible desviar la mirada. Me cautivaron de un modo extraño y poco grato.
El rostro de Aro se alteró conforme me miraba. La seguridad se resquebrajó para convertirse primero en duda y luego en incredulidad antes de calmarse debajo de una máscara amistosa.
—Pues sí, muy interesante —dijo mientras me soltaba la mano y retrocedía.
Contemplé a Edward, y aunque su rostro era sereno, me pareció ver una chispa de petulancia.
Aro continuó deslizándose con gesto pensativo. Permaneció quieto durante unos momentos mientras su vista oscilaba, mirándonos a los tres. Luego, de forma repentina, sacudió la cabeza y dijo para sus adentros:
—Lo primero... Me pregunto si es inmune al resto de nuestros dones... ¿Jane, querida?
—¡No! —gruñó Edward. Alice le contuvo agarrándole por el brazo con una mano, pero él se la sacudió de encima.
La menuda Jane dedicó una sonrisa de felicidad a Aro.
—-¿Sí, maestro?
Ahora Edward gruñía de verdad. Emitió un sonido desgarrado y violento mientras lanzaba a Aro una mirada torva. Nadie se movía en la habitación. Todos los presentes le miraban con incredulidad y sorpresa, como si hubiera cometido una vergonzosa metedura de pata. Aro le miró una vez y se quedó inmóvil mientras su ancha sonrisa se convertía en una expresión malhumorada.
Luego se dirigió a Jane.
—Me preguntaba, querida, si Bella es inmune a ti.
Los rabiosos gruñidos de Edward apenas me permitían oír las palabras de Aro. Edward me soltó y se puso delante de mí para esconderme de la vista de ambos. Cayo, seguido por su séquito, se acercó a nosotros tan silenciosamente como un espectro para observar.
Jane se volvió hacia nosotros con una sonrisa beatífica en los labios.
—¡No! —chilló Alice cuando Edward se lanzó contra la joven.
Antes de que yo fuera capaz de reaccionar, de que alguien se interpusiera entre ellos o de que los escoltas de Aro pudieran moverse, Edward dio con sus huesos en el suelo.
Nadie le había tocado, pero se hallaba en el enlosado y se retorcía con dolores manifiestos ante mi mirada de espanto.
Ahora Jane le sonreía sólo a él, y de pronto encajaron todas las piezas del puzzle, lo que había dicho Alice sobre sus dones formidables, la razón por la que todos trataban a Jane con semejante deferencia y por qué Edward se había interpuesto voluntariamente en su camino antes de que ella pudiera hacer eso conmigo.
—¡Parad! —grité.
Mi voz resonó en el silencio y me lancé hacia delante de un salto para interponerme entre ellos, pero Alice me rodeó con sus brazos en una presa insuperable e ignoró mi forcejeo. No escapó sonido alguno de los labios de Edward mientras le aplastaban contra las piedras. Me pareció que me iba a estallar de dolor la cabeza al contemplar semejante escena.
—Jane —la llamó Aro con voz tranquila.
La joven alzó la vista enseguida, aún sonriendo de placer, y le interrogó con la mirada. Edward se quedó inmóvil en cuando Jane dejó de mirarle.
Aro me señaló con un asentimiento de cabeza.
Jane volvió hacia mí su sonrisa.
Ni siquiera le sostuve la mirada. Observé a Edward desde la cárcel de los brazos de Alice, donde seguía debatiéndome en vano.
—Se encuentra bien —me susurró Alice con voz tensa, y apenas hubo terminado de hablar, Edward se incorporó. Nuestras miradas se encontraron. Sus ojos estaban horrorizados. Al principio, pensé que el pánico se debía al dolor que acababa de padecer, pero entonces miró rápidamente a Jane y luego a mí, y su rostro se relajó de alivio.
También yo observé a Jane, que había dejado de sonreír y me taladraba con la mirada. Apretaba los dientes mientras se concentraba en mí. Retrocedí, esperando sentir el dolor...
... pero no sucedió nada.
Edward volvía a estar a mi lado. Tocó el brazo de Alice y ella me entregó a él.
Aro soltó una risotada.
—Ja, ja, ja —rió entre dientes—. Has sido muy valeroso, Edward, al soportarlo en silencio. En una ocasión, sólo por curiosidad, le pedí a Jane que me lo hiciera a mí...
Sacudió la cabeza con gesto admirado.
Edward le fulminó con la mirada, disgustado. Aro suspiró.
—¿Qué vamos a hacer con vosotros?
Edward y Alice se envararon. Aquélla era la parte que habían estado esperando. Me eché a temblar.
—Supongo que no existe posibilidad alguna de que hayas cambiado de parecer, ¿verdad? —le preguntó Aro, expectante, a Edward—. Tu don sería una excelente adquisición para nuestro pequeño grupo.
Edward vaciló. Vi hacer muecas a Felix y a Jane con el rabillo del ojo. Edward pareció sopesar cada palabra antes de pronunciarla:
—Preferiría... no... hacerlo.
—¿Y tú, Alice? —inquirió Aro, aún expectante—. ¿Estarías tal vez interesada en unirte a nosotros?
—No, gracias —dijo Alice.
—¿Y tú, Bella?
Aro enarcó las cejas. Le miré fijamente con rostro inexpresivo mientras Edward siseaba en mi oído en voz baja. ¿Bromeaba o de verdad me preguntaba si quería quedarme para la cena?
Fue Cayo, el vampiro de pelo blanco, quien rompió el silencio.
—¿Qué? —inquirió Cayo a Aro. La voz de aquél, a pesar de no ser más que un susurro, era rotunda.
—Cayo, tienes que advertir el potencial, sin duda —le censuró con afecto—. No he visto un diamante en bruto tan prometedor desde que encontramos a Jane y Alec. ¿Imaginas las posibilidades cuando sea uno de los nuestros?
Cayo desvió la mirada con mordacidad. Jane echó chispas por los ojos, indignada por la comparación.
A mi lado, Edward estaba que bufaba. Podía oír un ruido sordo en su pecho, un ruido que estaba a punto de convertirse en un bramido. No debía permitir que su temperamento le perjudicara.
—No, gracias —dije lo que pensaba en apenas un susurro, ya que el pánico me quebró la voz.
Aro suspiró una vez más.
—Una verdadera lástima... ¡Qué despilfarro!
—Unirse o morir, ¿no es eso? —masculló Edward. Sospeché algo así cuando nos condujeron a esta estancia—. ¡Pues vaya leyes las vuestras!
—Por supuesto que no —Aro parpadeó atónito—. Edward, ya nos habíamos reunido aquí para esperar a Heidi, no a ti.
—Aro —bisbiseó Cayo—, la ley los reclama.
Edward miró fijamente a Cayo e inquirió:
—¿Y cómo es eso?
Él ya debía de saber lo que Cayo tenía en mente, pero parecía decidido a hacerle hablar en voz alta.
Cayo me señaló con un dedo esquelético.
—Sabe demasiado. Has desvelado nuestros secretos —espetó con voz apergaminada, como su piel.
—Aquí, en vuestra charada, también hay unos pocos humanos —le recordó Edward. Entonces me acordé de la guapa recepcionista del piso de abajo.
El rostro de Cayo se crispó con una nueva expresión. ¿Se suponía que eso era una sonrisa?
—Sí —admitió—, pero nos sirven de alimento cuando dejan de sernos útiles. Ése no es tu plan para la chica. ¿Estás preparado para acabar con ella si traiciona nuestros secretos? Yo creo que no —se mofó.
—No voy a... —empecé a protestar, aunque fuera entre susurros, pero Cayo me silenció con una gélida mirada.
—Tampoco pretendes convertirla en uno de nosotros —prosiguió—, por consiguiente, ello nos hace vulnerables. Bien es cierto que, por esto, sólo habría que quitarle la vida a la chica. Puedes dejarla aquí si lo deseas.
Edward le enseñó los colmillos.
—Lo que pensaba —concluyó Cayo con algo muy similar a la satisfacción. Felix se inclinó hacia delante con avidez.
—A menos que... —intervino Aro, que parecía muy contrariado por el giro que había tomado la conversación—. A menos que, ¿albergas el propósito de concederle la inmortalidad?
Edward frunció los labios y vaciló durante unos instantes antes de responder:
—¿Y qué pasa si lo hago?
Aro sonrió, feliz de nuevo.
—Vaya, en ese caso serías libre de volver a casa y darle a mi amigo Carlisle recuerdos de mi parte —su expresión se volvió más dubitativa—. Pero me temo que tendrías que decirlo en serio y comprometerte.
Aro alzó la mano delante de Edward.
Cayo, que había empezado a poner cara de pocos amigos, se relajó.
Edward frunció los labios con rabia hasta convertirlos en una línea. Me miró fijamente a los ojos y yo a él.
—Hazlo —susurré—, por favor.
¿Era en verdad una idea tan detestable? ¿Prefería él morir antes que transformarme? Me sentí como si me hubieran propinado una patada en el estómago.
Edward me miró con expresión torturada.
Entonces, Alice se alejó de nuestro lado y se dirigió hacia Aro. Nos volvimos a mirarla. Ella había levantado la mano igual que el vampiro.
Alice no dijo nada y Aro despachó a su guardia cuando acudieron a impedir que se acercara. Aro se reunió con ella a mitad de camino y le tomó la mano con un destello ávido y codicioso en los ojos.
Inclinó la cabeza hacia las manos de ambos, que se tocaban, y cerró los ojos mientras se concentraba. Alice permaneció inmóvil y con el rostro inexpresivo. Oí cómo Edward chasqueaba los dientes.
Nadie se movió. Aro parecía haberse quedado allí clavado encima de la mano de Alice. Me fui poniendo más y más tensa conforme pasaban los segundos, preguntándome cuánto tiempo iba a pasar antes de que fuera demasiado tiempo, antes de que significara que algo iba mal, peor todavía de lo que ya iba.
Transcurrió otro momento agónico y entonces la voz de Aro rompió el silencio.
—Ja, ja, ja —rió, aún con la cabeza vencida hacia delante. Lentamente alzó los ojos, que relucían de entusiasmo—. ¡Eso ha sido fascinante!
—Me alegra que lo hayas disfrutado.
—Ver las mismas cosas que tú ves, ¡sobre todo las que aún no han sucedido! —sacudió la cabeza, maravillado.
—Pero eso está por suceder —le recordó Alice con voz tranquila.
—Sí, sí, está bastante definido. No hay problema, por supuesto.
Cayo parecía amargamente desencantado, un sentimiento que al parecer compartía con Felix y Jane.
—Aro —se quejó Cayo.
—¡Tranquilízate, querido Cayo! —Aro sonreía—. ¡Piensa en las posibilidades! Ellos no se van a unir a nosotros hoy, pero siempre existe la esperanza de que ocurra en el futuro. Imagina la dicha que aportaría sólo la joven Alice a nuestra pequeña comunidad... Además, siento una terrible curiosidad por ver ¡cómo entra en acción Bella!
Aro parecía convencido. ¿Acaso no comprendía lo subjetivas que eran las visiones de Alice, que lo que veía sobre mi transformación hoy podía cambiar mañana? Un millón de ínfimas decisiones, las de Alice y otros muchos —también las de Edward— podían cambiar su camino y, con eso, el futuro.
¿Importaba que ella estuviera realmente dispuesta? ¿Supondría alguna diferencia que yo me convirtiera en vampiro si la idea resultaba tan repulsiva a Edward que consideraba la muerte como una alternativa mejor que tenerme a su lado para siempre, como una molestia inmortal? Aterrada como estaba, sentí que me hundía en el abatimiento, que me ahogaba en él...
—En tal caso, ¿somos libres de irnos ahora? —preguntó Edward sin alterar la voz.
—Sí, sí —contestó Aro en tono agradable—, pero, por favor, visitadnos de nuevo. ¡Ha sido absolutamente apasionante!
—Nosotros también os visitaremos para cerciorarnos de que la habéis transformado en uno de los nuestros —prometió Cayo, que de pronto tenía los ojos entrecerrados como la mirada soñolienta de un lagarto con pesados párpados—. Si yo estuviera en vuestro lugar, no lo demoraría demasiado. No ofrecemos segundas oportunidades.
La mandíbula de Edward se tensó, pero asintió una sola vez.
Cayo esbozó una sonrisita de suficiencia y se deslizó hacia donde Marco permanecía sentado, inmóvil e indiferente.
Felix gimió.
—Ah, Felix, paciencia —Aro sonrió divertido—. Heidi estará aquí de un momento a otro.
—Mmm —la voz de Edward tenía un tono incisivo—. En tal caso, quizá convendría que nos marcháramos cuanto antes.
—Sí —coincidió Aro—. Es una buena idea. Los accidentes ocurren. Por favor, si no os importa, esperad abajo hasta que se haga de noche.
—Por supuesto —aceptó Edward mientras yo me acongojaba ante la perspectiva de esperar al final del día antes de poder escapar.
—Y toma —agregó Aro, dirigiéndose a Felix con un dedo. Éste avanzó de inmediato. Aro desabrochó la capa gris que llevaba el enorme vampiro, se la quitó de los hombros y se la lanzó a Edward—. Llévate ésta. Llamas un poco la atención.
Edward se puso la carga capa, pero no se subió la capucha.
Aro suspiró. —Te sienta bien.
Edward rió entre dientes, pero después de lanzar una mirada hacia atrás, calló repentinamente.
—Gracias, Aro. Esperaremos abajo.
—Adiós, mis jóvenes amigos —contestó Aro, a quien le centellearon los ojos cuando miró en la misma dirección.
—Vámonos —nos instó Edward con apremio.
Demetri nos indicó mediante gestos que le siguiéramos, y nos fuimos por donde habíamos venido, que, a juzgar por las apariencias, debía de ser la única salida.
Edward me arrastró a su lado enseguida. Alice se situó al otro costado con gesto severo.
—Tendríamos que haber salido antes —murmuró.
Alcé los ojos para mirarla, pero sólo parecía disgustada. Fue entonces cuando distinguí el murmullo de voces —voces ásperas y enérgicas— procedentes de la antecámara.
—Vaya, esto es inusual —dijo un hombre con voz resonante.
—Y tan medieval —respondió efusivamente una voz femenina desagradable y estridente.
Un gentío estaba cruzando la portezuela hasta atestar la pequeña estancia de piedra. Demetri nos indicó mediante señas que dejáramos paso. Pegamos la espalda contra el muro helado para permitirles cruzar.
La pareja que encabezaba el grupo, americanos a juzgar por el acento, miraban a su alrededor y evaluaban cuanto veían. Otros estudiaban el marco como simples turistas. Unos pocos tomaron fotografías. Los demás parecían desconcertados, como si la historia que les hubiera conducido hasta aquella habitación hubiera dejado de tener sentido. Me fijé en una mujer menuda de tez oscura. Llevaba un rosario alrededor del cuello y sujetaba con fuerza la cruz que llevaba en la mano. Caminaba más despacio que los demás. De vez en cuando tocaba a alguien y le preguntaba algo en un idioma desconocido. Nadie parecía comprenderla y el pánico de su voz aumentaba sin cesar.
Edward me atrajo y puso mi rostro contra su pecho, pero ya era tarde. Lo había comprendido.
Me arrastró a toda prisa en dirección a la puerta en cuanto hubo el más mínimo resquicio. Yo noté la expresión horrorizada de mis facciones y cómo los ojos se me iban llenando de lágrimas.
La ampulosa entrada estaba en silencio a excepción de una mujer guapísima de figura escultural. Nos miró con curiosidad, sobre todo a mí.
—Bienvenida a casa, Heidi —la saludó Demetri a nuestras espaldas.
Ella sonrió con aire ausente. Me recordó a Rosalie, aunque no se parecieran en nada, porque también poseía una belleza excepcional e inolvidable. No era capaz de quitarle los ojos de encima.
Heidi vestía para realzar su belleza. La más pequeña de las minifaldas dejaba al descubierto unas piernas sorprendentemente esbeltas, cuya piel blanca quedaba oscurecida por las medias. Llevaba un top de mangas largas y cuello alto, pero extremadamente ceñido al cuerpo, de vinilo rojo. Su melena de color caoba era lustrosa y tenía en los ojos una tonalidad violeta muy extraña, el color que podría resultar al poner unas lentes de contacto azules sobre una pupila de color rojo.
—Demetri —respondió con voz sedosa mientras sus ojos iban de mi rostro a la capa gris de Edward.
—Buena pesca —la felicitó el aludido, y de pronto comprendí la finalidad del llamativo atuendo que lucía. No sólo era la pescadora, sino también el cebo.
—Gracias —exhibió una sonrisa apabullante—. ¿No vienes?
—En un minuto. Guárdame algunos.
Heidi asintió y se agachó para atravesar la puerta después de dirigirme una última mirada de curiosidad.
Edward marcó un paso que me obligaba a ir corriendo para no rezagarme, pero a pesar de todo no pudimos cruzar la ornamentada puerta que había al final del corredor antes de que comenzaran los gritos.

Luna Nueva - Capítulo 19: Volterra

Empezamos a subir la carretera empinada, más y más congestionada conforme avanzábamos. Al llegar más arriba, los coches estaban demasiado juntos para que Alice los esquivara zigzagueando, ni siquiera asumiendo riesgos. Cada vez íbamos más despacio y terminamos progresando a paso de tortuga detrás de un pequeño Peugeot de color tabaco.
—Alice —gemí. El reloj del salpicadero parecía ir cada vez más deprisa.
—No hay otro camino de acceso —me dijo con una nota de tensión en la voz demasiado fuerte para conseguir que me calmara.
La fila de vehículos avanzaba poco a poco, cada vez que nos movíamos sólo adelantábamos el largo de un automóvil. Un sol deslumbrante incidía de lleno sobre nosotras, y parecía hallarse ya encima de nuestras cabezas.
Uno tras otro, los coches se arrastraron hasta la ciudad. Atisbé algunos vehículos aparcados en la cuneta de la carretera al acercarnos más. Los ocupantes se bajaban para recorrer a pie el resto del camino. Al principio, pensé que se debía sólo a la impaciencia, algo fácilmente comprensible, pero cuando doblamos una curva muy pronunciada, vi que el aparcamiento —situado fuera de las murallas— estaba lleno y que un gentío cruzaba las puertas a pie. Estaba prohibido el acceso con coche.
—Alice —susurré de forma apremiante.
—Ya lo veo —contestó. Su rostro parecía cincelado en hielo.
Ahora que estaba atenta y que nos acercábamos despacio, pude apreciar que hacía un tiempo bastante ventoso. La gente que se apelotonaba en dirección a las puertas aferraba sus sombreros y se apartaba el pelo de la cara. Sus ropas se hinchaban a su alrededor. También me di cuenta de que el color rojo se extendía por doquier, en las blusas, en los gorros, en las banderas que ondeaban como largos lazos al viento, cerca de la puerta; mientras miraba, una ráfaga repentina atrapó el pañuelo de intenso color escarlata que una mujer se había anudado al pelo. Se enrolló en el aire sobre su cabeza y se retorció como si estuviera vivo. Ella intentó sujetarlo, saltando en el aire, pero continuó contorsionándose cada vez más arriba, un manchón de color sanguinolento contra las antiguas murallas de colores desvaídos.
—Bella —Alice habló rápido, con un tono de voz bajo, feroz—. No logro anticipar cuál va a ser la reacción del guardia de la puerta; vas a tener que irte sola, y corriendo, si esto no funciona. Lo único que debes hacer es preguntar por el Palazzo dei Priori y marchar a toda prisa en la dirección que te indiquen. Procura no perderte.
—Palazzo dei Priori, Palazzo dei Priori —repetí el nombre una y otra vez, intentando memorizarlo.
—Si hablan inglés, pregunta por la torre del reloj. Yo daré una vuelta por ahí e intentaré encontrar un lugar aislado más allá de la ciudad por el que saltar la muralla.
Asentí.
—Palazzo dei Priori.
—Edward tiene que estar bajo la torre del reloj, al norte de la plaza. Hay un callejón estrecho a la derecha y él estará allí a cubierto. Debes llamar su atención antes de que se exponga al sol.
Asentí enérgicamente.
El Porsche estaba casi al comienzo de la fila. Un hombre con uniforme de color azul marino regulaba el flujo del tráfico y se encargaba de desviar los coches lejos del aparcamiento lleno. Estos daban una vuelta en forma de «u» y volvían en dirección contraria para estacionar a un lado de la carretera. Entonces, llegó el turno de Alice.
El hombre uniformado se movía perezosamente, sin prestar mucha atención. Alice aceleró para eludirlo y se dirigió hacia la puerta. Nos gritó algo, pero se mantuvo en su puesto, moviendo los brazos frenéticamente para impedir que el siguiente coche siguiera nuestro mal ejemplo.
El hombre de la puerta llevaba un uniforme parecido. Conforme nos aproximábamos, nos sobrepasaba la riada de turistas que atestaba las aceras, mirando con curiosidad el rutilante y agresivo deportivo.
El guardia dio un paso hasta ponerse en mitad de la calle. Alice hizo girar el coche cuidadosamente antes de detenerse del todo a fin de que el sol incidiera sobre mi ventanilla y ella quedase a la sombra. Se inclinó velozmente detrás de su asiento y tomó algo del interior de su bolso.
El guardia rodeó el coche con expresión irritada y, enfadado, dio unos golpecitos a su ventanilla.
Ella la bajó hasta la mitad y él reaccionó con torpeza al ver el rostro que había detrás del cristal tintado.
—Lo siento, señorita, pero hoy sólo pueden acceder a la ciudad autobuses turísticos —dijo en inglés con un fuerte acento y ahora también en tono de disculpa, como si deseara poder ofrecer mejores noticias a aquella mujer de sorprendente belleza.
—Es un viaje privado —repuso Alice al tiempo que hacía destellar una seductora sonrisa. Sacó la mano por la ventana, hacia la luz. Me quedé helada, hasta que vi que se había puesto un guante de color tostado que le llegaba a la altura del codo. Le tomó la mano, todavía alzada después de haber golpeado la ventanilla y la metió dentro del coche. Depositó algo en la palma y le cerró los dedos alrededor.
El guardia se quedó aturdido cuando retiró la mano y miró fijamente el grueso rollo de dinero que había allí. El billete exterior era de mil dólares.
—¿Esto es una broma? —farfulló.
La sonrisa de Alice era cegadora.
—Sólo si piensa que es divertido.
Él la miró, con los ojos abiertos como platos. Yo miré nerviosamente al reloj del salpicadero. Si Edward se ceñía a su plan, sólo nos quedaban cinco minutos.
—Vamos un poquito tarde y con prisa —le insinuó, aún sonriente.
El guardia pestañeó dos veces y después se guardó el dinero en la chaqueta. Dio un paso atrás de la ventanilla y nos despidió. Nadie entre la multitud que pasaba por allí pareció darse cuenta del discreto intercambio. Alice condujo hacia la ciudad y ambas respiramos aliviadas.
La calle se había vuelto muy estrecha; estaba pavimentada con piedras del mismo desvaído color canela que los edificios que la oscurecían con su sombra. Espaciadas entre sí unos cuantos metros, las banderas rojas decoraban las paredes y flameaban al viento, que silbaba al barrer la angosta calleja.
Estaba atestada de gente y el tráfico de a pie entorpecía nuestro ritmo.
—Un poco más adelante —me animó Alice.
Yo aferraba el tirador de la puerta, lista para lanzarme a la calle tan pronto como ella me lo dijera.
Alice conducía acelerando y frenando. El gentío nos amenazaba con el puño y nos espetaba epítetos desagradables que, por fortuna, yo no entendía. Giró en un pequeño desvío que no se trazó para coches, sin duda, y la gente, asustada, tuvo que refugiarse en las entradas de las puertas cuando pasamos muy cerca de las paredes. Al final, entramos en otra calle de edificios más altos que se apoyaban unos sobre otros por encima de nuestras cabezas, de modo que ningún rayo de sol alcanzaba el pavimento y las banderas rojas que se retorcían a cada lado casi se tocaban. Aquí había más gente que en ninguna otra parte. Alice frenó y yo abrí la puerta antes de que nos hubiéramos detenido del todo.
Ella me señaló un punto donde la calle se abría hacia un resplandeciente terreno abierto.
—Allí. Estamos en el extremo sur de la plaza. Atraviésala corriendo y ve a la derecha de la torre del reloj. Yo encontraré algún camino dando la vuelta...
Inspiró aire súbitamente y cuando volvió a hablar, le salió la voz en un siseo.
—¡Están por todas partes!
Me quedé petrificada en mi asiento, pero ella me empujó fuera del coche.
—Olvídalos. Tenemos dos minutos. ¡Corre, Bella, corre! —gritó.
Alice salió del coche mientras hablaba, pero no me detuve a verla desvanecerse entre las sombras. Ni siquiera cerré la puerta al salir. Aparté de mi camino de un empujón a una mujer gruesa, agaché la cabeza y corrí con todas mis fuerzas sin prestar atención a nada, salvo a las piedras irregulares que pisaba.
La brillante luz del sol, que daba de lleno en la entrada de la plaza, me deslumbre al salir de la oscura calleja. El viento soplaba con fuerza y me alborotaba los cabellos, que se me metían en los ojos y me cegaban todavía más. Por tanto, no fue de extrañar que no viera el muro de carne hasta que me estrellé contra él.
No había ningún camino, ni siquiera un hueco entre los cuerpos fuertemente apretujados del gentío. Los empujé con furia y me debatí contra las manos que me rechazaban. Escuché exclamaciones de irritación e incluso de dolor a medida que porfiaba para abrirme paso, pero ninguna en un idioma que yo entendiera. Los rostros se transformaron en un borrón difuso de ira y sorpresa, rodeado por el omnipresente rojo. Una mujer rubia me puso mala cara y la bufanda roja que llevaba anudada al cuello me pareció una herida horrible. Un niño, encaramado a los hombros de un hombre para ver por encima de la multitud, me sonrió con los labios estirados en torno a unos colmillos de vampiro hechos de plástico.
La muchedumbre me empujaba por todas partes y acabó por arrastrarme en sentido opuesto. Me alegré de que el reloj fuera tan visible, porque de lo contrario no habría podido tomar la dirección apropiada. Sin embargo, las manecillas del reloj se unieron en lo alto de la esfera para alzarse hacia el sol despiadado y aunque luché ferozmente contra la multitud, supe que era demasiado tarde. Apenas estaba a mitad de camino. No lo iba a conseguir. Era estúpida, torpe y humana, y todos íbamos a morir por culpa de eso.
Mantuve la esperanza de que Alice hubiera conseguido salir adelante. También esperé que ella pudiera verme desde algún rincón a oscuras y que se diera cuenta de mi fracaso a tiempo de dar media vuelta y regresar junto a Jasper.
Agucé el oído por encima de las exclamaciones enfadadas en un intento de oír el sonido del descubrimiento: el jadeo, quizás el grito, en el instante en que Edward se expusiera a la vista de alguien.
En ese momento vi delante de mí un resquicio en el gentío alrededor del cual había un espacio vacío. Empujé con dureza hasta alcanzarlo. Hasta que no me golpeé las espinillas contra los ladrillos no fui consciente de la existencia de una amplia fuente rectangular en el centro de la plaza.
Estuve a punto de llorar de alivio cuando pasé la pierna por encima del borde y corrí por el agua —que me llegaba hasta la rodilla— salpicando todo a mi paso mientras me abría camino velozmente. El viento soplaba glacial incluso bajo el sol, y la humedad hacía que el frío fuera realmente doloroso, pero la enorme fuente me permitió cruzar el centro de la plaza en pocos segundos. No me detuve al alcanzar el otro lado, sino que usé como trampolín el borde de escasa altura y me lancé de cabeza contra la multitud.
Ahora se apartaban con más rapidez a fin de evitar el agua helada que chorreaba de mis ropas empapadas al correr. Eché otra ojeada al reloj.
Una campanada grave y atronadora resonó por toda la plaza e hizo vibrar las piedras del suelo. Los niños chillaron al tiempo que se tapaban los oídos y yo comencé a pegar alaridos mientras seguía corriendo.
—¡Edward! —grité, aun a sabiendas de que era inútil. El gentío era demasiado ruidoso y apenas me quedaba aliento debido al esfuerzo, pero no podía dejar de gritar.
El reloj sonó de nuevo. Rebasé a un niño —en brazos de su madre— cuyos cabellos eran casi blancos a la luz de un sol deslumbrante. Un círculo de hombres altos, todos con chaquetas rojas, me gritaron advertencias cuando pasé entre ellos como un bólido. El reloj volvió a tocar.
Dejé atrás a ese grupo y llegué a una abertura en medio de la muchedumbre, un espacio entre los turistas que se arremolinaban debajo de la torre y caminaban sin rumbo fijo. Busqué con la vista el pasaje oscuro y estrecho que debía estar a la derecha del amplio edificio cuadrado. No veía el suelo de la calle, ya que había demasiada gente entre medias. El reloj sonó de nuevo.
Apenas podía ver. El viento me azotó el rostro y me quemó los ojos cuando dejó de haber gente que hiciera de pantalla. Cuando el reloj tocó otra vez, no sabía si lloraba por culpa del viento o si derramaba lágrimas debido a mi fracaso.
Los turistas más cercanos a la boca del callejón eran los cuatro integrantes de una familia. Las dos chicas lucían vestidos escarlatas y lazos a juego con los que se recogían hacia atrás el pelo negro. El padre, un tipo bajo, no parecía distinguir el brillo en medio de las sombras, justo encima de su hombro. Me apresuré en esa dirección mientras intentaba ver algo a pesar del escozor de las lágrimas. El reloj sonó una vez más y la niña más pequeña se apretó las manos contra las orejas.
La hija mayor, que apenas le llegaba a su madre a la cintura, se abrazó a su pierna y observó fijamente las sombras que reinaban detrás de ellos. Cuando miré, ella tocaba el codo de la madre y señalaba hacia la oscuridad. El reloj resonó, pero yo ahora estaba cerca...
... lo bastante cerca para escuchar la voz aguda de la niña. El padre me miró sorprendido cuando me precipité sobre ellos, pronunciando a voz en grito el nombre Edward una y otra vez, sin cesar.
La niña mayor rió entre dientes y le dijo algo a su madre al tiempo que volvía a señalar las sombras con gestos de impaciencia.
Giré bruscamente alrededor del padre, que tomó en brazos a la niña para apartarla de mi camino, y salté hacia la sombría brecha que había detrás de ellos. Entretanto, el reloj volvió a tocar en lo alto.
—¡Edward, no! —grité, pero mi voz se perdió en el rugido de la campanada.
Entonces le vi, y también vi que él no se había percatado de mi presencia.
Esta vez era él, no una alucinación. Me di cuenta de que mis falsas ilusiones eran más imperfectas de lo que yo creía; nunca le hicieron justicia.
Edward permanecía de pie, inmóvil como una estatua, a pocos pasos de la boca del callejón. Tenía los ojos cerrados, con las ojeras muy marcadas, de un púrpura oscuro, y los brazos relajados a ambos lados del cuerpo con las palmas vueltas hacia arriba. Su expresión estaba llena de paz, como si estuviera soñando cosas agradables. La piel marfileña de su pecho estaba al descubierto y había un pequeño revoltijo de tela blanca a sus pies. El reflejo claro del pavimento de la plaza hacía brillar tenuemente su piel.
Nunca había visto nada más bello, incluso mientras corría, jadeando y gritando, pude apreciarlo. Y los últimos siete meses desaparecieron. Incluso sus palabras en el bosque perdieron significado. Tampoco importaba si no me quería. No importaba cuánto tiempo pudiera llegar a vivir; jamás podría querer a otro.
El reloj sonó y él dio una gran zancada hacia la luz.
—¡No! —grité—. ¡Edward, mírame!
Sonrió de forma imperceptible sin escucharme y alzó el pie para dar el paso que lo expondría directamente a los rayos del sol.
Choqué contra él con tanto ímpetu que la fuerza del impacto me habría tirado al suelo si sus brazos no me hubieran agarrado. El golpetazo me dejó sin aliento y con la cabeza vencida hacia atrás.
Sus ojos oscuros se abrieron lentamente mientras el reloj tocaba de nuevo.
Me miró con tranquila sorpresa.
—Asombroso —dijo con la voz maravillada y un poco divertida—. Carlisle tenía razón.
—Edward —intenté respirar, pero la voz no me salía—. Has de volver a las sombras. ¡Tienes que moverte!
Él pareció desconcertado. Me acarició la mejilla suavemente con la mano. No parecía darse cuenta de que yo intentaba hacerle retroceder. Para el progreso que estaba haciendo, hubiera dado igual que hubiese empujado las paredes del callejón. El reloj sonó sin que él reaccionara.
Era muy extraño, porque yo sabía que los dos estábamos en peligro mortal. Sin embargo, en ese momento, me sentí bien. Por completo. Podía notar otra vez el palpitar desbocado de mi corazón contra las costillas y la sangre latía caliente y rápida por mis venas. Los pulmones se me llenaron del dulce perfume que derramaba su cuerpo. Era como si nunca hubiera existido un agujero en mi pecho. Todo estaba perfecto, no curado, sino como si desde el principio no hubiera habido una herida.
—No puedo creerme lo rápidos que han sido. No he sentido absolutamente nada, son realmente buenos —musitó él mientras volvía a cerrar los ojos y presionaba los labios contra mi pelo. Su voz era de terciopelo y miel—. «Muerte, que has sorbido la miel de sus labios, no tienes poder sobre su belleza» —murmuró y reconocí el verso que declamaba Romeo en la tumba. El reloj hizo retumbar su última campanada—. Hueles exactamente igual que siempre —continuó él—. Así que quizás esto sea el infierno. Y no me importa. Me parece bien.
—No estoy muerta —le interrumpí—. ¡Y tampoco tú! Por favor, Edward, tenemos que movernos. ¡No pueden estar muy lejos!
Luché contra sus brazos y él frunció el ceño, confuso.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó educadamente.
—¡No estamos muertos, al menos no todavía! Pero tenemos que salir de aquí antes de que los Vulturis...
La comprensión chispeó en su rostro mientras yo hablaba, y de pronto, antes de que pudiera terminar la frase, me arrastró hacia las sombras. Me hizo girar con tal facilidad que me encontré con la espalda pegada a la pared de ladrillo y con la suya frente a mí, de modo que él quedó de cara al callejón. Extendió los brazos con la finalidad de protegerme.
Miré desde debajo de su brazo para ver dos formas oscuras desprenderse de la penumbra.
—Saludos, caballeros —la voz de Edward sonó aparentemente calmada y amable, pero sólo en la superficie—. No creo que vaya a requerir hoy sus servicios. Apreciaría muchísimo, sin embargo, que enviaran mi más sentido agradecimiento a sus señores.
—¿Podríamos mantener esta conversación en un lugar más apropiado? —susurró una voz suave de forma amenazadora.
—Dudo de que eso sea necesario —repuso Edward, ahora con mayor dureza—. Conozco tus instrucciones, Felix. No he quebrantado ninguna regla.
—Felix simplemente pretende señalar la proximidad del sol —comentó otra voz en tono conciliador. Ambos estaban ocultos dentro de unas enormes capas del color gris del humo, que llegaban hasta el suelo y ondulaban al viento—. Busquemos una protección mejor.
—Indica el camino y yo te sigo —dijo Edward con sequedad—. Bella, ¿por qué no vuelves a la plaza y disfrutas del festival?
—No, trae a la chica —ordenó la primera sombra, introduciendo un matiz lascivo en su susurro.
—Me parece que no —la pretensión de civilización había desaparecido, la voz de Edward era ahora tajante y helada. Cambió su equilibrio de forma casi inadvertida, pero pude comprobar que se preparaba para luchar.
—No —articulé los labios sin hacer ningún sonido.
—Shh —susurró él, sólo para mí.
—Felix —le advirtió la segunda sombra, más razonable—, aquí no —se volvió a Edward—. A Aro le gustaría volver a hablar contigo, eso es todo, si, al fin y al cabo, has decidido no forzar la mano.
—Así es —asintió Edward—, pero la chica se va.
—Me temo que eso no es posible —repuso la sombra educada, con aspecto de lamentarlo—. Tenemos reglas que obedecer.
—Entonces, me temo que no voy a poder aceptar la invitación de Aro, Demetri.
—Esto está pero que muy bien —ronroneó Felix. Mis ojos se iban adaptando a la penumbra más densa y pude ver que Felix era muy grande, alto y de espaldas fornidas. Su tamaño me recordó a Emmett.
—Disgustarás a Aro —suspiró Demetri.
—Estoy seguro de que sobrevivirá a la decepción —replicó Edward.
Felix y Demetri se acercaron hacia la boca del callejón y se abrieron hacia los lados a fin de poder atacar a Edward desde dos frentes. Su intención era obligarle a introducirse aún más en el callejón y evitar una escena. Ningún reflejo luminoso podía abrirse paso hasta su piel; estaban a salvo dentro de sus capas.
Edward no se movió un centímetro. Estaba condenándose para protegerme.
De pronto, Edward giró la cabeza a un lado, hacia la oscuridad de la curva del callejón. Demetri y Felix hicieron lo mismo en respuesta a algún sonido o movimiento demasiado sutil para mis sentidos.
—Mejor si nos comportamos correctamente, ¿no? —sugirió una voz musical—. Hay señoras presentes.
Alice se deslizó con ligereza al lado de Edward, manteniendo una postura despreocupada. No mostraba signos de tensión. Parecía tan diminuta, tan frágil. Sus bracitos colgaban a sus costados como los de una niña.
Pero tanto Demetri como Felix se envararon, y sus capas revolotearon ligeramente al ritmo de una ráfaga de viento que recorría el callejón. El rostro de Felix se avinagró. Aparentemente no les gustaban los números pares.
—No estamos solos —les recordó ella.
Demetri miró sobre su hombro. A unos pocos metros de allí, en la misma plaza, nos observaba la familia de las niñas vestidas de rojo. La madre hablaba en tono apremiante con su marido, con los ojos fijos en nosotros cinco. Desvió la mirada hacia otro lado cuando se encontró con la de Demetri. El hombre avanzó unos cuantos pasos más hacia la plaza y dio un golpecito en el hombro de uno de los hombres con chaquetas rojas.
Demetri sacudió la cabeza.
—Por favor, Edward, sé razonable —le conminó.
—Muy bien —accedió Edward—. Ahora nos marcharemos tranquilamente, pero sin que nadie se haga el listo.
Demetri suspiró con frustración.
—Al menos, discutamos esto en un sitio más privado.
Seis hombres vestidos de rojo se unieron a la familia que seguía mirándonos con rostros llenos de aprensión. Yo era muy consciente de la postura defensiva que mantenía Edward delante de mí, y estaba segura de que era esto lo que causaba su alarma. Quería gritarles para que echaran a correr.
Los dientes de Edward se cerraron de forma audible.
—No.
Felix sonrió.
—Ya es suficiente.
La voz era aguda, atiplada y procedía de nuestra espalda.
Miré desde debajo del otro brazo de Edward para contemplar la llegada de otra forma pequeña y oscura hasta nuestra posición. El contorno impreciso y vaporoso de su silueta me indicó que era otro de ellos, pero ¿quién?
Al principio, pensé que era un niño. El recién llegado era diminuto como Alice, con un cabello castaño claro lacio y corto. El cuerpo bajo la capa —que era más oscura, casi negra—, se adivinaba esbelto y andrógino. Sin embargo, el rostro era demasiado hermoso para ser el de un chico. Los ojos grandes y los labios carnosos habrían hecho parecer una gárgola a un ángel de Botticelli, incluso a pesar de las pupilas de un apagado color carmesí.
Me dejó perpleja cómo reaccionaron todos ante su aparición a pesar de su tamaño insignificante. Felix y Demetri se relajaron de inmediato y abandonaron sus posiciones ofensivas para fundirse de nuevo con las sombras de los muros circundantes.
Edward dejó caer los brazos y también relajó la postura, pero admitiendo su derrota.
—Jane —suspiró resignado al reconocerla.
Alice se cruzó de brazos y mantuvo una expresión impasible.
—Seguidme —habló Jane otra vez, con su voz monocorde e infantil. Nos dio la espalda y se movió silenciosamente hacia la oscuridad.
Felix nos hizo un gesto para que nosotros fuéramos primero, con una sonrisita de suficiencia.
Alice caminó enseguida detrás de la pequeña Jane. Edward me pasó el brazo por la cintura y me empujó para que fuera a su lado. El callejón se curvaba y estrechaba a medida que descendía. Levanté la mirada hacia Edward con un montón de frenéticas preguntas en mis ojos, pero él se limitó a sacudir la cabeza. No podía oír a los demás detrás de nosotros, pero estaba segura de que estaban ahí.
—Bien, Alice —dijo Edward en tono de conversación conforme andábamos—. Supongo que no debería sorprenderme verte aquí.
—Ha sido error mío —contestó Alice en el mismo tono—. Era mi responsabilidad haberlo hecho bien.
—¿Qué ocurrió? —inquirió educadamente, como si apenas le interesara. Imaginé que esto iba destinado a los oídos atentos que nos seguían.
—Es una larga historia —los ojos de Alice se deslizaron sobre mí y se dirigieron hacia otro lado—. En pocas palabras, ella saltó de un acantilado, pero no pretendía suicidarse. Parece que últimamente a Bella le van los deportes de riesgo.
Enrojecí y miré al frente en busca de la sombra oscura, que apenas se podía ver ya. Imaginaba que ahora él estaría escuchando los pensamientos de Alice. Ahogamientos frustrados, vampiros al acecho, amigos licántropos...
—Mmm —dijo Edward con voz cortante. Su anterior tono despreocupado había desaparecido por completo.
Andábamos por un amplio recodo del callejón, que seguía cuesta abajo, por lo que no vi el final, terminado en chaflán, hasta que no llegamos a él y alcanzamos la pared de ladrillo lisa y sin ventanas. No se veía a la pequeña Jane por ninguna parte.
Alice no vaciló y continuó caminando hacia la pared a grandes zancadas. Entonces, con su gracia natural, se deslizó por un agujero abierto en la calle.
Parecía una alcantarilla, hundida en el lugar más bajo del pavimento. No la vi hasta que Alice desapareció por el hueco, aunque la rejilla estaba retirada a un lado, descubriéndolo hasta la mitad. El agujero era pequeño y muy oscuro.
Me planté.
—Todo va bien, Bella —me dijo Edward en voz baja—. Alice te recogerá.
Miré el orificio, dubitativa. Me imaginé que él habría entrado el primero si Felix y Demetri no hubieran estado esperando, pagados de sí mismos y silenciosos, detrás de nosotros.
Me agaché y deslicé las piernas por el estrecho espacio.
—¿Alice? —susurré con voz temblorosa.
—Estoy aquí debajo, Bella —me aseguró. Su voz parecía provenir de muy abajo, demasiado abajo para que yo me sintiera bien.
Edward me tomó de las muñecas —sus manos me parecieron del tacto de la piedra en invierno— y me bajó hacia la oscuridad.
—¿Preparada? —preguntó él.
—Suéltala —gritó Alice.
Impelida por el puro pánico, cerré firmemente los ojos para no ver la oscuridad y los labios para no gritar. Edward me dejó caer.
Fue rápido y silencioso. El aire se agitó a mi paso durante una fracción de segundo; después, se me escapó un jadeo y me acogieron los brazos de Alice, tan duros que estuve segura de que me saldrían cardenales. Me puso de pie.
El fondo de la alcantarilla estaba en penumbra, pero no a oscuras. La luz procedente del agujero de arriba suministraba un tenue resplandor que se reflejaba en la humedad de las piedras del suelo. La tenue claridad se desvaneció un segundo y Edward apareció a mi lado, con un resplandor suave. Me rodeó con el brazo, me sujetó con fuerza a su costado y comenzó a arrastrarme velozmente hacia delante. Envolví su cintura fría con los dos brazos y tropecé y trastabillé a lo largo del irregular camino de piedra. El sonido de la pesada rejilla cerrando la alcantarilla a nuestras espaldas se oyó con metálica rotundidad.
Pronto, la luz tenue de la calle se desvaneció en la penumbra. El sonido de mis pasos tambaleantes levantaba eco en el espacio negro; parecía amplio, aunque no estaba segura. No se oía otro sonido que el latido frenético de mi corazón y el de mis pies en las piedras mojadas, excepto una vez que se escuchó un suspiro de impaciencia desde algún lugar detrás de mí.
Edward me sujetó con fuerza. Alzó la mano libre para acariciarme la cara y deslizó su pulgar suave por el contorno de mis labios. Una y otra vez sentí su rostro sobre mi pelo. Me di cuenta de que quizás ésta sería la última vez que estaríamos juntos y me apreté aún más contra él.
Ahora parecía como si él me quisiera, y eso bastaba para compensar el horror de aquel túnel y de los vampiros que rondaban a nuestras espaldas. Seguramente no era nada más que la culpa, la misma culpa que le había hecho venir hasta aquí para morir, cuando pensó que me había suicidado por él, pero el motivo no me importó cuando sentí cómo sus labios presionaban silenciosamente mi frente. Al menos podría volver a estar con él antes de perder la vida. Eso era mucho mejor que una larga existencia. Hubiera deseado preguntarle qué iba a suceder ahora. Ardía en deseos de saber cómo íbamos a morir, como si saberlo con antelación mejorara la situación de alguna manera; pero, rodeados como estábamos, no podía hablar, ni siquiera en susurros. Los otros podrían escucharlo todo, como oían cada una de mis inspiraciones y de los latidos de mi corazón.
El camino que pisábamos continuó descendiendo, introduciéndonos cada vez más en la profundidad de la tierra y esto me hizo sentir claustrofobia. Sólo la mano de Edward, que me acariciaba el rostro, impedía que me pusiera a gritar.
No sabía de dónde procedía la luz, pero lentamente el negro fue transformándose en gris oscuro. Nos encontrábamos en un túnel bajo, con arcos. Las piedras cenicientas supuraban largas hileras de humedad del color del ébano, como si estuvieran sangrando tinta.
Estaba temblando, y pensé que era de miedo. No me di cuenta de que tiritaba de frío hasta que empezaron a castañetearme los dientes. Tenía las ropas mojadas todavía y la temperatura debajo de la ciudad era tan glacial como la piel de Edward.
Él se dio cuenta de esto al mismo tiempo que yo y me soltó, sujetándome sólo de la mano.
—N-n-no —tartamudeé, rodeándole de nuevo con los brazos. No me importaba si me congelaba. ¿Quién sabía cuánto tiempo nos quedaba?
Su mano fría se deslizó repetidas veces por mi piel en un intento de calentarme con la fricción.
Nos apresuramos a través del túnel, o al menos a mí así me lo pareció. Mi lento avance irritaba a alguien, supuse que a Felix, y le oí suspirar una y otra vez.
Al final del túnel había otra reja cuyas barras de hierro estaban enmohecidas, pero eran tan gruesas como mi brazo. Había abierta una pequeña puerta de barras entrelazadas más finas. Edward agachó la cabeza para pasar y cruzó rápidamente a una habitación más grande e iluminada. La reja se cerró de golpe con estrépito, seguido del chasquido de un cerrojo. Tenía demasiado miedo para mirar a mis espaldas.
Al otro lado de la gran habitación había una puerta de madera pesada y de escasa altura. Era muy gruesa, pude comprobarlo porque también estaba abierta.
Atravesamos la puerta y miré a mi alrededor sorprendida, relajándome inmediatamente. A mi lado, Edward se tensó y apretó con fuerza la mandíbula.

Luna Nueva - Capítulo 18: La Carrera

Llegamos a tiempo de subir a nuestro vuelo por los pelos, y entonces comenzó la verdadera tortura. El avión haraganeaba ocioso en la pista, mientras los auxiliares de vuelo paseaban por el pasillo con toda tranquilidad, al tiempo que palmeaban las bolsas de los portaequipajes superiores para cerciorarse de que estaban bien sujetas. Los pilotos permanecían apoyados fuera de la cabina de mando y charlaban con ellos cuando pasaban. La mano de Alice me aferraba con fuerza por el hombro para tranquilizarme mientras yo, devorada por la ansiedad, no dejaba de moverme en el asiento de un lado para otro.
—Se va más deprisa volando que corriendo —me recordó en voz baja.
Me limité a asentir una única vez sin dejar de moverme.
Al final, el avión se alejó rodando muy despacio desde el punto de partida y comenzó a adquirir velocidad con una paulatina regularidad que luego me traería por la calle de la amargura. Esperaba disfrutar de un reposo cuando hubiéramos completado el despegue, pero mi impaciencia y mi frenesí no disminuyeron.
Alice sacó el móvil del respaldo del asiendo de delante antes de que hubiéramos dejado de ascender y le dio la espalda a la azafata, quien la observó con desaprobación. Hubo algo en mi expresión que la disuadió de acercarse para protestar.
Intenté dejar de escuchar lo que Alice le decía a Jasper entre susurros, porque no quería espiarla de nuevo, pero aun así, oía algunas frases sueltas.
—No estoy segura del todo. Le veo hacer cosas diferentes, continúa cambiando de parecer... Salir a matar a todo el que se ponga por delante, atacar a la guardia, alzar un coche por encima de la cabeza en la plaza mayor... En su mayoría, son hechos que lo descubrirían... Él sabe que ésa es la forma más rápida de obligarles a reaccionar.
»No, no puedes —Alice habló todavía más bajo, hasta que su voz resultó casi inaudible a pesar de encontrarme a escasos centímetros de ella. Hice lo contrario a lo que me proponía y escuché con más interés—. Dile a Emmett que él tampoco... Bueno, pues ve tras Emmett y Rosalie y haz que vuelvan... Piénsalo, Jasper. Si nos ve a cualquiera de nosotros, ¿qué crees que va a hacer...? —asintió con la cabeza—. Exactamente...
»Me parece que Bella es la única oportunidad, si es que hay alguna... Haré cuanto esté en mi mano, pero prepara a Carlisle. Las posibilidades son escasas...
Después, se echó a reír y dijo con voz temblorosa:
—He pensado en ello... Sí, te lo prometo —su voz se hizo más suplicante—. No me sigas. Te lo juro, Jasper, de un modo u otro me las apañaré para salir de ahí... Te quiero.
Colgó y se reclinó sobre el respaldo del asiento con los ojos cerrados.
—Detesto mentirle.
—Alice, cuéntamelo todo —le imploré—. No entiendo nada. ¿Por qué le has dicho a Jasper que detenga a Emmett? ¿Por qué no pueden venir en nuestra ayuda?
—Por dos motivos —susurró sin abrir los ojos—. A él sólo le he explicado el primero. Nosotras podemos intentar detener a Edward por nuestra cuenta... Si Emmett lograra ponerle las manos encima, seríamos capaces de detenerle el tiempo suficiente para convencerle de que sigues viva, pero entonces no podríamos acercarnos hasta él a hurtadillas, y si nos viera ir a por él, se limitaría a actuar más deprisa. Arrojaría un coche contra un muro o algo así, y los Vulturis le aplastarían.
»Ése es el segundo motivo, por supuesto, el que no le podía decir a Jasper. Bella, se produciría un enfrentamiento si ellos acudieran y los Vulturis mataran a Edward. Las cosas serían muy distintas si tuviéramos la más mínima oportunidad de ganar, si nosotros cuatro fuéramos capaces de salvar a mi hermano por la vía de la fuerza, pero no es posible, Bella, y no puedo perder a Jasper de ese modo.
Entendí por qué sus ojos imploraban que la entendiera. Estaba protegiendo a Jasper a nuestra costa y quizás también a la de Edward, pero la comprendía, y no pensé mal de ella. Asentí.
—Una cosa —le pregunté—, ¿no puede oírte Edward? ¿No se va a enterar de que sigo viva en cuanto escuche tus pensamientos y, por tanto, de que no tiene sentido seguir con esto?
En cualquier caso no tenía sentido, no existía ninguna justificación. Seguía sin ser capaz de creer que Edward pudiera reaccionar de esa manera. ¡No tenía ni pies ni cabeza! Recordé con dolorosa claridad aquel día en el sofá, mientras contemplábamos cómo Romeo y Julieta se mataban el uno al otro. No estaba dispuesto a vivir sin ti, había afirmado como si eso fuera la conclusión más evidente del mundo. Y sin embargo, en el bosque, al plantarme, había hablado con convicción cuando me hizo saber que no sentía nada por mí...
—Puede... si es que está a la escucha —me explicó Alice—; y además, lo creas o no, es posible mentir con el pensamiento. Si tú hubieras muerto y aun así yo quisiera detenerle, estaría pensando con toda la intensidad posible «está viva, está viva», y él lo sabe.
Enmudecí de frustración y me rechinaron los dientes.
—No te hubiera puesto en peligro si existiera alguna forma de conseguirlo sin ti, Bella. Esto está muy mal por mi parte.
—No seas tonta. Mi persona es lo último por lo que debes preocuparte —sacudí la cabeza con impaciencia—. Explícame a qué te referías con lo de mentir a Jasper.
Esbozó una sonrisa macabra.
—Le prometí que me iría de la ciudad antes de que me mataran a mí también. Eso es algo que no puedo garantizar ni por asomo... —enarcó las cejas como si deseara que me tomara más en serio el peligro.
—¿Quiénes son los Vulturis? —inquirí en un susurro—. ¿Qué los hace muchísimo más peligrosos que Emmett, Jasper, Rosalie y tú?
Resultaba difícil concebir algo más aterrador que eso.
Ella respiró hondo y luego, de repente, dirigió una oscura mirada por encima de mis hombros. Me giré a tiempo de ver cómo el hombre del asiento que había al otro lado del pasillo desviaba la vista, parecía que nos hubiera estado escuchando de tapadillo. Tenía pinta de ser un hombre de negocios. Vestía traje oscuro y corbata grande, y sostenía un portátil encima de las rodillas. Levantó la tapa del ordenador y se puso unos cascos de forma ostensible mientras yo le miraba con irritación.
Me incliné más cerca de Alice, que pegó los labios a mis oídos mientras me contaba la historia en susurros.
—Me sorprendió que reconocieras el nombre —admitió—, y que cuando anuncié que se había ido a Italia comprendieras lo que significaba. Pensé que tendría que explicártelo. ¿Cuánto te contó Edward?
—Sólo me dijo que se trataba de una familia antigua y poderosa, algo similar a la realeza... y que nadie les contrariaba a menos que quisiera... morir —respondí en cuchicheos.
—Has de entender —continuó, ahora hablaba más despacio y con mayor mesura— que los Cullen somos únicos en más sentidos de los que crees. Es... anómalo que tantos de nosotros seamos capaces de vivir juntos y en paz. Ocurre otro tanto en la familia de Tanya, en el norte, y Carlisle conjetura que la abstinencia nos facilita un comportamiento civilizado y la formación de lazos basados en el amor en vez de en la supervivencia y la conveniencia. Incluso el pequeño aquelarre de James era inusualmente grande, y ya viste con qué facilidad los abandonó Laurent. Por regla general, viajamos solos o en parejas. La familia de Carlisle es la mayor que existe, hasta donde sabemos, con una única excepción: los Vulturis.
»En un principio eran tres: Aro, Cayo y Marco.
—Los he visto en un cuadro del estudio de Carlisle —dije entre dientes.
Alice asintió.
—Dos hembras se les unieron con el paso del tiempo, y los cinco constituyeron la familia. No estoy segura, pero sospecho que es la edad lo que les confiere esa habilidad para vivir juntos de forma pacífica. Deben de tener los tres mil años bien cumplidos, o quizá sean sus dones los que les otorgan una tolerancia especial. Al igual que Edward y yo, Aro y Marco tienen... talentos —ella continuó antes de que le pudiera hacer pregunta alguna—. O quizá sea su común amor al poder lo que los mantiene unidos. Realeza es una descripción acertada.
—Pero si sólo son cinco...
—La familia tiene cinco miembros —me corrigió—, pero eso no incluye a la guardia.
Respiré hondo.
—Eso suena... temible.
—Lo es —me aseguró—. La última vez que tuve noticias, la guardia constaba de nueve miembros permanentes. Los demás son... transitorios. La cosa cambia. Y por si esto fuera poco, muchos de ellos también tienen dones, dones formidables. A su lado, lo que yo hago parece un truco de salón. Los Vulturis los eligen por sus habilidades, físicas o de otro tipo.
Abrí la boca para cerrarla después. Me iba pareciendo que no deseaba saber lo escasas que eran nuestras posibilidades.
Alice volvió a asentir, como si hubiera adivinado exactamente lo que pasaba por mi cabeza.
—Ninguno de los cinco se mete en demasiados líos y nadie es tan estúpido para jugársela con ellos. Los Vulturis permanecen en su ciudad y la abandonan sólo para atender las llamadas del deber.
—¿Deber? —repetí con asombro.
—¿No te contó Edward su cometido?
—No —dije mientras notaba la expresión de perplejidad de mi rostro.
Alice miró una vez más por encima de mi hombro en dirección al hombre de negocios y volvió a rozarme la oreja con sus labios glaciales.
—No los llaman realeza sin un motivo, son la casta gobernante. Con el transcurso de los milenios, han asumido el papel de hacer cumplir nuestras reglas, lo que, de hecho, se traduce en el castigo de los transgresores. Llevan a cabo esa tarea inexorablemente.
Me llevé tal impresión que los ojos se me salieron de las órbitas.
—¿Hay reglas? —pregunté en un tono de voz tal vez demasiado alto.
—¡Shhh!
—¿No debería habérmelo mencionado antes alguien? —susurré con ira—. Quiero decir, yo quería... ¡quería ser una de vosotros! ¿No tendría que haberme explicado alguien lo de las reglas?
Alice se rió entre dientes al ver mi reacción.
—No son complicadas, Bella. El quid de la cuestión se reduce a una única restricción y, si te detienes a pensarlo, probablemente tú misma la averiguarás.
Lo hice.
—No, ni idea.
Alice sacudió la cabeza, decepcionada.
—Quizás es demasiado obvio. Debemos mantener en secreto nuestra existencia.
—Ah —repuse entre dientes. Era obvio.
—Tiene sentido, y la mayoría de nosotros no necesitamos vigilancia —prosiguió—, pero al cabo de unos pocos siglos, alguno se aburre o, simplemente, enloquece. Los Vulturis toman cartas en el asunto antes de que eso les comprometa a ellos o al resto de nosotros.
—De modo que Edward...
—Planea desacatar abiertamente esa norma en su propia ciudad, el lugar cuyo dominio ostentan en secreto desde hace tres mil años, desde los tiempos de los etruscos. Se muestran tan protectores con su ciudad que ni siquiera permiten cazar dentro de sus muros. Volterra debe de ser el lugar más seguro del mundo... por lo menos en lo que a ataques de vampiros se refiere.
—Pero dijiste que no salían, entonces ¿cómo se alimentan?
—No salen, les traen el sustento del exterior, a veces desde lugares bastante lejanos. Eso mantiene distraída a la guardia cuando no está aniquilando disidentes o protegiendo Volterra de cualquier tipo de publicidad o de...
—... situaciones como ésta, como la de Edward —concluí su frase. Ahora resultaba sorprendentemente fácil decir su nombre. No estaba segura de dónde radicaba la diferencia. Tal vez se debía a que en realidad no había planeado vivir mucho tiempo sin verle si llegábamos tarde y todo lo demás. Me confortaba saber que tendría una salida fácil.
—Dudo de que se les haya planteado nunca una situación similar a ésta —murmuró Alice, disgustada—. No hay muchos vampiros suicidas.
Se me escapó de los labios un sonido muy contenido, pero ella pareció percatarse de que era un grito de dolor. Me pasó su brazo delgado pero firme por encima de los hombros.
—Haremos cuanto podamos, Bella. Esto todavía no ha terminado.
—Todavía no —dejé que me consolara, aunque sabía que nuestras posibilidades eran mínimas—. Además, los Vulturis vendrán a por nosotras si armamos jaleo.
Alice se quedó rígida.
—Lo dices como si fuera algo positivo.
Me encogí de hombros.
—Alto ahí, Bella, o de lo contrario damos media vuelta en el aeropuerto de Nueva York y regresamos a Forks.
—¿Qué?
—Tú sabes perfectamente a qué me refiero. Voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que regreses con Charlie si llegamos tarde para salvar a Edward, y no quiero que me des ningún problema. ¿Lo comprendes?
—Claro, Alice.
Se dejó caer hacia atrás levemente para poder mirarme.
—Nada de problemas.
—Palabra de boy scout—contesté entre dientes.
Puso los ojos en blanco.
—Ahora, déjame que me concentre. Voy a intentar ver qué trama.
Aunque no retiró el brazo de mis hombros, dejó caer la cabeza sobre el respaldo para luego cerrar los ojos. Apretó un lado del rostro con la mano libre al tiempo que se frotaba las sienes con las yemas de los dedos.
La contemplé fascinada durante mucho tiempo. Al final, acabó quedándose totalmente inmóvil. Su rostro parecía un busto de piedra. Transcurrieron los minutos y hubiera pensado que se había quedado dormida de no haberla conocido mejor. No me atreví a interrumpirla para preguntar qué estaba sucediendo.
Deseé tener un tema seguro sobre el que cavilar. No podía permitirme el lujo de especular con los horrores que teníamos por delante o, para ser más concreta, la posibilidad de fracasar, a menos que quisiera ponerme a dar gritos.
Tampoco podía anticipar nada. Quizá pudiera salvar a Edward de algún modo si tenía mucha, mucha, mucha suerte, pero no era tan tonta como para creer que podría estar con él después de haberle salvado. Yo no era diferente ni más especial de lo que lo había sido con anterioridad, así que no había ninguna razón nueva por la que ahora me quisiera, aunque verle para perderle otra vez...
Reprimí la pena. Ése era el precio que debía pagar para salvarle. Y lo pagaría.
Echaron una película y mi vecino se puso los auriculares. Miraba de vez en cuando las figuras que se movían por la pequeña pantalla, pero ni siquiera fui capaz de discernir si era una de miedo o una romántica.
El avión comenzó a descender rumbo a la ciudad de Nueva York después de lo que me pareció una eternidad. Alice permanecía sumida en su trance. Me puse nerviosa y estiré una mano para tocarla, sólo para retirarla otra vez. Ese movimiento se repitió una docena de veces antes de que el avión efectuara un aterrizaje movidito.
—Alice —la llamé al fin—. Alice, hemos de irnos.
Le toqué el brazo.
Abrió los ojos con suma lentitud y durante unos instantes sacudió la cabeza de un lado a otro.
—¿Alguna novedad? —pregunté en voz baja, consciente de que el hombre que tenía al otro lado estaba a la escucha.
—No exactamente —cuchicheó en voz tan baja que apenas la lograba escuchar—. Se encuentra más cerca. Ha decidido la forma en que va a plantear su petición.
Tuvimos que apresurarnos para no perder el trasbordo, pero eso nos vino bien, mejor que si nos hubiéramos visto obligadas a esperar. Alice cerró los ojos y se hundió en el mismo sopor, igual que antes, en cuanto estuvimos en el aire. Aguardé con toda la paciencia posible. Cuando se hizo de noche, descorrí el estor para mirar la monótona oscuridad del exterior, que no era mucho más agradable que el hueco cubierto de la ventana.
Me sentía muy agradecida por haber tenido tantos meses de práctica a la hora de controlar mis pensamientos. En vez de detenerme en las aterradoras posibilidades del futuro a las que —no importaba lo que dijera Alice— no pretendía sobrevivir, me concentré en problemas de menor calado, como qué iba a decirle a Charlie a mi vuelta. Era una cuestión lo bastante espinosa como para ocupar varias horas. ¿Y a Jacob? Había prometido esperarme, pero ahora ¿seguía vigente esa promesa? ¿Acabaría tirada en casa, sola en Forks, sin nadie a mi alrededor? Quizá no quería sobrevivir, pasara lo que pasara.
Unos segundos después, Alice me sacudió el hombro. No me había dado cuenta de que me había dormido.
—Bella —susurró con la voz un poco más alta de la cuenta para un avión a oscuras repleto de humanos dormidos.
No estaba desorientada... No había permanecido traspuesta durante mucho tiempo.
—¿Algo va mal?
Los ojos de Alice refulgieron a la tenue luz de la lámpara de lectura encendida en la parte posterior de nuestra fila.
—No, por ahora todo va bien. Han estado deliberando, pero han decidido responderle que no.
—¿Los Vulturis? —musité, todavía un poco alelada.
—Por supuesto, Bella. Mantengo el contacto, ahora se lo van a decir.
—Cuéntame.
Un auxiliar de vuelo acudió de puntillas, por el pasillo, hacia nosotras.
—¿Desean una almohada las señoras?
El tono bajo de su pregunta constituía una reprimenda por el volumen relativamente alto de nuestra conversación.
—No, gracias.
Alice le embelesó con una sonrisa radiante e increíblemente afectuosa. La expresión del hombre fue de aturdimiento mientras daba la vuelta y regresaba a su puesto con paso poco firme.
—Cuéntame—musité, hablando casi para mí.
—Se han interesado por él —me susurró al oído—. Creen que su don puede resultarles útil. Le van a ofrecer un lugar entre ellos.
—¿Y qué va a contestar?
—Aún no lo he visto, pero apostaría a que el lenguaje va a ser subido de tono —volvió a esbozar otra gran sonrisa—. Ésta es la primera noticia buena, el primer respiro. Están intrigados y en verdad no desean acabar con él... Aro va a emplear el término «despilfarro»... Quizá eso le obligue a ser creativo. Cuanto más tiempo invierta en hacer planes, mejor para nosotras.
Aquello no bastó para hacerme concebir esperanzas ni compartir el evidente respiro de Alice. Seguía habiendo muchas probabilidades de que llegáramos tarde, y si no conseguía traspasar los muros de la ciudad de los Vulturis, no podría impedir que Alice me arrastrara de vuelta a casa.
—¿Alice?
—¿Qué?
—Estoy desconcertada. ¿Cómo es que hoy lo ves con tanta claridad y sin embargo, en otras ocasiones, vislumbras cosas borrosas, hechos que luego no suceden?
Cuando la vi entrecerrar los ojos me pregunté si adivinaba en qué estaba pensando.
—Lo veo claro porque se trata de algo inmediato, cercano, y estoy realmente concentrada. Las cosas lejanas que vienen por su propia cuenta son simples atisbos, tenues posibilidades, además de que veo a mi gente con más facilidad que a los humanos. Con Edward es incluso más fácil, ya que estoy en sintonía con él.
—En ocasiones, me ves —le recordé.
Meneó la cabeza.
—No con la misma claridad.
Suspiré.
—¡Cuánto me habría gustado que hubieras acertado conmigo! Al principio, cuando tuviste visiones sobre mí incluso antes de conocernos...
—¿Qué quieres decir?
—Me viste convertida en una de vosotros —repuse articulando para que me leyera los labios.
Ahora suspiró ella.
—Era posible en aquel tiempo...
—En aquel tiempo —repetí.
—La verdad, Bella... —vaciló, y luego pareció hacer una elección—. Te seré sincera, creo que todo esto ha ido más allá de lo ridículo. Estoy considerando si debería limitarme a transformarte por mi cuenta.
Me quedé helada de la impresión y la miré fijamente. Mi mente opuso una resistencia inmediata a sus palabras. No podía permitirme el lujo de albergar ese tipo de esperanza si luego cambiaba de parecer.
—¿Te he asustado? —inquirió con sorpresa—. Creí que eso era lo que querías.
—¡Y lo quiero! —repuse con voz entrecortada—. ¡Alice, Alice, hazlo ahora! Podría ayudarte mucho, y no... te retrasaría. ¡Muérdeme!
—¡Chitón! —me avisó. El auxiliar volvía a mirar en nuestra dirección—. Intenta ser razonable —susurró—. No tenemos tiempo suficiente. Mañana debemos entrar en Volterra y tú estarías retorciéndote de dolor durante días —hizo una mueca—. Y creo que el resto del pasaje no reaccionaría bien.
Me mordí el labio.
—Cambiarás de opinión si no lo haces ahora.
—No —torció el gesto con expresión desventurada—. No creo que cambie de opinión. Él se enfurecerá, pero ¿qué puede hacer al respecto?
Mi corazón latió más deprisa.
—Nada de nada.
Se rió quedamente y volvió a suspirar.
—Depositas mucha fe en mí, Bella. No estoy segura de poder. Lo más probable es que acabara matándote.
—Me arriesgaré.
—Eres un bicho muy raro, incluso para ser humana.
—Gracias.
—Bueno, de todos modos, esto es pura hipótesis. Antes debemos sobrevivir al día de mañana.
—Tienes razón.
Al menos, tenía algo a lo que aferrarme si lo lográbamos. Si Alice cumplía su promesa —y no me mataba—, Edward podía correr todo lo que quisiera en busca de distracciones, ya que entonces le podría seguir. No iba a dejarle distraerse. Quizá no quisiera distracciones cuando yo fuera hermosa y fuerte.
—Vuelve a dormirte —me animó ella—. Te despertaré en cuanto haya novedades.
—Vale —refunfuñé, persuadida de que retomar el sueño era ahora una batalla perdida.
Alice recogió las piernas sobre el asiento y las abarcó con los brazos para luego apoyar la cabeza encima de las rodillas. Se balanceó adelante y atrás mientras se concentraba.
Recliné la cabeza sobre el asiento mientras la observaba y lo siguiente que supe fue que ella corría de golpe el estor para evitar la entrada de la tenue luminosidad del cielo oriental.
—¿Qué ha pasado? —pregunté entre dientes.
—Le han comunicado la negativa —contestó en voz baja. Noté que había desaparecido el entusiasmo de su voz.
Las palabras se me agolparon en la garganta a causa del pánico.
—¿Qué va a hacer?
—Al principio todo era caótico. Yo atisbaba detalles, pero él cambiaba de planes con demasiada rapidez.
—¿Qué clase de planes? —le urgí.
—Hubo un mal momento... cuando decidió ir de caza —susurró. Me miró, y al leer en mi rostro que no la comprendía, agregó—: En la ciudad. Le ha faltado poco. Cambió de idea en el último momento.
—No ha querido decepcionar a Carlisle —musité. No, no le quería defraudar en el último momento.
—Probablemente —coincidió ella.
—¿Vamos a tener tiempo? —se produjo un cambio en la presión de la cabina mientras hablaba y el avión se inclinó hacia abajo.
—Eso espero... Quizá sí... a condición de que persevere en su última decisión.
—¿Y cuál es?
—Ha optado por elegir lo sencillo. Va a limitarse a caminar por las calles a la luz del sol.
Caminar por las calles a la luz del sol. Eso era todo.
Bastaría.
Me consumía el recuerdo de la imagen de Edward en el prado, con la piel deslumbrante y refulgente como si estuviera hecha de un millón de facetas diamantinas. Los Vulturis no lo iban a permitir, no si querían que su ciudad siguiera pasando desapercibida.
Contemplé el tenue resplandor gris que entraba por las ventanas abiertas.
—Vamos a llegar demasiado tarde —susurré, aterrada, con un nudo en la garganta.
Ella negó con la cabeza.
—Ahora mismo se ha decantado por lo melodramático. Desea tener la máxima audiencia posible, por lo que elegirá la plaza mayor, debajo de la torre del reloj. Allí los muros son altos. Va a tener que esperar a que el sol esté en su cenit.
—Entonces, ¿tenemos de plazo hasta mediodía?
—Si hay suerte y no cambia de opinión.
El comandante se dirigió al pasaje por el interfono para anunciar primero en francés y luego en inglés el inminente aterrizaje. Se oyó un tintineo y las luces del pasillo parpadearon para indicar que nos abrocháramos los cinturones de seguridad.
—¿A qué distancia está Volterra de Florencia?
—Eso depende de lo deprisa que se conduzca... ¿Bella?
—¿Sí?
Me estudió con la mirada.
—¿Piensas oponerte mucho a que robemos un buen coche?


Un Porsche reluciente de color amarillo chirrió al frenar a pocos centímetros de donde yo paseaba. La palabra TURBO, garabateada en letra cursiva, ocupaba la parte posterior del deportivo. En la atestada acera del aeropuerto todo el mundo —además de mí— se giró para mirarlo.
—¡Rápido, Bella! —gritó Alice con impaciencia por la ventana abierta del asiento del copiloto.
Corrí hacia la puerta y la abrí de un tirón sin poder evitar la sensación de que ocultaba el rostro bajo una media negra.
—¡Jesús! —me quejé—, ¿no podías haber robado otro coche menos llamativo, Alice?
El interior era todo de cuero negro y las ventanas tenían cristales tintados. Dentro me sentía segura, como si fuera de noche.
Alice ya se había puesto a zigzaguear a toda pastilla por el denso tráfico del aeropuerto y se deslizaba por los minúsculos espacios que había entre los vehículos de tal modo que me encogí y busqué a tientas el cinturón de mi asiento.
—La pregunta importante —me corrigió— es si podía haber robado un coche más rápido, y creo que no. Tuve suerte.
—Va a ser un verdadero consuelo en el próximo control de carretera, seguro.
Gorjeó una carcajada y dijo:
—Confía en mí, Bella. Si alguien establece un control de carretera, lo hará después de que pasemos nosotras.
Entonces le dio más gas al coche, como si eso demostrara que tenía razón.
Probablemente debería haber contemplado por el cristal de la ventana primero la ciudad de Florencia y luego el paisaje de la Toscana, que pasaban ante mis ojos desdibujados por la velocidad. Éste era mi primer viaje a cualquier sitio, y quizá también el último. Pero la conducción de Alice me llenó de pánico a pesar de que sabía que era una persona fiable al volante. Además, la ansiedad me atormentó en cuanto empecé a divisar las colinas y los pueblos amurallados tan semejantes a castillos desde la distancia.
—¿Ves alguna cosa más?
—Hay algún evento —murmuró Alice—, un festival o algo por el estilo. Las calles están llenas de gente y banderas rojas. ¿Qué día es hoy?
No estaba del todo segura.
—¿No estamos a día diecinueve?
—Menuda ironía, es el día de San Marcos.
—¿Y eso qué significa?
Se rió entre dientes.
—La ciudad celebra un festejo todos los años. Según afirma la leyenda, un misionero cristiano, el padre Marcos —de hecho, es el Marco de los Vulturis— expulsó a todos los vampiros de Volterra hace mil quinientos años. La historia asegura que sufrió martirio en Rumania, hasta donde había viajado para seguir combatiendo el flagelo del vampirismo. Por supuesto, todo es una tontería... Nunca salió de la ciudad, pero de ahí es de donde proceden algunas supersticiones tales como las cruces y los dientes de ajo. El padre Marcos las empleó con éxito, y deben funcionar, porque los vampiros no han vuelto a perturbar a Volterra —esbozó una sonrisa sardónica—. Se ha convertido en la fiesta de la ciudad y un acto de reconocimiento al cuerpo de policía. Al fin y al cabo, Volterra es una ciudad sorprendentemente segura y la policía se anota el tanto.
Comprendí a qué se refería al emplear la palabra «ironía».
—No les va a hacer mucha gracia que Edward la arme el día de San Marcos, ¿verdad?
Alice sacudió la cabeza con expresión desalentadora.
—No. Actuarán muy deprisa.
Desvié la vista mientras intentaba evitar que mis dientes perforaran la piel de mi labio inferior. Empezar a sangrar en ese momento no era la mejor idea.
—¿Sigue planeando actuar a mediodía? —comprobé.
—Sí. Ha decidido esperar, y ellos le están esperando a él.
—Dime qué he de hacer.
Ella no apartó la vista de las curvas de la carretera. La aguja del velocímetro estaba a punto de tocar el extremo derecho del indicador de velocidad.
—No tienes que hacer nada. Sólo debe verte antes de caminar bajo la luz, y tiene que verte a ti antes que a mí.
—¿Y cómo conseguiremos que salga bien?
Un pequeño coche rojo que iba delante pareció ir marcha atrás cuando Alice lo adelantó zumbando.
—Voy a acercarte lo máximo posible, luego vas a tener que correr en la dirección que te indique.
Asentí.
—Procura no tropezar —añadió—. Hoy no tenemos tiempo para una conmoción cerebral.
Gemí. Arruinarlo todo, destruir el mundo en un momento de torpeza supina sería muy propio de mí.
El sol continuaba encaramándose a lo alto del cielo mientras Alice le echaba una carrera. Brillaba demasiado, y me entró pánico de que, después de todo, no sintiera la necesidad de esperar a mediodía.
—Allí —informó de pronto Alice mientras señalaba una ciudad encastillada en lo alto del cerro más cercano.
Mientras la miraba, sentí la primera punzada de un miedo diferente. Desde el día anterior por la mañana —se me antojaba que había transcurrido una semana por lo menos—, cuando Alice pronunció su nombre al pie de las escaleras, sólo había sentido una clase de temor. Pero ahora, mientras contemplaba sus antiguos muros de color siena y las torres que coronaban la cima del empinado cerro, me sentí traspasada por otro tipo de pavor más egoísta y personal.
Había supuesto que la ciudad sería muy bonita, pero me dejó totalmente aterrorizada.
—Volterra —anunció Alice con voz monocorde y fría.

Luna Nueva - Capítulo 17: El Funeral

Bajé las escaleras a todo correr y abrí la puerta de un tirón.
Era Jacob, por supuesto. Incluso aunque no le pudiera ver, Alice era muy intuitiva.
Se había quedado a metro y medio de la puerta y arrugaba la nariz con gesto de desagrado, pero aparte de eso su rostro estaba en calma, como el de una máscara. No me engañó. Vi el débil temblor de sus manos.
Emanaba oleadas de hostilidad, lo cual me retrotrajo a aquella espantosa tarde en la que había preferido a Sam antes que a mí y respondí a la defensiva irguiendo el mentón.
El Golf de Jacob permanecía al ralentí con el freno echado. Jared estaba al volante y Embry en el asiento del copiloto. Me di cuenta de lo que eso significaba: temían dejarle venir solo, lo que me entristeció y sorprendió, ya que el comportamiento de los Cullen no justificaba semejante actitud.
—Hola —dije finalmente al ver que él seguía sin hablar.
Jake frunció los labios y continuó a la misma distancia que había mantenido con respecto a la puerta. Repasó la fachada de la casa con la mirada.
Apreté los dientes y pregunté:
—No está aquí. ¿Necesitas algo?
Él vaciló.
—¿Estás sola?
—Sí.
Suspiré.
—¿Podemos hablar un minuto?
—Por supuesto, Jacob. Vamos, entra.
Miró por encima de su hombro a sus amigos, sentados en el coche. Vi a Embry mover la cabeza de forma casi imperceptible. No supe la razón, pero eso me fastidió un montón.
Me rechinaron los dientes y murmuré en voz muy baja:
—Gallina.
Los ojos de Jacob relampaguearon y se centraron en mí. Encima de sus ojos hundidos, sus pobladas cejas negras adoptaron un ángulo que les confería un aspecto airado. Apretó los dientes y desfiló —no existía otra palabra para describir la forma en que se movía— por la vereda y se encogió de hombros al pasar junto a mí para entrar en la casa.
Antes de cerrar de un portazo, mi mirada se encontró primero con la de Jared y luego con la de Embry. No me gustó la dureza con la que me observaban. ¿De veras pensaban que iba a dejar que le sucediera algo malo a Jacob?
Él se quedó detrás de mí en el vestíbulo sin dejar de mirar el lío de mantas del salón.
—¿Qué? ¿Una fiesta de pijamas? —inquirió con sarcasmo.
—Sí —repliqué con el mismo tono de acidez. No me gustaba nada Jacob cuando se comportaba de esa manera—. ¿Qué se te ofrece?
Volvió a arrugar la nariz como si oliera algo desagradable.
—¿Dónde está tu «amiga»? —pude oír el entrecomillado de la palabra en la inflexión de su voz.
—Tenía que hacer algunos recados. Bueno, Jacob, ¿qué quieres?
Había algo en la estancia que le ponía los nervios a flor de piel. Los brazos le temblaban. No respondió a mi pregunta, sino que se desplazó a la cocina lanzando con impaciencia miradas en todas las direcciones.
Le seguí. Paseaba arriba y abajo junto a la pequeña encimera.
—Eh —le dije al tiempo que me interponía en su camino. Detuvo sus pasos y fijó en mí su mirada—. ¿Qué te ocurre?
—Me disgusta tener que venir aquí.
Aquello me hirió profundamente. Me estremecí y él entrecerró los ojos.
—En tal caso, lamento que hayas tenido que hacerlo —musité—. ¿Por qué no me dices ya lo que necesitas? De ese modo podrás marcharte.
—Sólo quería hacerte un par de preguntas. No te llevará mucho tiempo. Debemos volver al funeral.
—De acuerdo, terminemos con esto.
Probablemente me estaba comportando con demasiada agresividad, pero no quería que viera cuánto daño me hacía. No me había portado bien, cierto, y después de todo, hacía dos noches había preferido a la chupasangre en vez de a él. Yo le había herido primero.
Respiró hondo y de pronto los dedos temblorosos se quedaron quietos. Su rostro se sosegó hasta convertirse en una máscara serena.
—Un miembro de la familia Cullen ha estado aquí contigo —expuso.
—Sí, Alice Cullen.
Asintió con gesto pensativo.
—¿Cuánto tiempo va a quedarse?
—Todo el que quiera —repliqué, todavía con tono beligerante—. Puede venir cuando le plazca.
—¿Crees...? ¿Podrías explicarle lo de la otra, lo de Victoria, por favor?
Palidecí.
—Ya la he informado.
El asintió.
—Has de saber que mientras los Cullen estén en este lugar, sólo podemos vigilar nuestras tierras. El único sitio donde tú estarías a salvo sería en La Push. Aquí ya no puedo protegerte.
—De acuerdo —contesté con un hilo de voz.
Entonces apartó la vista y miró al exterior a través de las ventanas traseras sin decir nada más.
—¿Eso es todo?
Mantuvo los ojos fijos en el cristal mientras contestaba:
—Sólo una última cosa.
Esperé, pero él no prosiguió, por lo que al final le urgí:
—¿Sí?
—¿Van a regresar los demás? —inquirió con voz fría y calmada. Me recordó al comportamiento sereno de Sam. Jacob se parecía cada vez más a él. Me pregunté por qué me molestaba tanto.
Ahora fui yo quien permaneció callada y él clavó sus ojos perspicaces en mi rostro.
—¿Y bien? —preguntó mientras se esforzaba en ocultar la tensión detrás de su expresión serena.
—No —respondí al fin, a regañadientes—. No van a volver.
Jacob no se inmutó.
—Vale. Eso es todo.
Mi enfado resurgió y le fulminé con la mirada.
—Bueno, venga, ahora vete. Ve a decirle a Sam que los monstruos malos no te han atrapado.
—Vale —volvió a decir, aún calmado.
Era lo que parecía. Jacob salió a toda prisa de la cocina. Esperé a oír la puerta de la entrada, pero no fue así. Escuché el tictac del reloj de la cocina y me maravillé una vez más de lo silencioso que se había vuelto.
¡Menudo desastre! ¡¿Cómo podía haberme alejado tanto de él en tan breve lapso de tiempo?!
¿Me perdonaría cuando Alice se hubiera marchado? ¿Y qué ocurriría si no lo hiciera?
Me dejé caer contra la encimera y enterré mi rostro entre las manos. ¿Cómo podía haberlo complicado todo de este modo? En cualquier caso, ¿me podía haber comportado de otra manera? No se me ocurrió ninguna alternativa, ningún otro modo de proceder.
—¿Bella...? —preguntó Jacob con voz atribulada.
Alcé el rostro, que mantenía entre mis manos, para ver a Jacob, dubitativo, en la entrada de la cocina. No se había marchado, tal y como yo había pensado. Sólo entonces vi gotas cristalinas en las palmas de mis manos y comprendí que estaba llorando.
La expresión serena había desaparecido del rostro de Jacob, que ahora se mostraba inseguro y ansioso. Caminó rápidamente para acercarse a mi lado y agachó la cabeza hasta que sus ojos y los míos estuvieron a la misma altura.
—Lo he vuelto a hacer, ¿verdad?
—¿Hacer? ¿El qué? —pregunté con voz rota.
—Romper mi promesa. Perdona.
—No te preocupes —repuse entre dientes—. Esta vez empecé yo.
Su rostro se crispó.
—Sabía lo que sentías por ellos. No debería haberme sorprendido de ese modo.
Vi la repulsa en sus ojos y quise explicarle cómo era Alice en realidad, defenderla, desmentir la opinión que se había formado de ella, pero algo me previno de que no era el momento.
Por tanto, me limité a decir:
—Lo siento.
Una vez más.
—No hay de qué preocuparse, ¿vale? Sólo está de visita, ¿no? Se irá y las aguas volverán a su cauce.
—¿No puedo ser amiga de los dos al mismo tiempo? —pregunté. Mi voz no ocultó ni una pizca del dolor que me embargaba.
Movió la cabeza muy despacio negando esa posibilidad.
—No, no creo que sea posible.
Sollocé y clavé la vista en sus pies enormes.
—Pero ¿me esperarás, verdad? ¿Seguirás siendo mi amigo aunque también quiera a Alice?
No alcé los ojos, temerosa de lo que iba a pensar de la última parte. Necesitó un minuto para responder, por lo que probablemente fue un acierto no mirarle.
—Sí, siempre seré tu amigo —dijo con brusquedad— sin tener en cuenta a quién ames.
—¿Prometido?
—Prometido.
Me rodeó con los brazos y yo apoyé la cabeza sobre su pecho sin dejar de sollozar.
—¡Qué asco de situación!
—Sí —entonces, olisqueó mi pelo y dijo—: Puaj.
—¡¿Qué?! —pregunté y levanté la vista para verle arrugar la nariz—. ¿Por qué os ha dado a todos por hacerme eso? ¡No huelo!
Esbozó una leve sonrisa.
—Sí, sí hueles, hueles como ellos. Demasiado dulce y empalagoso... y helado... Me arde la nariz.
—¿De verdad? —aquello resultaba muy extraño. Alice olía increíblemente bien, al menos para un humano—. Entonces, ¿por qué Alice cree también que yo huelo?
Aquello le borró la sonrisa de la cara.
—¿Qué...? Tal vez mi olor tampoco sea de su agrado, ¿no?
—Bueno, a mí me gusta cómo oléis los dos.
Volví a apoyar la cabeza sobre su pecho. Le iba a echar mucho de menos en cuanto saliera por la puerta. Era una situación peliaguda y sin escapatoria. Por una parte, deseaba que Alice se quedara para siempre, y me iba a morir —metafóricamente hablando— cuando me dejara, pero ¿cómo se suponía que iba a seguir sin ver a Jacob ni un segundo? ¡Menudo lío!, pensé una vez más.
—Te echaré de menos cada minuto —susurró Jacob, haciéndose eco de mis pensamientos—. Espero que se largue pronto.
—La verdad, Jake, no tiene por qué ser así.
Suspiró.
—Sí, Bella, sí ha de ser así. Tú... la quieres, y sería conveniente que yo no estuviera cerca de ella. No estoy seguro de mantenerme siempre lo bastante sereno como para poder manejar la situación. Sam se enfadaría si se enterase de que he quebrantado el tratado y —su voz se tornó sarcástica— no creo que te hiciera demasiado feliz que matara a tu amiga.
Le rehuí cuando dijo eso, pero él se limitó a hacer más fuerte la presa de sus brazos, negándose a soltarme.
—No hay forma de evitar la verdad. Así están las cosas, Bella.
—Pues no me gusta.
Jacob liberó un brazo para sostener mi mentón con la mano ahuecada y lo levantó para obligarme a que le mirase.
—Sí, era más sencillo cuando los dos sólo éramos humanos, ¿verdad?
Suspiré.
Nos miramos el uno al otro durante mucho tiempo. Su mano ardía sobre la piel de mi rostro. Sabía que allí no había otra cosa que nostalgia y tristeza. No quería despedirme, por breve que llegara a ser la separación. Al principio su rostro fue un reflejo del mío, pero luego, sin que ninguno de los dos desviara la mirada, su expresión cambió.
Me soltó y alzó la otra mano para acariciarme la mejilla con las yemas de los dedos y terminar descendiendo hasta la mandíbula. Noté el temblor de sus dedos, aunque en esta ocasión no era a causa de la ira. Colocó la palma de su mano sobre mi mejilla, de modo que mi rostro quedó atrapado entre sus manos abrasadoras.
—Bella —susurró.
Me quedé helada.
¡No! Aún no había tomado una decisión al respecto. No sabía si era capaz de hacerlo, y ahora no tenía tiempo para pensar, pero hubiera sido una necia si hubiera pensado que un rechazo en ese momento no iba a tener consecuencias.
A su vez, también yo clavé en él mi mirada. No era mi Jacob, pero podía serlo. Su querido rostro era el de siempre. Yo le amaba de verdad en muchos sentidos. Era mi consuelo, mi puerto seguro, y en ese preciso momento yo podía escoger que me perteneciera.
Por el momento, Alice había regresado, pero eso no cambiaba nada. La persona a quien amaba de verdad se había marchado para siempre. El príncipe no iba a regresar para despertarme de mi letargo mágico con un beso. Al fin y al cabo, tampoco yo era una princesa, por lo que ¿cuál era el protocolo de los cuentos de hadas para otros besos? ¿Acaso la gente corriente y moliente no necesitaba romper ningún conjuro?
Tal vez sería fácil, algo así como cuando sostenía su mano o me rodeaba con sus brazos. Quizá sería agradable. Quizá no me diera la impresión de estar traicionándole. Además, ¿a quién traicionaba en realidad? Sólo a mí misma.
Sin apartar sus ojos de los míos, Jacob comenzó a inclinar el rostro hacia mí. Yo todavía no había tomado ninguna decisión.
El repiqueteo estridente del teléfono nos hizo pegar un bote a los dos, pero él no perdió su centro de atención. Apartó la mano de mi barbilla y la alargó para tomar el auricular, pero aún sostenía férreamente mi mejilla con la otra mano. Sus ojos negros no se apartaron de los míos. Estaba hecha un lío, demasiado confusa para ser capaz de reaccionar ni aprovechar la ventaja de la distracción.
—Casa de los Swan —contestó Jacob en voz baja, ronca y grave.
Alguien le contestó y Jacob se alteró al momento. Se envaró y me soltó el rostro. Se apagó el brillo de sus ojos, se quedó lívido, y hubiera apostado lo poco que quedaba de mis ahorros para ir a la universidad a que se trataba de Alice.
Me recuperé y extendí la mano para tomar el auricular, pero él me ignoró.
—No está en casa —Jacob pronunció esas palabras con un tono amenazador. Hubo una réplica breve, parecía una petición de información, ya que Jacob añadió de mala gana—: Se encuentra en el funeral.
A continuación, colgó el teléfono.
—Asqueroso chupasangre —murmuró por lo bajini. Volvió el rostro hacia mí, pero ahora volvía a ser una máscara llena de amargura.
—¿A quién le acabas de colgar mi teléfono en mi casa? —pregunté de forma entrecortada, enojadísima.
—¡Cálmate! ¡Él me colgó a mí!
—¿Quién era?
—El doctor Carlisle Cullen —pronunció el título con sorna.
—¡¿Por qué no me has dejado hablar con él?!
—No ha preguntado por ti —repuso Jacob con frialdad. Su rostro era inexpresivo y estaba en calma, pero las manos le temblaban—. Preguntó dónde estaba Charlie y le respondí. No me parece que haya quebrantado las reglas de la cortesía.
—Escúchame, Jacob Black...
Pero era obvio que no lo hacía. Volvió la vista atrás, como si hubiera oído su nombre en otra habitación. Abrió los ojos y se quedó rígido; luego comenzó a estremecerse. Yo también agucé el oído, pero sin oír nada.
—Adiós, Bella —espetó, y dio media vuelta para dirigirse a la puerta de la entrada.
Corrí tras él.
—¿Qué pasa?
Choque contra él, que se balanceó hacia atrás, despotricando en voz baja. Me golpeó en un costado al girar otra vez. Perdí pie y me caí al suelo, con la mala suerte de que mis piernas se engancharon con las suyas.
—¡Maldita sea, ay! —me quejé mientras él se apresuraba a sacudir las piernas para liberarse cuanto antes.
Forcejeé para incorporarme y Jacob se lanzó como una flecha hacia la puerta trasera. De pronto, se quedó petrificado.
Alice permanecía inmóvil al pie de las escaleras.
—Bella —dijo con voz entrecortada.
Me levanté como pude y acudí a su lado dando tumbos. Alice tenía la mirada ausente, lejana; el rostro, demacrado y blanco como la cal. Su cuerpo esbelto temblaba a resultas de una enorme conmoción interna.
—¿Qué pasa, Alice? —chillé.
Tomé su rostro entre mis manos en un intento de calmarla. De pronto, centró en mí sus ojos abiertos y colmados de dolor.
—Edward —logró articular.
Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente fuera capaz de comprender las implicaciones de su respuesta. Al principio, no entendí por qué la que la habitación daba vueltas ni de dónde venía el eco del rugido que me pitaba en los oídos. Me devané los sesos, pero no fui capaz de encontrarle sentido al rostro funesto de Alice ni de averiguar qué relación podía guardar con Edward; entretanto, empecé a tambalearme en busca del alivio de la inconsciencia antes de que la realidad me hiciera daño.
La escalera se inclinó en un ángulo extraño.
De pronto, llegó a mi oído la voz furiosa de Jacob profiriendo un torrente de blasfemias. Me invadió una suave ola de desaprobación. Resultaba evidente que sus nuevos amigos eran una mala influencia.
Me encontré encima del sofá antes de comprender cómo había llegado hasta allí. Jacob seguía soltando tacos. Me daba la impresión de que se había desatado un terremoto a juzgar por el modo en que el sofá se agitaba debajo de mi cuerpo.
—¿Qué le has hecho? —preguntó él.
Alice le ignoró.
—¿Bella? Reacciona, Bella, tenemos prisa.
—Mantente lejos —le previno Jacob.
—Cálmate, Jacob Black —le ordenó Alice—. No querrás transformarte tan cerca de ella.
—No creo que tenga problemas en recordar cuál es mi verdadero objetivo —replicó, pero su voz sonó un poco más apaciguada.
—¿Alice? —intervine con voz débil—. ¿Qué ha pasado? —pregunté incluso a pesar de no querer oírlo.
—No lo sé —se lamentó inopinadamente—. ¡¿Qué se le habrá ocurrido?!
Hice un esfuerzo por incorporarme a pesar de los vahídos. No tardé en darme cuenta de que lo que aferraba en realidad para recuperar el equilibrio era el brazo de Jacob. Era él quien temblaba, y no el sofá.
Alice había sacado un móvil plateado del bolso cuando la reubiqué en la estancia. Tecleaba los números a tal velocidad que se le desdibujaban los dedos.
—Rose, necesito hablar con Carlisle ahora mismo —soltó de sopetón—. Bien, pero que me llame en cuanto llegue. No, habré tomado un vuelo. Oye, ¿sabes algo de Edward?
Alice hizo una pausa en ese momento para escuchar cada vez con expresión más horrorizada a medida que transcurrían los segundos. Entreabrió la boca en forma de «o» a causa del espanto y el móvil le tembló en la mano.
—¿Por qué? —preguntó con voz entrecortada—. ¿Por qué lo has hecho, Rosalie?
Fuera cual fuera la respuesta, el mentón de Alice se tensó a causa de la ira. Le centellearon los ojos y luego los entrecerró.
—En fin, te has equivocado en ambos casos, aunque, Rosalie, era fácil suponer que iba a ser un problema, ¿a que sí? —preguntó con sarcasmo—. Sí, exacto, ella se encuentra perfectamente... Me equivoqué... Es una larga historia, pero en eso también te equivocas. Ésa es la razón por la que llamo... Sí, eso es exactamente lo que vi —Alice habló con dureza. Fruncía los labios hasta el punto de dejar los dientes al descubierto—. Es un poco tarde para eso, Rose. Guárdate tu remordimiento para quien te crea.
Cerró el móvil con un movimiento vertiginoso de dedos. Se volvió hacia mí y me miró con ojos atormentados.
—Alice, Carlisle ya ha regresado —mascullé rápidamente sin dejar que me contara nada. Necesitaba unos segundos más de tregua antes de que hablara y sus palabras destruyeran lo poco que me quedaba de vida—. Acaba de llamar...
Se me quedó mirando sin comprender y luego preguntó con voz apagada:
—¿Cuánto hace de eso?
—Medio minuto antes de tu aparición.
—¿Qué dijo? —ahora me estaba prestando atención, quedó a la espera de mi respuesta.
—Yo no hablé con él.
Mis ojos volaron en pos de Jacob, y Alice clavó su penetrante mirada en él, que reaccionó con un estremecimiento, pero no se apartó de mi lado. Se sentó con torpeza, casi como si pretendiera escudarme con su cuerpo.
—Preguntó por Charlie y le respondí que no se encontraba aquí —musitó Jacob con resentimiento.
—¿Nada más? —inquirió Alice con voz glacial.
—Después me colgó el teléfono —le espetó Jacob. Un temblor le recorrió la columna vertebral y me hizo estremecer.
—Le dijiste que Charlie estaba en el funeral —le recordé.
Alice sacudió la cabeza hacia mí.
—¿Cuáles fueron las palabras exactas?
—Jacob dijo: «No está en casa», y cuando Carlisle preguntó por el paradero de Charlie, respondió: «Se encuentra en el funeral».
Alice gimió y cayó de rodillas.
—Cuéntamelo, Alice —susurré.
—No fue Carlisle quien telefoneó —explicó con desesperanza.
—¿Me estás llamando mentiroso? —gruñó Jacob, que seguía junto a mí.
Alice le ignoró y se concentró en mi rostro perplejo.
—Era Edward —las palabras borbotearon en un susurro entrecortado—. Cree que has muerto.
La mente empezó a funcionarme otra vez. No era eso lo que tanto temía oír, por lo que el alivio me aclaró las ideas. Después de suspirar, me relajé y aventuré:
—Rosalie le dijo que me había suicidado, ¿verdad?
—Sí —admitió Alice. Los ojos le relampaguearon de ira una vez más—. He de decir en su defensa que ella pensaba que era verdad. Confían más de lo debido en mi visión, que funciona con muchas imperfecciones, pero eso fue lo que la impulsó a decírselo a Edward. ¿No comprendía... ni le preocupaba...?
Su voz se fue apagando horrorizada.
—Y Jacob le habló de un funeral cuando llamó aquí, y él creyó que era el mío —comprendí.
Me dolió mucho saber lo cerca que habíamos estado el uno del otro. Había tenido su voz a pocos centímetros. Hundí las uñas en el brazo de Jacob, pero éste se mantuvo imperturbable.
Alice me miró de un modo extraño y susurró:
—No te has alterado.
—Bueno, se ha malogrado una ocasión, pero todo se arreglará. Alguien le dirá la próxima vez que llame... que... en... realidad... —no pude seguir. Su mirada agolpó las palabras en mi garganta.
¿Por qué tenía Alice tanto pavor? ¿Por qué su rostro se había crispado de pena y horror? ¿Qué le había dicho a Rosalie por teléfono hacía unos momentos? Algo sobre lo que había visto, y luego había mencionado el remordimiento de Rosalie. Ella jamás hubiera sentido remordimiento alguno por nada de lo que me hubiera pasado a mí, pero si eso causaba algún mal a su familia, a su hermano...
—Bella —susurró Alice—, Edward no va a volver a llamar. Ha creído a Rosalie.
—No... lo... comprendo...
Mi boca formó cada una de esas tres palabras, pero me faltó aliento para pronunciarlas y pedirle que me explicara las implicaciones.
—Se va a Italia.
Tardé un latido de corazón en comprenderla.
Cuando la voz de Edward volvió a sonar en mi interior, no era la perfecta imitación de mis delirios, sino el tono apagado de mis recuerdos, pero las palabras bastaron para desgarrarme el pecho y dejar abierto un enorme hueco. Eran palabras de un tiempo en que yo hubiera apostado todo lo que poseía o podría poseer a que él me amaba.
Bueno, no estaba dispuesto a vivir sin ti, me había asegurado en aquella misma habitación mientras contemplábamos la muerte de Romeo y Julieta. Aunque no estaba seguro sobre cómo hacerlo. Tenía claro que ni Emmett ni Jasper me ayudarían..., así que pensé que lo mejor sería marcharme a Italia y hacer algo que molestara a los Vulturis. (...) Lo mejor es no irritar a los Vulturis. No a menos que desees morir.
No a menos que desees morir.
—¡No! —el rechazo expresado en un grito restalló con tanta fuerza después de los susurros que nos hizo dar un salto a todos. Sentí que la sangre me huía del rostro cuando intuí lo que había visto Alice—. ¡No, no, no! ¡No puede hacer eso!
—Adoptó esa decisión en cuanto tu amigo le confirmó que era demasiado tarde para salvarte.
—Pero... pero él se fue. ¡Ya no me quería! ¿Qué diferencia puede haber ahora? ¡Sabía que algún día tendría que morir!
—Creo que él siempre tuvo claro que no te sobreviviría por mucho tiempo —repuso Alice con discreción.
—¡Cómo tiene esa desfachatez! —chillé. Entonces, ya me había puesto en pie, y Jacob se alzó con aire vacilante para interponerse de nuevo entre Alice y yo—. Ay, Jacob, quita de en medio —con desesperación e impaciencia, aparté a codazos su cuerpo tembloroso—. ¿Qué podemos hacer? —le imploré a Alice. Algo teníamos que poder hacer—. ¿No es posible que le llamemos nosotras? ¿Y Carlisle?
Ella negó con la cabeza.
—Eso fue lo primero que intenté, pero ha tirado su móvil a un cubo de la basura en Río de Janeiro... Alguien lo recogió y contestó —susurró.
—Antes dijiste que debíamos darnos prisa. ¿Prisa? ¿Cómo? ¡Hagámoslo, sea lo que sea!
—Bella, creo que no puedo pedírtelo... —indecisa, Alice se calló.
—¡Pídemelo! —le ordené.
Puso las manos sobre mis hombros y me sujetó. Movía los dedos de vez en cuando para enfatizar sus palabras.
—Quizá ya sea demasiado tarde. Le vi acudir a los Vulturis y pedirles que le mataran —la perspectiva nos desalentó y de pronto no vi nada. Las lágrimas me hicieron pestañear convulsivamente—. Todo depende de su decisión. Aún no he visto que adopten ninguna.
»Pero si optaran por negarse, y eso resulta bastante posible si tenemos en cuenta que Aro profesa un gran afecto a Carlisle, y no querría ofenderle, Edward tiene un plan B. Ellos mantienen una actitud muy protectora con su ciudad, y Edward piensa que los Vulturis actuarían para detenerle si él perturbara de algún modo la paz... Tiene razón, lo harían.
Apreté los dientes de pura frustración sin dejar de mirarla fijamente. Aún no me había dicho nada que explicara por qué seguíamos allí.
—Llegaremos tarde si están de acuerdo en concederle su petición, y en caso de una negativa por parte de los Vulturis, también llegaremos tarde si él lleva a cabo un plan rápido para ofenderlos. Sólo podríamos aparecer a tiempo si se entregara a sus inclinaciones más histriónicas.
—¡Vamos!
—Atiende, Bella. Lleguemos o no a tiempo, vamos a estar en el corazón de la ciudad de los Vulturis. Me considerarán cómplice de Edward si tiene éxito y tú serás una humana que no sólo sabe demasiado, sino que huele demasiado bien. Las posibilidades de que acaben con todos nosotros son muy elevadas, sólo que en tu caso no será un castigo, sino un bocado a la hora del almuerzo.
—¿Es eso lo que nos retiene aquí? —pregunté con incredulidad—. Iré sola si tienes miedo.
Efectué un cálculo mental del dinero que me quedaba en la cuenta y me pregunté si Alice me prestaría el resto.
—Mi único temor es que acabes muerta.
Bufé disgustada.
—¡Como si estar a punto de matarme no fuera moneda corriente en mi vida! ¡Dime qué he de hacer!
—Escríbele una nota a Charlie. Yo telefonearé a las líneas aéreas.
—Charlie —repetí con voz entrecortada.
No es que mi presencia le protegiera, pero ¿podía dejarle solo para que afrontara...?
—No voy a dejar que le suceda nada malo a Charlie —intervino Jacob con voz bronca y enojada—. ¡Al carajo con el tratado!
Alcé los ojos para mirarle con disimulo. Puso cara de pocos amigos al ver el miedo escrito en mi rostro.
—Date prisa, Bella —me interrumpió Alice de forma apremiante.
Corrí a la cocina, abrí de golpe los cajones y volqué el contenido en el suelo en busca de un bolígrafo. Una mano lisa y morena me tendió uno.
—Gracias —farfullé mientras quitaba el capuchón del boli con los dientes. En silencio, Jacob me entregó el bloc de notas donde escribíamos los recados telefónicos. Arranque la primera hoja y lo tiré a mis espaldas. Luego, escribí:

Papá:
Me voy con Alice. Edward está metido en un lío. Ya podrás castigarme a mi regreso. Sé que es un mal momento. Lo siento un montón. Te quiero mucho.
Bella

—No vayas —susurró Jacob. La ira se había esfumado ahora que había perdido de vista a Alice.
No estaba dispuesta a perder el tiempo discutiendo con el.
—Por favor, por favor, por favor, cuida de Charlie —le dije antes de salir disparada hacia el cuarto de estar. Alice me aguardaba en la entrada con una bolsa colgada al hombro.
—Llévate la cartera. Necesitarás el carné... Por favor, dime que tienes pasaporte, no tenemos tiempo para falsificar uno.
Asentí con la cabeza y corrí escaleras arriba. Las piernas me temblaban de puro agradecimiento. Por fortuna, mi madre había querido casarse con Phil en una playa de México. El viaje se había quedado en nada, por supuesto, como la mayoría de sus planes, pero no antes de que yo hubiera tramitado todo el papeleo necesario para estar con ella.
Pasé como un obús por mi cuarto. Metí en la mochila mi viejo billetero, una camisa limpia, un pantalón de chándal; luego puse encima el cepillo de dientes y me lancé escaleras abajo, pero me invadió una agobiante sensación de déjà vu cuando llegué a ese momento. Al menos, a diferencia de la última vez, cuando tuve que huir precipitadamente de Forks para escapar de vampiros sedientos en vez de ir a su encuentro, no iba a tener que despedirme de Charlie.
Jacob y Alice se hallaban enzarzados en una especie de careo delante de la puerta abierta. Estaban lo bastante separados para que en un primer momento se pudiera pensar que mantenían una conversación. Ninguno de los dos pareció percatarse de mi bulliciosa llegada.
—Podrías controlarte de vez en cuando. Esas sanguijuelas de las que le has hablado a Bella... —le acusaba Jacob con encono.
—Sí, tienes razón, perrito —Alice gruñía también—. Los Vulturis son la personificación de nuestra especie, la razón por la que se te pone el vello de punta cuando me olfateas, la esencia de tus pesadillas, el pavor que hay detrás de tus instintos. No soy ajena a esa realidad...
—¡Y tú la vas a llevar ante ellos como una botellita de vino a una fiesta! —bramó él.
—¿Acaso crees que va estar mejor si la dejo aquí sola, con Victoria al acecho?
—Podemos encargarnos de la pelirroja.
—En ese caso, ¿por qué sigue de caza?
Jacob refunfuñó y un estremecimiento recorrió su torso.
—¡Dejad eso! —les grité a ambos, loca de impaciencia—. Discutid a nuestro regreso. ¡Vamos!
Alice se giró hacia el coche y desapareció en su interior a toda prisa. Me apresuré a seguir sus pasos, aunque de inmediato me detuve para cerrar la puerta. Jacob me tomó del brazo con mano temblorosa.
—Bella, por favor, te lo suplico.
Sus ojos negros refulgían llenos de lágrimas. Se me hizo un nudo en la garganta.
—Jake, debo...
—No, no debes, la verdad es que no, lo cierto es que te puedes quedar aquí conmigo. Quédate y vive. Hazlo por Charlie. Hazlo por mí.
El motor del Mercedes de Carlisle ronroneó. El ritmo del zumbido aumentó cuando Alice aceleró.
Negué con la cabeza y las lágrimas de mis ojos salieron despedidas a causa del brusco movimiento. Solté el brazo y él no se opuso.
—No mueras, Bella —dijo con voz estrangulada—. No vayas. No.
¿Y si nunca le volvía a ver? La idea se abrió camino entre las mudas lágrimas y un sollozo escapó de mi pecho. Le rodeé la cintura con los brazos y le abracé durante unos instantes demasiado breves al tiempo que hundía en su pecho mi rostro bañado de lágrimas. Puso su manaza en la parte posterior de mi cabeza, como si eso fuera a retenerme allí.
—Adiós, Jake —le aparté la mano de mi pelo y le besé el dorso. No fui capaz de soportar mirarle a la cara—. Perdona.
Después, me di la vuelta y eché a correr hacia el coche. La puerta del asiento de pasajeros me esperaba abierta. Arrojé la mochila por encima del reposacabezas y me deslicé dentro; al hacerlo, cerré de un portazo.
Me di la vuelta y grité:
—¡Cuida de Charlie!
Pero ya no se veía a Jacob por ninguna parte. Mientras Alice pisaba fuerte el acelerador y girábamos para ponernos de frente a la carretera —el aullido de las llantas se asemejaba mucho al de los gritos humanos—, atisbé un jirón blanco cerca de la primera línea de árboles del bosque. Era una zapatilla.